Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

Comentarios a la nueva edición de "La Masonería y sus orígenes cristianos"

Editorial Kier acaba de publicar una nueva edición de "La Masonería y sus orígenes cristianos". Este libro, presentado por primero vez en 2004, sigue siendo el que yo considero mi mejor obra. Luego he escrito mucho; pero nunca volví a escribir sobre esta cuestión medular en la historia de la francmasonería, a excepción de De Templo Salomonis Liber, que es un texto que, sin dudas, completa al que ahora estoy comentando. 

Me alegra que esta edición vea la luz en un momento en que se debate nuevamente el rol de la francmasonería, y que nuevamente se alzan voces que pretenden reducir a la Orden a una mera corriente sociológica fruto de la modernidad. No es así. Nunca ha sido así. 

Hace veinticinco años tuve la suerte de encontrarme con un libro interesante y curioso: Los orígenes del Grado de Maestro en la Francmasonería escrito por Eugéne Felicien Albert, conde Goblet d’Alviella, (1846-1925), quien fuera Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Grado 33º de Bélgica; una edición de Edicomunicaciones prologada por Miguel Jiménez Sales.

Esta pequeña obra, prácticamente desconocida por la mayoría de los masones, obró en mí tan grande curiosidad que en nada exagero si afirmo que todo lo que he escrito en los últimos diez años sobre historia de la francmasonería puede remontar su impulso a las páginas de nuestro hermano conde. Hijo de una época signada por el Syllabus y el Congreso Antimasónico de Trento, contemporáneo de Leo Taxil y protagonista de la etapa más dura en el enfrentamiento Masonería-Iglesia Católica, Goblet d’Alviella fue un furibundo anticlerical y un masón extraordinario. Sus ataques contra Roma suelen incluirse en las antologías antimasónicas que aun circulan por el mundo. Pero en este pequeño libro, Goblet d’Alviella vincula a la Leyenda del Tercer Grado con las tradiciones benedictinas, mientras que el prologuista avanza sobre el texto y –basándose en Paul Nodon- remonta el origen del mito hirámico a la pluma del monje Walafrid Strabón, abad benedictino de Reichenau en el siglo IX. Estos elementos fueron el punto de partida para el inicio de la investigación cuyos resultados están volcados en La Masonería y sus orígenes cristianos.

Desde su aparición en agosto de 2004, bajo el título “Ordo laicorum ab monacorum ordine” -en una edición destinada a masones estudiosos y masonólogos- el libro fue objeto de inquietud en algunos círculos masónicos, acostumbrados a hacer de la Orden un coto de caza de la predica antirreligiosa, alineada con un racionalismo materialista en donde lo ideológico suprime el sentido profundo de la experiencia masónica, que es su carácter iniciático. Incapaces de debatir su contenido, ni mucho menos refutarlo, se han limitado a fustigar al autor acusándolo de responder a intereses religiosos cuando, en verdad, se trata de una investigación histórica ampliamente documentada.

Durante mucho tiempo –casi todo el siglo XX- el ateísmo enquistado en la francmasonería tuvo a su favor la ausencia de una bibliografía renovada y de trabajos historiográficos surgidos sin la carga envenenada por la atmósfera preconciliar que enfrentó a la Orden con Roma en tiempos de nuestro citado conde Goblet d’Alviella.

En los últimos años, en diferentes partes del mundo y desde distintas vertientes masónicas, numerosos autores han planteado la tesis de un origen benedictino de la alegoría masónica. El precursor, en la Masonería Argentina fue Marcial Ruiz Torres. Basta para comprobarlo con leer el Libro del Maestro, documento oficial de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones que fue quitado de cisrculación hace más de diez años. También los han planteado autores emblemáticos como Findel y Danton, y más recientemente el citado Paul Naudon, miembro del Supremo Consejo Grado 33 de Francia, el historiador Alec Mellor, el egiptólogo Christian Jacq etc.

El aporte original de “La masonería y sus orígenes cristianos” –versión corregida y aumentada de Ordo laicorum ab monacorum ordine, editada por Editorial Kier- reside en que contiene un minucioso estudio de documentos benedictinos medievales, escritos entre el siglo VIII y el XII en donde la simbología es tan evidente que no necesita más que su exposición.

