lunes, 3 de octubre de 2016

Más sobre la masonería en la Edad Media

Fragmento de mi libro "La masonería y sus orígenes cristianos"


En sus crónicas del incendio de la iglesia de Canterbury -acaecido en el año 1174 "por voluntad y secreto juicio de Dios"- Gervasio describe la inmensa desazón que se apoderó de monjes y clérigos a causa de la tragedia.
Preocupados por el estado en el que había quedado la estructura, dudaban de su fortaleza. Algunos hablaban de reconstruir la catedral desde sus cimientos, lo cual enloquecía a los monjes de sólo pensarlo. Otros creían que algunas columnas soportarían una nueva carga. Lo cierto es que paralizados por tan inesperado siniestro, los monjes permanecieron de luto durante un año, mientras decidían qué hacer con lo que había quedado de aquel hermoso templo.
Cuenta Gervasio que el capítulo convocó a numerosos arquitectos franceses e ingleses, pero no se pusieron de acuerdo. Finalmente, la elección recayó en Guillermo de Sens, "hombre extremadamente audaz, artífice habilísimo en tareas con madera y piedra", a quien le fue entregada la obra.
Las crónicas de Gervasio de Canterbury dan fe del celo con el que Guillermo condujo la reconstrucción; nos cuentan de la multitud de artistas talladores que fueron convocados, del enorme esfuerzo y de los ingenios que se debieron construir para desembarcar las piedras que llegaban desde el otro lado del mar. Hasta que, cierto día, en el quinto año de la reconstrucción, el hábil arquitecto cayó desde un andamio y quedó postrado en cama durante meses. La obra avanzó entonces de forma más lenta bajo la dirección temporaria de un monje que -con más voluntad que habilidad- seguía las indicaciones que Guillermo le daba desde su lecho. Consciente de que ya no se recuperaría, el arquitecto abandonó la obra y regresó a Francia.
Le sucedió otro Guillermo, de nacionalidad inglesa, a quien Gervasio describe como un maestro hábil y honesto. Ni el uno ni el otro eran monjes; se trataba de arquitectos laicos, hombres libres que habían aprendido el oficio de trabajar la piedra y construir iglesias en aquellas logias conformadas por experimentados monjes y numerosos "fratres conversi", expertos en sus oficios de canteros, albañiles, vidrieros, herreros, carpinteros y tallistas.


