Estimado Lector de Temas de Masonería

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martes, 14 de junio de 2016

La cuestión de los Collegia Fabrorum y el enigma de los Maestros del lago de Como

Por Eduardo R. Callaey
En la larga controversia sobre los orígenes de la francmasonería se enfrentan diversas corrientes. Hay quienes sostienen -como es mi caso- que hay evidencia absoluta en cuanto a que las corporaciones de constructores laicos de la Edad Media fueron inspiradas y creadas por los monjes benedictinos. Por otra parte existe una corriente alineada con la historiografía alemana del siglo XIX que afirma que el origen de la tradición masónica se encuentra en las ligas de constructores de Mediterráneo Oriental (los maestros dionisíacos), los Colegios romanos y las corporaciones lombardas del Lago de Como. Por último -y es bueno señalarlo- hay una tercer corriente que dice que la francmasonería es un invento moderno que nada debe ni a la Antigüedad Clásica ni a la Edad Media sino que es un evento sociológico propio de la modernidad. En este artículo analizo sucintamente la segunda de estas corrientes.

Ruinas
Ruinas romanas de la ciudad de Cesarea, en el Mediterráneo Oriental 


Hacia 1811 el  historiador Carl C. Krause publicó su obra “Los tres documentos más antiguos sobre la fraternidad de los francmasones” y se puso a la cabeza de quienes sostenían como predecesores de la francmasonería a las fraternidades dionisíacas de Tiro y los Colegios de Arquitectos (Colegia fabrorum) romanos.
Esta generación de historiadores alemanes desató una furiosa disputa que contribuyó a que un gran número de masones revisaran muchas teorías carentes de todo sustento para ingresar en una concepción más ajustada en cuanto a los orígenes de su fraternidad. J.G. Findel celebraba esta nueva etapa diciendo: “... El examen crítico de los documentos masónicos es muy conveniente en la época actual del trabajo de composición particular de las diversas logias y sociedades, trabajo que contribuirá eficazmente a asegurar la posibilidad de los trabajos históricos ulteriores a los que servirá de base...” [1]
Era la época en la que se enfrentaban duramente los racionalistas influidos por los Iluminados de Baviera y los que sostenían que la francmasonería era la heredera de la Orden del Temple.
Si bien no existe acuerdo acerca de una fecha cierta para la aparición de los Colegios de Arquitectos en Roma, los autores mencionados la fijan en el reinado del mítico rey Numa, en el siglo VII a. C. de quien la leyenda afirma que era amigo de Pitágoras. Según esta historia mítica, Numa Pompilio estableció un conjunto de colegios de artesanos (Collegia artíficum) “a cuya cabeza estaban los colegios de arquitectos” (Collegia fabrorum). [2]
Estos colegios gozaban de ciertos privilegios, algunos de los cuales podemos conocer gracias a la legislación de Solón; jurisdicciones propias con tribunales especiales; derecho a establecer sus propios estatutos, franquicias e inmunidades contributivas especiales, etc. La incorporación de sacerdotes las convirtió tanto en asociaciones civiles como religiosas. Se establecían, generalmente, en las cercanías del templo a cuyo dios veneraban, regidos por una compleja trama de leyes que reglamentaban su relación con el Estado romano.
La acción de estos colegios dejó su impronta a lo largo de toda la península itálica y desarrolló nuevos sistemas de construcción al introducir hacia el siglo IV a.C. el verdadero arco y la verdadera bóveda. De esta misma época datan probablemente los descubrimientos de nuevas técnicas que se extendieron rápidamente en las regiones romanas, latinas y etruscas, tales como el ladrillo cocido y unido con argamasa (opus latericium) y la producción de una forma de hormigón con piedra y cemento (opus caementitium).
Hacia el siglo II a.C. los arquitectos romanos habían alcanzado tal fama que sus servicios se extendieron a tierras helénicas. Según Vitrubio, en 175 a.C. Antíoco Epifanes confió a un romano, Marcio Cossucio, la construcción del Olimpieo de Atenas.[3]
Existe en la actualidad un consenso general entre los historiadores acerca del carácter legendario del rey Numa Pompilio. Los orígenes de Roma pertenecen hoy al campo de la mitología y es allí donde podemos comprender el aspecto simbólico de sus primeros reyes. Según la leyenda, Roma tuvo 6 o 7 reyes después de Rómulo. Los cuatro primeros fueron Tito Tacio -que compartió el trono con Rómulo- Numa Pompilio, Tulio Hostilio y Anco Marcio. La tradición otorgaba a cada uno de ellos una obra y un poder particular, atribuyéndole a Numa la creación del calendario y la fundación de los ritos religiosos.[4]
El origen de los collegia es tan incierto como el rey al que se los atribuye. Se desarrollaron a lo largo de un vasto período (8 o tal vez 9 siglos) al punto que cuando Constantino se convirtió al cristianismo (374 d.C.) el tiempo que lo separaba de los primeros colegios era el mismo que nos separa a nosotros del tiempo de las catedrales. [5]
Los collegia nunca fueron una institución independiente del Estado romano, sino que por el contrario representaban en la estructura social un rol importante en el sistema de delegación del poder que aplicaba el gobierno central en beneficio de las estructuras provinciales y municipales. Establecidos en ciudades que raramente excedían las 5.000 almas -excepción hecha de algunas grandes urbes que reunían 20.000 como París, Londres o Colonia y la misma Roma , casi 1.000.000, hacia el siglo II- agrupaban la gente según su oficio del mismo modo que existían sociedades funerarias, clubes, asociaciones de mercaderes etc. Peter Brown[6], catedrático de la Universidad de Princeton, afirma que “...todas esas asociaciones de carácter voluntario, llamadas collegia, raramente contaban con más de cien miembros y aprovechaban todas las ocasiones solemnes o de naturaleza ceremonial para mostrarse en público. Junto con las barriadas urbanas, perfectamente organizadas, los collegia desempeñaban un papel esencial como medio de control social de una población urbana, por lo demás conscientemente poco controlada por el gobierno...”
En cuanto al estatus de los collegia fabrorum dentro del amplio esquema de los collegia artificum, parece claro que ocupaban la cúspide de la pirámide. Cicerón concedía a los arquitectos un lugar preponderante en la jerarquía de los artesanos.[7] Pero es importante tener en cuenta que esta diferenciación no estaba establecida en función de un ars superior sino en que había en el arquitecto una sabiduría (prudentia) por encima de una utilidad económica inmediata (utilitas). A diferencia de otros grupos de artesanos, no tenía un manejo cotidiano del dinero, al menos en el ejercicio ordinario de la función. Por otro lado, y a diferencia del tallista de piedra medieval -que bien puede considerarse un artista- el arquitecto romano no escapa a la consideración general de “artesano” (artificum). En Roma, al igual que en todo el mundo antiguo, es difícil distinguir entre “ars” y “artíficum”.