Estos textos muestran claramente que el mito de base en el que se sustentaba la tradición masónica –antes de ser arrasado por la Revolución Francesa y sometido al racionalismo ateo del nuevo régimen- estaba anclado en la armónica conjunción de las antiguas tradiciones hebreas y del cristianismo medieval. La serie hasta ahora editada (Monjes y Canteros, 2001; La masonería y sus orígenes cristianos, Kier, 2006 y El otro Imperio Cristiano: De la Orden del Temple a la Francmasonería, Nowtilus, 2005El Mito de la Revolución Masónica, Nowtilus, 2007) contiene una profusa bibliografía y un exhaustivo análisis de fuentes, lo suficientemente amplio y accesible para el estudioso auténtico. Lo que no contiene es el veneno vital de la confrontación violenta con el que algunos pretenden alimentar un odio superado. Mas recientemente he publicado otras dos obras que completan esta visión cristiana de la francmasonería: De Templo Salomonis Liber (Madrid, Manakel, 2010) y Las Claves Históricas del Símbolo Perdido (Madrid, Nowtilus, 2010). 

Notas Preliminares al Lector


Dada la complejidad del tratamiento de las fuentes monásticas de la francmasonería, he decidido abrir un apartado especial en el cual se irán incluyendo la traducción de documentos benedictinos y de otras fuentes eclesiásticas y monásticas relativos a la protomasonería medieval.
El comienzo de este trabajo data de 1998 y su primer conclusión fue expuesta en mi libro "Monjes y Canteros", actualmente agotado. Sin embargo, con posterioridad, la tesis completa fue editada en una segunda obra denominada "Ordo laicorum ab monacorum ordine" (El orden laico a partir del orden monástico), publicada originalmente por la Academia de Estudios Masónicos de Buenos Aires y luego, en una edición comercial, por Editorial Kier.

Dado que esta obra contiene el fundamento de mi tesis veo conveniente familiarizar al lector con los documentos medievales que se expondrán en este blog entre los que hay de autoría de numerosos monjes, tales como Beda el Venerable, Alcuino de York, Rabano Mauro, Walafrid Strabon, Wilhem de Hirschau, Udalrico de Cluny, Bernardo de Morlan entre muchos otros.
La mejor presentación es, por lo tanto, la introducción original al mencionado libro "Ordo laicorum ab monacorum ordine", la cual contiene las motivaciones, el encuadramiento y el objeto final del trabajo.
Introducción al Estudio de la Protomasonería Monástica y la Masonería Medieval
I Ordo Monacorum, Ordo Laicorum. 

Un trabajo de investigación como el que aquí se expone -en el que intervienen diversos aspectos tales como la confrontación de las fuentes, los hechos específicos, el contexto histórico, la visión particular de los protagonistas y la propia de quien escribe- necesita un marco previo del campo que se pretende delimitar. Eso haré en estas páginas preliminares.
Las primeras notas de este ensayo fueron escritas en 1998. Por aquella época, mi interés estaba centrado en resolver un dilema complejo en el estudio de la historia de la francmasonería: el origen de su tradición.
Si bien la francmasonería sigue siendo un fenómeno difícil de definir, y sus orígenes aun permanecen sujetos a controversia, resulta evidente que su desarrollo en Europa está influido profundamente por la tradición judeocristiana. Los largos años que he dedicado al estudio de esta tradición –en particular a los aspectos esotéricos de las religiones del Libro- me fueron acercando a la conclusión de que casi todo el simbolismo y el ritual de la francmasonería eran tributarios de aquellas doctrinas.

Estas definiciones me llevaron a escribir el ensayo arriba mencionado sobre los orígenes de la institución. El título, “Monjes y Canteros”, respondía, obviamente, a una convicción surgida de la propia investigación que había llevado a cabo: el profundo vínculo existente entre las primeras cofradías de masones operativos laicos y los monjes constructores de la Orden de San Benito. Si existía un Ordo Laicorum, representado por las corporaciones de masones libres, debía cimentarse en un Ordo Monacorum del cual los constructores laicos habían recogido su tradición.


II Heurística y búsqueda de fuentes
Me pregunté durante mucho tiempo por qué razón, si los masones laicos se habían formado al lado de los masones benedictinos, debíamos buscar las fuentes de la tradición masónica en otra parte. ¿Por qué no buscarla allí?