La agrupación de estos hombres en estructuras asociativas adecuadas a su arte y tradición, fue la consecuencia natural de un proceso social, cultural y económico signado por el fenómeno del renacimiento urbano, la organización comunal y la creciente secularización de la sociedad.
Muchas de estas asociaciones lograron ciertos privilegios que les otorgaron mayor libertad. Su fama se extendió, y muchos de sus más grandes arquitectos descansan en las criptas de las catedrales que construyeron, junto a reyes y obispos. Se comenzaba a desplegar otra historia: la de las corporaciones y gremios de la Baja Edad Media, la de los grandes artistas que conducirían a Europa hacia el Renacimiento.
No sabemos a ciencia cierta el momento preciso -ni en base a qué presupuestos, tradiciones o influencias- se introdujo en los rituales del siglo XVIII la leyenda de Hiram Abi. A partir de allí, el simbolismo del Templo de Salomón pasó a ocupar un lugar relevante en la francmasonería. No fueron ni Jabel, ni Nemrod, ni Pitágoras los héroes de la corporación. Tampoco se eligió a las Pirámides de Egipto, ni al Coloso de Rhodas, ni a la Torre de Babel como alegoría y ejemplo del "arte sagrado". Hiram Abi y su famoso Templo se elevaron por encima de cualquier otra opción y sobre tal artífice y su obra se erigió el edificio simbólico de la francmasonería moderna en sus ritos regulares.
Sabemos, de todos modos, a partir del análisis de todos los documentos analizados, que la tradición triunfante se vincula a la de los masones benedictinos. Sabemos también que esta tradición era conocida por los autores de los antiguos documentos de la corporación. Ellos mismos mencionan a sus fuentes. Si los antiguos masones operativos conocían esta tradición, no es menos cierto que los modernos masones especulativos la eligieron y organizaron prolijamente en sus complejos rituales. ¿Qué sucedió en el medio?
Los masones operativos hicieron del secreto un culto. El secreto masónico se ha gestado en ese interregno desconocido e inaccesible en el que reinaron las logias en todo su esplendor, capacidad y realización. Fue la época de los grandes arquitectos, pródigos en obras, mezquinos en palabras, celosos en sus técnicas, sus planos y sus aspiraciones. Sin embargo, la historia puede reconstruirse porque el hombre deja huellas; a veces con la intención de decirnos algo; otras, simplemente, porque son propias del fenómeno humano.
A través de esas huellas podemos saber, por ejemplo, cuántos maestros masones trabajaron en la construcción de una catedral o un castillo. Por sus marcas en las piedras -una identificación personal, pero también un silencioso acto secreto de vanidad de quien se sabía condenado al anonimato colectivo- sabemos de sus itinerarios. En su obra "Un espejo lejano", Barbara W. Tuchman calcula que Enguerran III, barón de Coucy, empleó, en el siglo XIII, a 800 albañiles para construir la fortaleza homónima y ello en base a las marcas dejadas en las piedras. Diego Peña, un anticuario argentino experto en medallística masónica, descubrió en un palacio de la España mora -la mezquita de Córdoba- marcas en las piedras que él mismo había fotografiado en la catedral de Santiago de Compostela y en Barcelona, corroborando las diversas noticias existentes en torno a la gran movilidad de los masones que participaron en aquella obra.
En el famoso manual de Villard de Honnecourt (circa 1224) pueden observarse dibujos que recuerdan, sugestivamente, a "los cinco puntos de perfección" de los maestros masones. Los 65 folios contienen una verdadera colección de bocetos y planos de obra, incluida una estructura idéntica a la utilizada por Umberto Eco para describir la laberíntica torre de "El nombre de la rosa".
Conocemos, gracias a estos y muchísimos otros detalles, cómo construían, cómo estaban organizados y cuál era su rol en la sociedad. Lo que no sabemos de los masones operativos es de qué manera se trasmitían, en secreto, sus tradiciones. Los reyes los protegieron, les concedieron derechos, franquicias y exenciones. La Iglesia los receló primero, para luego amenazar sus liberalidades abiertamente.
Ya en el siglo XII, en el año 1131, el rey Alfonso VII otorgaba privilegios a los trabajadores de la catedral de Santiago:
"Ego Adefonsus Dei gratia Yspanie Imperator... Facio testamentum cautationes ómnibus magistri et criationi ecclesie Beati Jacobi, tam criationi operis quam et canonici, tam presentibus quam futurus usque in sempiternum. Ita cauto eos, quod non eant in fossatum, nec donec fossadariam, neque pectent pectum pro aliqua voce nisi pro suo forisfacto. Ita ego eorum cauto domos et possessiones, quod maiordomus terre nec ullus alius homo pro aliqua voce ibi non intret, neque eos pignoret nisi per manus sui magistri, et magister det directum per eos, et habeant tale forum quale melius habuerunt postquam opus ecclesie inceptum fuit..."
Más de ciento cincuenta años después, estos privilegios se habían afianzado, al extenderse los fueros municipales y las ciudades libres, cuyos ciudadanos -convertidos en prósperos burgueses- habían alcanzado la capacidad de adquirir este estado. Sancho IV, en 1282, confirmaba el privilegio de los pedreros de Santiago:

"...Porque los maestros et los pedreros et los raconeros de la obra de Santiago me dixieron que tienen privillegios del Rey Don Fernando mío avuelo et de los otros Reys et confirmadas del Rei mío padre commo deben ser amparados y defendidos. Et yo por esto et por muchos servicios que fizieron al mío padre et a mí en fecho de la eglesia et en otras obras, recébolos en mi guarda et mi defendimiento a elos et a lo suyo por o quier que lo ayan, asy en la villa de Santiago como fuera de la villa. Et mando et defiendo que nengún non sea osado de les querelar nin embargar sus raciones, nin de les fazer mal nin fuerca, nin tuerto, nin de les pasar contra los privillegios que les sean guardados daquí adelante así como lo fueron fasta aquí. Et qualesquier que contra esto fuesen, a elos e a lo que ovieren me tornaría por ello..."

La imagen corresponde a un bajorrelieve que se encuentra en Lugo. Galicia

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