Lo que resultó fundamental para relacionar a la francmasonería con los colegios romanos son ciertas particularidades:
1.  Cada colegio debía estar presidido por un maestro (Magister) y dos decuriones (¿vigilantes?) que ejercían la autoridad en los demás miembros. A su vez estaba integrado por oficiales como un tesorero, un secretario, un guarda sellos, etc. Sesionaban en secreto y en secreto transmitían las reglas particulares de su arte, que juramentaban no revelar y al que accedían a través de una iniciación.
2.   Ejercían la caridad entre sus miembros y llevaban a cabo ritos fúnebres, enterrando a cada cual bajo el emblema de su oficio (la escuadra, el compás, y el nivel).

Un ejemplo importante del porqué esta corriente histórica se vio afirmada en el tiempo y aceptada por muchos masones fue el hallazgo, en 1878, de las ruinas del famoso collegium de Pompeya. Entre la gran cantidad de signos masónicos encontrados se destaca una curiosa obra de arte que está actualmente en el Museo Nacional de Nápoles y cuya descripción hecha por S.R. Forbes está incluida en la obra de Joseph Fort Newton[8]

“Es un mosaico de forma cuadrada, fijo sobre un fuerte armazón de madera. El fondo es de piedra de color gris verdoso. En el centro hay una calavera humana, dibujada con blanco, gris y negro que parece casi natural. Todo está en ella dibujado: los ojos, las narices, los dientes, las orejas, el coronal. Encima de la calavera hay un nivel de madera pintada, cuyas puntas son de bronce, y de cuyo vértice pende un nivel de madera pintada cuyas puntas son de bronce y de cuyo vértice pende un hilo blanco con su plomada...Debajo de la calavera se ve una rueda de seis rayos, en cuya parte superior se posa una mariposa de alas rojas, festoneadas de amarillo con los ojos azules. A la izquierda se encuentra una lanza que representa estar clavada en tierra y tiene la punta hacia arriba. Cuelga de la lanza un traje escarlata atado con un cordón de oro y también uno rojo, mientras que un galón con dibujos diamantinos rodea la parte superior de la lanza. A la derecha se ve un bastón nudoso, del que cuelga una vasta y peluda tela cuyos colores son el amarillo, el gris y el pardo, atada con una cinta. Encima hay una mochila de cuero. Evidentemente esta obra de arte debe ser de carácter místico y simbólico por su composición...”