La historiografía masónica propiamente dicha, arranca en el siglo XIV con el denominado “Manuscrito Regio” (circa 1380). A partir de esa fecha, los eruditos han reconocido como verdaderos a una cierta cantidad de documentos. Los más antiguos corresponden a la época del apogeo de las corporaciones y gremios -coincidente con el proceso de secularización de la Baja Edad Media- cuyo empuje pugnaba por mayores libertades para los individuos y para las nacientes organizaciones seculares.

Disponemos de constituciones, manuscritos, grabados, lápidas funerarias y otros elementos a los que podemos considerar fuentes directas, que guardan intención histórica. Esto ha permitido realizar importantes trabajos de heurística sobre el período operativo de los primitivos masones ”libres” (freemasons), pues ellos mismos, a través de esos testimonios, sentaron posición en cuanto a su existencia y su razón de ser. En cambio, hacia atrás, no existen más que presunciones y dudas. Los trabajos realizados sobre fuentes directas del período anterior al de las logias operativas, resultan escasos y muy poco conocidos.

El enorme vacío existente entre las corporaciones mediterráneas de la antigüedad tardía (los “collegia fabrorum”) y las corporaciones medievales, no puede explicarse únicamente con los “magistri comacini”. Es justamente en este período en donde se aprecia una gran ausencia de trabajos heurísticos.

Mi labor se centró en la búsqueda de pistas que me permitiesen identificar esas posibles fuentes benedictinas, o aquellos documentos que pudiesen avalar una tesis acerca de la influencia benedictina en la masonería operativa. Esas pistas, aunque escasas e incompletas, fueron las que me permitieron comenzar a armar el rompecabezas.

La primera fue una noticia aislada, proveniente del prólogo de la edición española del libro de Goblet D’Alviella sobre los orígenes del grado de “maestro” en la francmasonería. Allí, el prologuista Miguel Giménez Sales atribuía al prestigioso autor francés Paul Naudon la afirmación de que cierto monje benedictino, llamado Walafrid Strabón, ya conocía la leyenda de Hiram Abi en el siglo IX. Esta mención resultaba atractiva, habida cuenta de que Naudon es autor de un serio y muy importante trabajo histórico, en particular su libro “Les origines religieuses et corporatives de la Franc-Maçonnerie”, en el que dedica un capítulo a las asociaciones monásticas y religiosas precursoras de la francmasonería.

La inclusión de este dato en “Monjes y Canteros” resultó apresurada e insuficiente, puesto que la información no había sido corroborada en sus fuentes y se trataba, en todo caso, de la cita de una cita. Dispuesto a enmendar esta omisión comencé la búsqueda de Walafrid Strabón, el esquivo benedictino del que hablaba Giménez Sales. Pero la tarea no sería tan sencilla.

En primer lugar, la obra de Naudon -compuesta de numerosos libros, ensayos y artículos- es extensísima y poco accesible por encontrarse agotada, lo cual hizo dificultosa la búsqueda. Pronto descubrí que en sus principales obras no se hallaba tal afirmación. El camino que se abría era el de investigar directamente la obra de Strabón.

Considerado uno de los más notables exegetas benedictinos del medioevo, Walafrid Strabón (el bizco) había escrito una obra voluminosa. La dificultad que se me planteaba era que su lectura, en latín, y la identificación del texto en donde abordara eventualmente la cuestión del Templo de Salomón y la leyenda de Hiram Abi, podía demandar un tiempo incalculable.

Las primeras referencias a Strabón las encontré en la “Enciclopedia Católica” y en “Praelectiones Historiae Ecclesiasticae Aetatis Mediae et Modernae”, un manual de historia eclesiástica medieval escrito por el fraile capuchino Fredegard Callaey -pariente de mi antepasado belga Carlos Callaey- y editado en Roma, por el “Athenaeum Pontificium Urbanum de Propaganda Fide”. Mi problema era individualizar qué textos escritos por Walafrid Strabón hablaban de Hiram Abi, ya que sus obras abarcan dos tomos completos de la Patrología Latina de Migne, una colección de más de doscientos volúmenes que contienen la casi totalidad de los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia.

Finalmente pude saber –a través de una extraordinaria base de datos utilizada por algunas universidades- que Walafrid Strabón se refería a las cuestiones relativas a la construcción del Templo de Salomón en dos obras exegéticas contenidas en la denominada “Glossa Ordinaria”: los comentarios al “Liber Regum Tertius” y al “Liber Paralipomenon Secundus”. Conseguir estos libros y traerlos a Buenos Aires desde Bélgica, fue tarea de mi querido amigo Daniel Alberto Kiceleff, quien sería – a partir de allí- una pieza clave a la hora de encontrar las numerosas fuentes que, provenientes de Europa y Estados Unidos, completaron la bibliografía necesaria para este trabajo.