 Es absolutamente cierto que cualquier masón moderno podría reconocer el significado de esta obra peculiar y que la misma contiene elementos que exceden largamente las connotaciones propias de un oficio.
Los colegios crecieron y se expandieron junto con Roma, acompañando a las legiones y estableciéndose en todas las ciudades del Imperio, construyendo templos, basílicas, fortificaciones y puentes.
Con el advenimiento del cristianismo sufrieron la importante influencia de la nueva fe y pronto la adoración de los viejos dioses se vio reemplazada por la de los santos. Se cree que cuando Dioclesiano desató la “Gran Persecución” de los cristianos fue en principio condescendiente con los colegios, aun con los que estaban mayoritariamente constituidos por cristianos. Sin embargo -de acuerdo con una leyenda recogida en el manuscrito Regius- furioso por la negativa de los colegios a erigir estatuas a Esculapio desató una violenta represión en la que cuatro maestros y un aprendiz fueron martirizados. Muy posteriormente se convertirían en los Santos Patronos de los francmasones de Alemania, Francia e Inglaterra.
El fin de los colegios de arquitectos es aún materia de controversias. Es posible que el cristianismo haya contribuido al abandono de las antiguas prácticas. De hecho la actividad de la arquitectura en los tiempos de Constantino se centró fundamentalmente en convertir en iglesias consagradas a la nueva religión los grandes edificios del Imperio.
Gallatin Mackey[10] cree que la última etapa de los Collegia fabrorum debe analizarse en su adopción de la vida cristiana y la doctrina de la nueva fe. Joseph Fort-Newton lo atribuye, como hemos dicho, a las persecuciones de Diocleciano y su decreto de expulsión. Algunos autores sugieren que hubo un breve renacimiento de los colegios cuando el Imperio se convirtió al cristianismo. Lo que quedaba de ellos en Occidente desapareció finalmente con las invasiones bárbaras. En la porción oriental del Imperio continuó una importante actividad en la arquitectura, pero como sabemos, con estructuras completamente cristianizadas.
En los tiempos en que Krause, Fichte y Heldmann defendían a capa y espada la relación entre los colegios romanos y los francmasones –acérrimos opositores a cualquier vínculo de la francmasonería con el cristianismo medieval-, quedó en evidencia la existencia de un enorme vacío entre la desaparición de los primeros y el surgimiento de las corporaciones medievales. Es en ese interregno en donde irrumpe la fuerza constructora del monasticismo y las estructuras creadas por los benedictinos de la que tanto hemos hablado, que es el tema central de mi libro La Masonería y sus orígenes cristianos.




[1] Findel, Historia general de la francmasonería 
[2] Resulta por cierto posible la influencia de las doctrinas pitagóricas entre los arquitectos romanos. Algunos autores modernos, críticos de la tésis de G. Dumezil creen encontrar elementos de la formación mítica de Numa Pompilio en el pensamiento pitagórico del siglo IV. Ver El nacimiento de las ciudades Claude Mossé (Prof. Historia Antigua Universidad de Paris VIII), Historia Universal Salvat Vol II, España 1984.
[3] “Historia de la Humanidad” (Comisión Internacional para una historia del desarrollo cultural y científico de la humanidad) UNESCO; editado por Sudamericana Buenos Aires, 1969 (p. 747 y ss.)
[4] La discusión relativa a los primeros reyes de Roma está dominada por la tesis de Dumezil, que veía en estos reyes la expresión de la característica trifuncional de las civilizaciones indoeuropeas: Numa Pompilio, Tulio Hostilio y Anco Marcio representarían así, las tres funciones, religiosa, guerrera y constructora (Ver Claude Mossé, obra ya citada). Esta trifuncionalidad puede encontrarse en la Ariavarta con las figuras y funciones de los Bhodisatva, Manu y Mahachohan de las culturas del Valle del Indo.
[5] Considerando los avatares de la historia de Roma ¿Podemos aceptar la estabilidad de estas corporaciones a lo largo de semejante período de tiempo? ¿Podemos considerar que los arquitectos de tiempos de la República pertenecían a la misma cofradía que levantó las basílicas en tiempos de Constantino?
[6] Peter Brown, El Primer Milenio de la Cristiandad Occidental (Universidad de Princeton) Colección La Construcción de Europa dirigida por Jacques Le Goff; Critica/Grijalbo, Barcelona  1997.
[7] Para Cicerón, Maximo Valerio y otros grandes autores romanos, la práctica de las artes no concedía gloria alguna. Ver “La Antigüedad Grecorromana”, Vida Social y Artística; Historia Universal Salvat por Pierre Gross (Université de Provence, Aix) España 1984. p. 332 y ss.).
[8] Fort Newton, Joseph, Los Arquitectos, Historia de la Fracmasonería, Editorial Diana, México (P.108 y ss.)
[10] “Enciclopedia de la Francmasonería” , Gallatín Mackey; Ver voz “Colegios Romanos”

martes, 7 de junio de 2016

La Masonería y sus orígenes cristianos

A propósito de la reedición de La Masonería y sus orígenes cristianos. Apuntes sobre el contexto medieval de la investigación histórica respecto de los orígenes de la francmasonería. La pirámide de Ullmann y el concepto del poder en la Edad Media.



El Mito del Anticlericalismo Masónico

Si existe un rasgo representativo de la acción de la francmasonería en la sociedad a partir de las grandes revoluciones del siglo XIX, es su pertinaz, consecuente y decisiva defensa del laicismo. Las múltiples manifestaciones de esta acción constituyen el escenario común, el ámbito natural del esfuerzo social, político y filosófico de la francmasonería como institución, factor decisivo en el proceso de separación de la Iglesia y el Estado. Esta particularidad, sumada al espíritu universal que anima su simbolismo y su inclinación por las ideas democráticas le valió, tempranamente, la condena y el hostigamiento de la Iglesia Católica Romana. Decenas de encíclicas, bulas y documentos pastorales atestiguan esta realidad.

Sin embargo, los orígenes de la francmasonería son tan cristianos y católicos como los del Colegio Cardenalicio. La diferencia fundamental que enfrenta a ambas instituciones (Masonería e Iglesia Católica) está en la concepción del poder: De quién proviene, quién lo otorga y quién lo ejerce.
Se ha insistido erróneamente en el carácter anticlerical de la francmasonería en su totalidad; un error que comparten por igual sectores de la Iglesia Católica y algunas obediencias masónicas. Es por ello que, siendo uno de los objetos de este libro el estudio de los orígenes religiosos de la francmasonería, conviene mencionar algunas diferencias existentes entre las distintas obediencias surgidas a partir de la institucionalización de la francmasonería moderna.

Comparto con Alec Mellor que la idea de Orden Masónica es hoy un ideal, y que en todo caso conviene referirse a obediencias masónicas. Mientras que el concepto de Orden refiere a los aspectos simbólico-iniciáticos de la francmasonería y a sus antiguos landmarks, son las obediencias o "potencias masónicas" -y no la Orden- las que actúan en la sociedad y fijan posición en el mundo profano.

Mellor divide a la francmasonería moderna en dos corrientes principales, con puntos de partida en Londres y París respectivamente. La primera no se dirigió en absoluto a la destrucción del cristianismo, ni generó acciones hostiles al clero católico más allá de cierto antipapismo inglés del siglo XVIII. Recordemos la calidad de "pastores" de algunos de los fundadores de la francmasonería británica moderna. En palabras de Mellor, la francmasonería inglesa desde el punto de vista religioso fue estrictamente neutra...[i]
 
La segunda, en cambio, se afirmó como cristiana. En efecto, la francmasonería francesa estuvo, desde el principio, ligada con el movimiento político católico de los Estuardo, lo cual explica el fuerte contenido cristiano del Rito Escocés Antiguo y Aceptado aun más evidente en el Rito Escocés Rectificado. La diferencia fundamental entre el R.E.A.A. y el R.E.R. es que el primero sufrió dos adaptaciones: la primera para encajar en el modelo andersoniano y la segunda como consecuencia de la Revolución Francesa y el “republicanismo” triunfante. En cambio el R.E.R. permaneció fiel a las tradicion masónica escocesa del siglo XVIII.

Oswald Wirth -una autoridad masónica directamente vinculada con la Gran Logia de Francia- va más lejos cuando afirma que no solo la masonería francesa del siglo XVIII no era de ninguna manera hostil al catolicismo ni discutía ninguna cuestión de dogma dejando a cada cual sus creencias, sino que todo sacerdote era considerado sagrado, cuya ordenación correspondía según las ideas de la época, a la suprema iniciación y agrega: En estas condiciones más de un eclesiástico reunió en sí las dignidades de la Iglesia con aquellas de la Masonería, y se encontraba esto muy natural [ii]  Pero de esta segunda corriente se separaron a partir del siglo XIX las potencias cuyo ejemplo y liderazgo sigue siendo el del Gran Oriente de Francia. Su posición ha sido históricamente anticlerical.