III Las Fuentes Benedictinas del Manuscrito Cooke

Cuando tuve en mis manos la obra de Strabón sufrí cierta desazón. No había en el texto una descripción de la leyenda hirámica, ni comentarios particularmente importantes sobre la construcción del Templo de Jerusalén. La “Glossa Ordinaria” es una suerte de guía exegética, voluminosa por cierto, que permite ubicar rápidamente los textos patrísticos referentes a cada versículo bíblico. Sin embargo, pronto comprendí que había hallado cierta línea de investigación. En los comentarios correspondientes a los libros de los Reyes y Crónicas –eje de la narración bíblica de la construcción del Templo de Salomón y sus protagonistas- Strabón remite al lector a las obras de otros dos exegetas: uno es su maestro Rabano Mauro, abad de Fulda y arzobispo de Maguncia; el otro es Beda, llamado “el Venerable”, famoso historiador inglés del siglo VIII. Ambos, prominentes benedictinos.

El hallazgo de Beda entre las fuentes a las que se refería Strabón fue doblemente importante. En primer lugar, el autor de la “Glossa” mencionaba específicamente una obra del “venerable”denominada “De Templo Salomonis Liber”. Sólo por el título era evidente que Beda se había ocupado especialmente de esta cuestión. En segundo lugar, esta noticia era confirmada por uno de los documentos masónicos más antiguos conocido, el “Manuscrito Cooke“(circa 1420). Su anónimo autor menciona a Beda como una de las autoridades en las que basa su texto. El hecho de que este historiador inglés del siglo VIII fuese reconocido como una autoridad por ambos documentos (la “Glossa Ordinaria” y el “M. Cooke”) me pareció un buen indicio para mi investigación sobre la influencia benedictina en la masonería primitiva.

Un análisis más profundo de las fuentes a las que hace referencia el “M. Cooke” aumentó mis certezas. Hagamos un repaso de las mismas:

a) Ranulf Higden (circa 1299–1363), autor del “Polychronicon”(circa 1350), una de las crónicas históricas mas importantes de su época. Monje benedictino del monasterio de Saint Werburg, en Chester. Se cree que este libro fue escrito en dos partes, la primera hacia 1326, la segunda hacia 1350. En 1387, fue traducido por Juan de Trevisa, capellán de Lord Berkeley e impreso por Caxton en 1482.

b) Honorio de Autum (Honorius Augustodunensis, circa 1095-1135) autor de “Imago Mundi” (llamado también “De Imagine Mundi”). Monje benedictino, autor, por otra parte, de “De gemma animae”, una obra en la que desarrolla una teoría que causaría gran repercusión en su época, en la que consideraba a la arquitectura como la continua manifestación de los planes de Dios, concepto que otorgaba un carácter muy especial al Templo y al artesano (masón) que lo construía.

c) Petrus Comestor (m. 1178 en París), autor de “Historia Scholastica” (fuente mencionada en el “M Cooke” como “Master of Histories”). Canónigo adjunto de la Iglesia de Notre-Dame de Troyes. Durante algunos años tuvo a su cargo la Escuela Teológica de Notre-Dame de París. Su “Historia Scholastica” era uno de los manuales más difundidos en el ámbito monástico, utilizado por monjes, estudiantes y teólogos de su tiempo.

d) Beda (circa 673-735) nuestro autor benedictino inglés. Si bien su obra más renombrada es “Historia ecclesiastica gentis anglorum” –escrita en 731, cuando ya era un anciano- surge de lo expuesto la importancia de “De Templo Salomonis Liber”, cuyo contenido es ampliamente analizado en este trabajo.

e) Las fuentes se completan con Isidoro de Sevilla (560-636) -en especial con su obra “Etymologiae”, un compendio de todo el conocimiento anterior al siglo VII- y con Methodius (825-885), arzobispo de Syrmia, conocido como uno de los “apóstoles de los eslavos” y autor de “Revelaciones”.

Como puede observarse, la mayor parte de estas obras fueron escritas por benedictinos.