Esto ha provocado que la causa del laicismo se haya confundido con la causa del anticlericalismo, que es algo muy distinto dentro del proceso de secularización que Occidente desarrolla desde el siglo XIII.

Por sus orígenes, por su historia y por la naturaleza de sus símbolos, la francmasonería forma parte de las raíces mismas de aquello que se denominó "cristiandad" sea definida ésta como Sacrum Romanum Imperium Germanicum, Europa, Occidente, Civilización Occidental o Democracias según las épocas. Sabiamente define Raimon Panikkar que La historia del mundo moderno es todavía la continuación de una historia europea y cristiana...[iii]

Sin embargo, los vientos anticlericales del siglo XIX renegaron de este origen e inventaron una fábula asombrosa: el "arte gótico", creación sublime de los arquitectos laicos, era el opuesto antagónico del "arte románico" llevado a cabo por los monjes benedictinos. Por supuesto que a estos últimos se les atribuía el carácter conservador, oscuro, recoleto y opresivo del románico mientras que a los primeros se les reservaba el distintivo revolucionario, luminoso y liberal del estilo ojival. De este modo, las corporaciones laicas venían a iluminar los oscuros muros de las iglesias benedictinas y a conducir al mundo cristiano a la luz de un arte secular.

Paul Naudon, cita las palabras de Anthyme Saint Paul, que solía quejarse amargamente de este dislate:  [...] Nunca se insistirá demasiado en la inexactitud de esta leyenda que, sin embargo es admitida corrientemente por ciertos francmasones, que ven en los constructores de catedrales góticas, los precursores del libre pensamiento y el anticlericalismo [...][iv]

Al esbozarse estas teorías reñidas con la investigación científica de la historia, estos sectores anticlericales resultaron funcionales a las sempiternas condenas de la Iglesia, y contribuyeron a sembrar una gran confusión en torno a los objetivos del laicismo, incrementando las consecuentes crisis entre la Iglesia y la Masonería. El espíritu laico de las corporaciones medievales y el anticlericalismo de ciertas potencias masónicas del siglo XIX carecen de elementos en común. Aquéllas se encontraban inmersas en los abstrusos pliegues del pensamiento político medieval, éstas respiraban en la pesada atmósfera de la Europa preconciliar. 

La Cruz y la Espada

El escenario en el que vamos a introducirnos en La Masonería y sus orígenes cristianos es, justamente, el del medioevo. Más precisamente en los siglos que arrancan con el triunfo espiritual y político del cristianismo y culminan con el desarrollo de las comunas, las corporaciones de oficios, las ligas mercantiles, las guildas... en síntesis: la irrupción del mundo secular. Los personajes, en su mayoría monjes de la Orden de San Benito, son ilustres desconocidos para la mayoría de los masones, aunque sorprenderá que algunos de ellos son mencionados en enciclopedias masónicas o tangencialmente citados en textos de cierto rigor académico. Muchos de ellos fueron grandes intelectuales y, a la vez, grandes constructores. Levantaron los muros de sus abadías, pero también edificaron el pensamiento político de su tiempo.

La sociedad que se desarrolló en Europa en ese período (siglos V al XII), debió adaptar las estructuras políticas y sociales de la antigua Roma, recrear los rudimentos de la administración pública y establecer sus propias concepciones de gobierno. Se trataba nada menos que de construir una sociedad cristiana, gobernada por cristianos para cristianos, en la que la premisa de Cicerón garantizar la vida dichosa de los ciudadanos -beata civium vita- no era suficiente. Era necesario establecer las leyes de una sociedad en la que los ciudadanos pudiesen realizar su dimensión espiritual, la experiencia religiosa en el sentido más profundo: el de re-ligare, unirse a Dios y establecer su ideal en la tierra.

En esa búsqueda, la sociedad medieval alcanza a vislumbrar su sentido -y la certeza de su derrotero- en las palabras de Agustín de Hipona: El Cristo Dios es la Patria a donde vamos... El Cristo hombre es la vía por la que vamos... -Deus Christus Patria est quo imus; Homo Christus via est qua imus-. Panikkar lo resume: El Cristo-Dios es la civitas Dei; el Cristo-Hombre es la civitas hominum. En este esquema, dividir lo espiritual de lo temporal es dividir a Cristo. La historia de Europa es la historia de esta división.

La coronación de Carlomagno es el apogeo de la visión de San Agustín. Sin embargo, el emperador y el papa presienten la existencia de un conflicto que se desarrollará en los siglos siguientes, cuyo origen hay que buscarlo en el antagonismo de dos concepciones de gobierno que colisionarán fatalmente. Walter Ullmann, en su tratado sobre el pensamiento político medieval11, denomina a estas dos concepciones como: "Teoría ascendente" (o Teoría popular de gobierno) y "Teoría descendente" (o Teoría teocrática de gobierno).



La primera -más antigua desde el punto de vista cronológico- se denomina ascendente porque su principal característica consiste en que el poder se origina en el pueblo, en la misma comunidad. Esta era la forma de gobierno de las tribus bárbaras, cuyos jefes eran electos en asambleas populares que delegaban en él los poderes de conducción. Esta delegación implicaba que dicho mandato podía ser revocado y, en consecuencia, depuesto el jefe elegido. Los electores podían "resistir" las órdenes del gobernante en la medida que éste no cumpliese -o se excediese- en los poderes delegados.

[...] Metafóricamente hablando -dice Ullmann- el poder ascendía desde la amplia base de la pirámide social hasta su vértice ocupado por el rey o el duque [...][v]  Me he referido anteriormente a estas asambleas y a estos tribunales, señalándolos como aportes fundamentales de la época bárbara a la construcción de la democracia y las ideas de progreso en el medioevo.[vi]

En contraposición a esta teoría ascendente se desarrolló una teoría descendente del poder, originada en el campo cristiano latino-romano. El eje de la misma era que el poder pertenecía a un ser supremo, Dios, y que de él descendía sobre quien lo representaba ante el pueblo. Este "Sumo Pontífice" e intérprete inapelable de la voluntad divina sólo respondía a Dios, y en nada debía rendir cuentas a la asamblea del pueblo.

Hacia el siglo V, San Agustín había expresado que Dios daba sus leyes a la humanidad a través de los reyes; pero esta afirmación tenía antecedentes en el mundo de los apóstoles. Ya San Pablo había dicho que el poder descendía de Dios. De hecho, la monarquía papal había establecido su derecho al pontificado en las ideas de San Pablo y en un fragmento del Evangelio de San Mateo: Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos...[vii] En este caso la pirámide metafórica de Ullmann tenía la totalidad del poder concentrada en el vértice.

Este derecho divino de los Estados Pontificios fue defendido por el catolicismo romano hasta el siglo XIX; y hasta el Concilio Vaticano II la Iglesia se seguía definiendo como "Sociedad Perfecta", y el "modelo para cualquier otra sociedad"[viii]. Desde sus orígenes corporativos, la francmasonería adhirió y luchó por el triunfo de la teoría ascendente, sin por ello dejar de ser cristiana. Las corporaciones laicas, los gremios, las guildas y las ligas mercantiles -asociadas con el impulso renovado de la economía urbana y la organización comunal-[ix]  mantenían una aguda controversia con la autoridad clerical en la que se discutía acerca de quién debía ejercer la autoridad política. Se pretendía definir los principios esenciales de soberanía, autoridad y poder, lo cual no debe ser analizado desde nuestra perspectiva, sino en el marco y el contexto histórico correspondiente.

En el momento en que se produce la aparición de las corporaciones laicas -siglo XII- constituidas en logias operativas, aun no existe el concepto de "Estado". La idea de la plena autonomía del Estado y el ciudadano, del pueblo como legislador soberano, recién aparecerá en el siglo XIV merced a Marcilio de Padua. Existe la Iglesia, constituida por dos estamentos: el clero y los laicos, "...representados por el papa y el rey, y organizados como clerecía (sacerdotium) y reino (regnum)..."[x] Ullmann sostiene que ...Por más que se repita con frecuencia que existía una situación conflictiva entre la Iglesia y el Estado en la Edad Media, esta aseveración carece por ahora de sentido histórico. Lo que sí existía era una situación de conflicto entre el sacerdotium y el regnum, pero este conflicto se daba dentro de un único y mismo conjunto, dentro de una única y misma sociedad de cristianos, y no entre dos cuerpos autónomos e independientes, la Iglesia  y el Estado...[xi]

La autoridad (devenida de la fe y simbolizada con la cruz) y el poder (ejercido por la fuerza militar y simbolizado con la espada), constituyen las dos herramientas que mantienen la unidad del Imperio y el tenso equilibrio entre laicos y clérigos. Y si uno de los campos embate contra el otro -como naturalmente ocurre con frecuencia- ninguno de los contendientes podría imaginar siquiera que se encuentra por ello fuera o en contra de la Iglesia, puesto que en la concepción medieval las fuerzas seculares son también esa misma Iglesia.