En las notas introductorias a la edición chilena del “M. Cooke”, Herbert Poole advierte que, pese a esta exhibición bibliográfica, “pocas de las referencias a estas fuentes corresponden a afirmaciones hechas por ellos”. Pese a lo cual, la reiteración de tales referencias habla de la formación del autor, de su orientación intelectual y del contenido de la biblioteca que tenía frente a sí.

Conformado este escenario, decidí que el análisis histórico se haría sobre la base de la tradición iniciada por Beda y continuada–en una sucesión maestro-discípulo- por Alcuino de York, Rabano Mauro y Walafrid Strabón.

Lo que siguió fue un arduo y, a la vez, bello trabajo sobre los textos latinos de numerosos autores benedictinos medievales. La traducción de “De Templo Salomonis Liber” me sorprendió en muchos aspectos; en particular su carácter alegórico sobre la construcción del Templo de Salomón y su similitud con múltiples símbolos y conceptos aun vigentes en la doctrina masónica. Otro tanto ocurrió con la traducción sobre los libros de Rabano Mauro “Commentaria in Libros IV Regum” y “Commentaria in Libros II Paralipomenon”. La comparación de estos textos con otros posteriores, también escritos por monjes benedictinos, me permitió comprobar cierta universalidad de criterios –dentro de esta orden- en torno al “arte” arquitectónico, la simbología del Templo, y las “virtudes” del “artífice”

Ha sido fundamental para este aspecto de la investigación contar con el acceso a otras fuentes benedictinas, entre las que destaco a Teófilo (siglo XI), autor de “Diversarum Artium Schedula”; León de Ostia (1046-1115), por su “Chronica Monasterii Casinensis”; Suger de Saint Denis (1081-1151), figura extraordinaria del clero monacal y autor de “El Libro de Suger, abad de San Dionisio”; Lanfranco de Canterbury; Aimón de Saint Pierre sur Dives; Hugo de Amiens, arzobispo de Rouen, por sus epístolas y Gervasio de Canterbury (1141-1210), por su conmovedora crónica de la destrucción de la catedral de Canterbury: “Incipit tractatus de combustione et reparatione Cantuariensis ecclesie”.

Para el acceso a algunos de estos documentos me ha sido muy útil la selección de fuentes que lleva por título: “Realizaciones del Arte Medieval”, publicada por el Lic. Francisco Corti y la Prof. Ofelia Manzi en la “Colección de Historia Medieval”, dirigida por la Dra. Nilda Guglielmi. La lectura de estos escritos produce una profunda emoción a quien ha sido instruido en masonería. También he utilizado los textos en latín publicados por la “Bibliotheca Augustana”.

Todas estas obras, junto a otros documentos, noticias y circunstancias históricas, dan cuenta de una fuerte tradición cuya influencia en la francmasonería operativa es contundente. Este sugestivo conjunto conforma la parte esencial de este libro.

Sin embargo, todo este trabajo hubiese carecido de un adecuado colofón de no ser por un último eslabón que explica cómo se produjo la transición de los monjes constructores a los masones operativos. Me refiero a las “Constituciones Hirsaugienses”, promulgadas por Wilhelm de Hirsau en el siglo XI, que marcan el inicio de la incorporación de laicos al “arte sagrado”. La “reforma hirsaugiense” -en sintonía con la gran reforma de Cluny- coincide con el punto de máxima expansión del arte románico imperial y la bisagra entre dos mundos: el monástico y el secular.


IV Maestros Judíos de Exegetas Benedictinos
Resulta revelador el hecho de que estos grandes exegetas benedictinos hayan estado en contacto con maestros hebreos, doctores de la Ley Judía, y que, incluso, hayan incorporado a sus textos –como el propio Rabano Mauro lo admite- sus consideraciones. Para ellos la Sabiduría de Israel y la Fe cristiana eran tan complementarias como lo son en nuestros rituales del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

Con respecto a este vínculo entre maestros judíos y benedictinos, debo mencionar especialmente las investigaciones del Dr. Louis Israel Newman, publicadas por la Columbia University Press en 1925. Me refiero a su tratado “Jewish influence on Christian Reform Movements”, en el que dedica un extenso capítulo a la transmisión del contenido de la tradición judía al mundo cristiano. Para mi asombro, las vías de transmisión señaladas por Newman dentro del movimiento benedictino, coincidían de manera precisa con la corriente exegética que estaba investigando, vinculada con la cuestión del Templo de Salomón.

También resulta impactante que estos maestros benedictinos desarrollaran técnicas propias de la Cábala hebrea para la interpretación de las escrituras. Los laberintos, los caligramas, las combinaciones de las letras, los cálculos matemáticos y las especulaciones numerológicas son frecuentes en estos textos escritos muchos siglos antes de que, en Europa, circularan el Sepher ha Zohar, el Sepher ha Bahir[1] y otros grandes clásicos de los cabalistas medievales.

En este tema, me han sido también muy valiosas las investigaciones de Rafael de Cózar -Profesor de la Universidad Hispalense- sobre las Raíces de la visualidad literaria, cuyos capítulos dedicados a los “Fundamentos del artificio literario en el Renacimiento Carolingio” y “La proyección visual de la escritura hebrea” completaron aspectos de la influencia judía en los autores analizados.

Lo que se publica en este volumen no es más que una breve introducción a un vasto campo, muy poco explorado, sobre los orígenes monásticos de la francmasonería operativa medieval. Existe una inmensa cantidad de autores –doctores y padres de la Iglesia- que han dedicado numerosas páginas a nuestros símbolos, a la construcción del Templo de Salomón y a los personajes que protagonizan nuestros rituales. Estos autores no sólo han influido en la masonería simbólica sino también en los denominados Altos Grados, cuyos mentores conocían, sin lugar a dudas, la tradición que se expone en estas páginas. Bien podría afirmarse que la masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado es el receptáculo de una tradición hoy casi olvidada y que debería reconstruirse con trabajos de investigación, esfuerzo intelectual y mucha paciencia.


V La Tradición Perdida

Es posible que esta desconexión con las fuentes históricas de la francmasonería sea producto del largo reinado del positivismo y del mito construido en torno a las tenebrosas épocas del medioevo ¿Qué cosa provechosa para el racionalismo moderno podría encontrarse en los desvaríos espirituales de un monje inmerso en la oscuridad de los monasterios medievales? ¿Qué cosa seria podría hallarse en las extrañas combinaciones de letras de los místicos judíos? Sin embargo, pareciera que estos presupuestos no son verdaderos. Eugenio Garín en su obra “Medioevo y Renacimiento” ha señalado que “…una de las conquistas de la investigación histórica actual ha consistido, indudablemente, en advertir que el mito del renacimiento, de la nueva luz y, por tanto, de la correspondiente oscuridad que hubo de precederla, fue producto precisamente de la polémica de los humanistas contra la cultura de los siglos precedentes…”[2]

Cuando abordamos los manuscritos de aquellos hombres nada hay de tenebroso; hablan de una construcción social y colectiva, de esfuerzos mancomunados, de virtudes y redenciones, de paz y beatitud en el final de una vida piadosa. Hablan de Dios, de un Cosmocrator al que dibujan con un compás en su mano, imagen característica del Gran Arquitecto del Universo.

En la mentalidad medieval cristiana Dios construye al mundo para el hombre; el hombre construye los templos para alabar a Dios. Cuando se aborda el pensamiento medieval, cuando se observa su arte, cuando se analiza desde una perspectiva histórica la rapidez con la que se crearon y organizaron las instituciones que aun hoy persisten vigentes en nuestra cultura, el conjunto no parece el de un mundo tortuoso. El autor de “Las Moradas Filosofales” solía asombrarse de esta imagen contradictoria del medioevo. “Los cronistas nos pintan esta desdichada época con los colores más sombríos. Por espacio de muchos siglos, no hay más que invasiones, guerras, hambres y epidemias. Y, sin embargo, los monumentos –fieles y sinceros testimonios de aquellos tiempos nebulosos- no evidencian la menor huella de semejantes azotes. Muy por el contrario, parecen haber sido construidos entre el entusiasmo de una poderosa inspiración de ideal y de fe por un pueblo dichoso de vivir, en el seno de una sociedad floreciente y fuertemente organizada…”[3]

Estas palabras podrán sonar como provocadoras para un mundo supuestamente progresista. Después de todo ¿No era acaso Fulcanelli amigo de aquellos alquimistas románticos tan fustigados por la modernidad? Sus libros descansan hoy en el mismo estante que los de Marcilio Ficino, Pico de la Mirándola, Robert Fludd, Giordano Bruno, Cornelio Agrippa y tantos otros oscuros filósofos sospechados de esoterismo, esa palabra maldita para los racionalistas del siglo XIX.