En el siglo VIII los papas avanzaron temerariamente en la aplicación de sus principios políticos de soberanía y autoridad. Para ello hicieron uso de un documento apócrifo conocido como "La Donación de Constantino". [...] Según la Donación -describe Ullmann- Constantino  deseando otorgar a la Iglesia romana el poder, la gloria, la fuerza y los honores imperiales, traspasó al papa todas sus insignias y símbolos imperiales -la lanza, el cetro, el orbe, los estandartes imperiales, el manto de púrpura, el palio imperial, la túnica de púrpura, etc.- que pasaron a ser propiedad del papa. Es más, en señal de humildad, Constantino desempeñó la función de strator, es decir, guió un trecho el caballo del papa. Más aún, el papa recibió el palacio imperial como residencia, así como toda la ciudad de Roma. Finalmente, Constantino quiso colocar la corona imperial sobre la cabeza del papa, pero éste -y esto resulta muy significativo- rehusó llevar la diadema imperial [...][xii]

Este documento -en el cual el obispo de Roma es mencionado por primera vez como "Vicario de Cristo"- permitió al papa Esteban II ungir a Pipino y nombrarlo "Patricio Romano", y a León III coronar a Carlomagno en la nochebuena del año 800, creando así "un emperador de los romanos" que recibía "desde lo alto" -y en préstamo, como Constantino- la corona por parte del papa.

Carlomagno no aspiraba a gobernar el orbe; creía que su papel era el de Rector de Europa, máximo gobernante de los cristianos latinos. El papado, en cambio, quería demostrar su supremacía sobre la Iglesia Oriental y establecer que el único imperio era el romano de Occidente. Esta pretensión traería dolorosas consecuencias. A su vez, los esfuerzos por imponer el principio político de la autoridad papal sobre la imperial devendrían en un conflicto cuyas consecuencias fueron  nefastas para la unidad europea.

En la actualidad, coexisten dentro de la francmasonería ambas concepciones de la piramide de Ullmann ("Teoría ascendente" o Teoría popular de gobierno y "Teoría descendente" o Teoría teocrática de gobierno). Existen Ritos masónicos marcadamente republicanos, en convivencia con otros marcadamente aristocráticos o monárquicos. Ambos modelos son consecuencia de los procesos históricos de los que hablábamos al comienzo de este artículo.

A lo largo de la primera parte de este libro, intentamos desentrañar el modo en que las primeras organizaciones de monjes constructores elaboran una pedagogía de la piedra (en palabras de Georges Duby). La segunda describe cómo sus técnicas son transferidas a las primeras guildas de constructores laicos que se inscribirán en el marco del proceso de secularización de Europa. En todo caso, lo que pretendemos demostrar es que ese orden laico hunde sus raíces –y su tradición- en el más puro orden monacal, más precisamente en la Orden de San Benito.






[i] Mellor, Alec, "La desconocida Franc-Masonería cristiana"  (Barcelona; Ed. AHR) p. 17 y ss.
[ii] Wirth, Oswald, "El Libro del Aprendiz Masón" (Santiago de Chile) p. 65.
[iii] Panikkar, Raimon; "El espíritu de la política" (Barcelona, Ediciones Península, 1999) p.90.
Naudon, Paul, "Les origines religieuses et corporatives de la Franc-Maçonnerie" (París, Devry Livres, 1979 p. 53)
Ullmann, Walter, "Historia del Pensamiento Político en la Edad Media" (Barcelona, Ariel, 1999).
[vi] Callaey, Eduardo; "Monjes y Canteros" (Buenos Aires, Dunken, 2001) p.45-54.
[vii] Mateo, XVI 18,19.
[viii] Panikkar, Ob. cit. p. 86
[ix] Callaey, Ob.cit. capítulo "Progreso y masonería en la construcción de Europa"
[x] Ullman p. 18,19
[xi] Ibid.
[xii] Ob cit. p. 59.

domingo, 5 de junio de 2016

Masonería Rectificada en Mendoza y la inminente gira sudamericana del Gran Maestro del GPDH

El pasado 30 de mayo, en la Casa de la Orden, en Barcelona, fue aprobada la creación de un Triángulo Masónico Rectificado en la Provincia de Mendoza (Argentina), llamado a convertirse en la primera Logia Rectificada de la región de Cuyo. Este nuevo establecimiento del Régimen Escocés Rectificado tiene por nombre Aires del Cuyum y estará conformado por un prestigioso grupo de masones de las provincias de Cuyo. Su asiento estará en la ciudad de Mendoza.

La instalación de sus autoridades tendrá lugar el próximo 27 de junio en Buenos Aires, en la Tenida Extraordinaria que se llevará a cabo con motivo de la gira que realizará el Gran Maestro de la Orden, el M.R.H. Josep Martí Blanco, para visitar las Logias del Gran Priorato de Hispania en América del Sur.



El acto tendrá un marco inusual, pues para esa fecha se concentrarán en Buenos Aires delegaciones procedentes de las Repúblicas de Bolivia y Chile para celebrar un Capítulo de Armamento que pondrá en marcha la primera Prefectura de la Orden de Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa en el continente sudamericano.

Dicha Prefectura de Nuestra Señora del Rosario tendrá autoridad sobre las Encomiendas de Santa María del Buen Aire (Buenos Aires-Argentina), Virgen de Urqupiña (Cochabamba-Bolivia) y Santa Teresa de los Andes (Santiago-Chile).

Con posterioridad a los actos que se llevarán a cabo en Buenos Aires, el Gran Maestro seguirá su gira a Chile y a Bolivia. De esta gira a los países hermanos, y de sus implicancias, comentaremos oportunamente. 

Este conjunto de noticias y acontecimientos tienen lugar a diez años del inicio de las conversaciones emprendidas por masones latinoamericanos con las autoridades del Gran Priorato de Hispania, que dieran como resultado que, pasado este tiempo, la masonería cristiana se haya establecido de manera firme e ininterrumpida en los países de Hispanoamérica.

En un mundo convulsionado y en perpetua mutación, las instituciones adquieren el carácter de la estabilidad y de la permanencia de los valores. La masonería es una de esas instituciones de referencia que acompañan el proceso histórico desde hace siglos. Imposible comprender los acontecimientos del mundo soslayando la influencia, el comportamiento y los valores de la francmasonería.

En el universo masónico –como en el de cualquier otra institución secular-  existen diversas corrientes que responden a procesos sociopolíticos distintos, a contextos históricos diferentes y a espacios culturales particulares. Sin embargo, hay en la francmasonería un elemento común –la iniciación- que hace que más allá de las diferencias y enfoques, todos formemos parte de la Familia Masónica Universal.

El Régimen Escocés Rectificado es una de las masonerías más antiguas de Europa. Sus constituciones se remontan al Convento celebrado en Wilhelmsbad en 1782. Sus rituales han permanecido puros pese a los vaivenes de los Estados y las revoluciones, al menos en aquellas potencias masónicas que se mantienen fieles a la regularidad, alineadas con el Gran Priorato de las Galias.

Esta legitimidad y este apego a la tradición hacen del RER una Orden Masónica de Caballeros Cristianos cuyo objeto principal es la defensa de los valores del espacio cultural cristiano (démosle el nombre que queramos: occidente, democracias, civilización judeocristiana, etc.) y de los valores que dicha cultura encarna. Pero fundamentalmente un ámbito donde la práctica de la vía iniciática sigue siendo el centro del trabajo masónico.

Diez años después de que iniciáramos aquellos tibios, pero esperanzados acercamientos con nuestros HH. del otro lado de la océano, hemos podido completar todas las estructuras que convertirán a América del Sur en una Regencia Escocesa Provincial del Gran Priorato de Hispania. Tenemos por delante un año preparatorio para los eventos que finalmente culminarán completando la tarea emprendida.

Haber llegado a este punto es fruto de grandes esfuerzos y de la suma de muchas voluntades. A lo largo de este decenio la Orden Rectificada en América del Sur sumó a cuadros valiosos; a hombres comprometidos con la francmasonería que han dado todo  de sí para avanzar hacia un destino común. En nuestro país, en tierras de Bolivia, en Chile allende los Andes, con igual empeño masones destacados, líderes entre los suyos, han sumado su experiencia y su tesón –no sin sacrificio y mucha generosidad- para que la masonería cristiana fuera viable en nuestros países. Esta primera línea, conformada por los Comendadores y los VV.MM. de las Logias Simbólicas, son la garantía de continuidad, sostenida por una ya numerosa base de Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa.

Mientras tanto, que el RER desembarque en Mendoza con “Aires del Cuyum” es una gran noticia para la masonería en la Argentina. Se abre un nuevo centro de irradiación masónica que tendrá el doble apoyo de los HH. de las logias Santiago de Chile (Lux et Veritas) y de Buenos Aires (Cruz del Sur) en uno de los polos masónicos más importantes del país. Deseamos a los HH. de Mendoza el más feliz de los éxitos, convencidos de que la autoridad no podría haber recaído en mejores manos. 


La misión, desde luego, no está cumplida. Pero sí podemos decir que la etapa fundacional llega a su fin en las próximas semanas. En el futuro podrán cambiar los nombres y los grados de autonomía respecto de las Potencias Europeas, de las cuales aún tenemos mucho que aprender. Pero sea cual fuere el futuro, comienza a escribirse ahora.