Pero ya lo ha dicho Herman Hesse: “La fe no pasa por el intelecto, como tampoco el amor”. La francmasonería, nacida en una época en la que el hombre comenzaba a tomar conciencia de su lugar en el mundo, de su potencialidad y su destino, no fue concebida para un mundo sin fe; tampoco como una “nueva fe”. Sin embargo –y éste es el modesto aporte que me propongo realizar- ha heredado el espíritu de aquella sociedad de monjes arquitectos que –parafraseando a Gunter Bandmann- mediante su elaboración, elevaban las piedras “al ámbito de lo simbólico y lo significativo”.

Lo extraordinario de este vínculo de los benedictinos con la piedra es que, paralelamente a la construcción de la tradición a través de la exégesis, existe una construcción real –me refiero precisamente al concepto de “constructio” definido por San Isidoro de Sevilla- inspirada en esa tradición.

Me apresuro a reconocer que la tradición masónica no proviene de una sóla fuente. Al igual que Europa -el continente en el que se desarrolla- recibe influencias de diversa índole: las corporaciones mediterráneas del mundo antiguo, desde los artífices dionisíacos de las costas fenicias hasta los colegios romanos; la enorme tradición arquitectónica y artística de Bizancio cuya influencia en Europa meridional es significativa; las asociaciones vinculadas a los maestros del Lago de Como, etc.

Sin embargo, el lenguaje, el espíritu, el simbolismo y, por sobre todo ello, la praxis masónica -tal como nos ha llegado- posee una profunda huella benedictina. Mi trabajo se ha centrado en este punto, sin que por ello desconozca la importancia de aquellas otras vertientes.

En el momento de publicar este libro, tengo plena conciencia de que contiene una mínima parte de lo mucho que -en relación con la tradición masónica primitiva- espera ser traducido y redescubierto en los textos escritos por los benedictinos. Confío en que otros más capaces que yo se interesen en ahondar y completar esta tarea que me excede ampliamente.

La base de datos de la Patrología Latina[4], permite identificar textos a partir de un vocablo. El término “Hiram”, por ejemplo, aparece 348 veces distribuidas en 77 tratados. El término “Adoniram” 32 veces en 15 tratados. Quien ha visto alguna vez un volumen de esta colección entenderá fácilmente de lo que estoy hablando. De lo que no hay dudas es del inmenso material que un estudioso de la masonería puede hallar en estos documentos.

Doy por sentado que se han deslizado errores y omisiones que, espero, me sean señaladas con el fin de enmendarlas en una próxima edición. No obstante ello, y aunque lo que presente sea fatalmente incompleto, me invade la profunda satisfacción de poder ofrecer este esfuerzo que, grande o pequeño, ha sido inspirado en el amor fraternal que aun se respira en nuestros templos.

Se incluye, al final del libro, un anexo que contiene algunos textos traducidos al castellano de Beda, Rabano Mauro y Wilhelm de Hirsau; epístolas o prólogos que contienen elementos que permiten una aproximación al espíritu de sus autores.

El criterio empleado para la redacción de las notas y las citas ha sido el siguiente: la mayoría de las notas son simples referencias bibliográficas que apoyan la introducción de la cita en el texto. Sólo se han trascripto citas en las notas cuando su extensión o complejidad impedía la continuidad en la lectura. En su mayoría, las citas han sido traducidas al español, salvo en algunos casos en los que entendí que, siendo comprensibles, mantenían su calidad literaria o bien, que podían ser de utilidad al estudioso en su idioma original.

En cuanto a las fuentes bibliográficas, sólo ha sido incluida la considerada, en unos casos, pertinente y en otros relevante al contenido del estudio.


Eduardo Callaey

[1] Se trata de dos obras clásicas de la Kabala medieval. El primero, cuyo título puede traducirse como “El Libro del Esplendor” se atribuye al cabalista español Moisés de León, quien lo habría escrito a principios del siglo XIV; Al segundo se lo conoce como “El Libro de la Claridad”, o también como “Midrash de Rabí Nehunia ben Hakaná”. Se cree que su origen se remonta al siglo XII.
[2] Garín, Eugenio, “Medioevo y Renacimiento, Estudios e investigaciones” (Madrid, Taurus, 2001) p. 77.
[3] Fulcanelli, “Las Moradas Filosofales” (Barcelona, Plaza & Janes, 1976) p. 61
[4] “Patrología Latina Database” http://pld.chadwyck.co.uk/