Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Secreto y los Masones

La masonería ha concitado el interés del público desde el mismo día en que se constituyó como institución moderna en los albores del siglo XVIII. Ninguna otra organización nacida en las entrañas de Occidente ha sido tan abordada, tan atacada y tan sospechada. Al mismo tiempo, ninguna otra tan apologetizada y defendida por parte de infinidad de prohombres en los últimos tres siglos. En los últimos tiempos, algunos masones se han empeñado en afirmar que la Orden es apenas discreta... No secreta. Es verdad. Sus Estatutos son públicos. Sin embargo sigue teniendo un secreto; uno que atrae más que ningún otro, porque proviene desde el fondo de las generaciones y porque como nos lo ha enseñado Edgar Allan Poe, el mejor escondite está a la vista de todos.



El Mito y la Hermenéutica

Un abismo infinito separa al hombre de su Creador. Esa es la causa de la angustia que nos acompaña, desde las cavernas en las que vivíamos cuando éramos primates, hasta nuestros días. La sensación de fragmentación sobrevuela nuestros miedos y tribulaciones desde las edades más remotas. En casi todas las religiones del planeta esta separación del hombre respecto de su creador se conoce como La Caída, y es justamente ese estado de separación de Dios el que nos produce un sentimiento de orfandad frente a la inmensidad del Universo infinito.

En las más antiguas cosmogonías, pertenecientes a religiones que murieron hace ya tiempo, en los confines de Oriente o en la arenas del Levante, se habla de esta tragedia, acontecida luego de las Guerras Cósmicas libradas en el Cielo. Encontramos vestigios de estas guerras pretéritas y de la posterior Caída del Hombre en todas las tradiciones primitivas, que luego fueron asimiladas a los actuales libros sagrados, en el correr de los milenios. En el Génesis se nombra algunos de estos libros perdidos en la matriz de la historia: “El libro de las Guerras de Jehová” y “El Libro de las Generaciones de Adán”. Incluso se menciona a algunos hombres que, pareciera, conocían profundos secretos ya guardados para el hombre antiguo. Me viene a la memoria Jetró  (יִתְרוֹ), el sacerdote de Madián, padre de Séfora, mujer de Moisés. O Hermes, “el Tres Veces Grande” (Ἑρμῆς ὁ Τρισμέγιστος) a quien los neoplatónicos–y los propios cristianos primitivos- otorgaban igual dignidad patriarcal que al líder del Éxodo y atribuían un conjunto de libros misteriosos que llamaron la atención de Clemente de Alejandría: El Corpus Herméticum.

En el mismo Génesis pueden encontrarse los vestigios de otros escritos antiquísimos, como el poema asirio “Enuma Elish”, que describe la creación del Universo -cuyo título puede traducirse como “…Cuando desde arriba…”- o el “Poema de Gilgamesh” que relata la epopeya de Utnapistin “el único justo” en quien es fácil descubrir la historia de Noé y el Diluvio Universal, o el Libro de Enoch que describe cómo los ángeles rebeldes de Samyasa tomaron mujeres entre las hijas de los hombres, el día que descendieron en el monte Hermon, dando nacimiento a la raza de los gigantes.

Muchos creen que se trata de relatos fantásticos y que un mito es un relato falso, ampliamente difundido como cierto. Pocos saben que en su mayoría, las historias bíblicas tienen una base cierta.; por ejemplo, que existen signos evidentes acerca de la universalidad geográfica y antropológica del Diluvio Universal, es decir, hay prueba científica que ocurrió una hecatombe que dejó gran parte de la Tierra bajo el agua: No sabemos si el héroe se llamaba Noé o Utnapistín; pero lo cierto es que hubo un diluvio. Lo mismo ocurre con Moisés. Su historia responde a los relatos de la vida de Sargón “el Antiguo” -Sharrum-kin, el rey acadio- en particular las circunstancias de su nacimiento y si infancia. No sabemos si Moisés o Sargón, pero hubo un líder que cambió radicalmente la historia del Oriente Medio a quien una princesa ocultó en una canasta de juncos y arrojó al río.

En el espacio que se extiende desde la Media Luna Fértil hasta las tierras del Nilo, todos los relatos confluyen en esos cinco libros monumentales -el Pentateuco- sobre los que parece descansar la historia del mundo, nuestro pasado más remoto, aquél que Anatole France solía definir como “los tiempos que precedieron a los tiempos”. 

El Antiguo Testamento es el reservorio de un conocimiento acumulado por generaciones de sabios e iniciados que encriptaron en sus páginas un conocimiento de carácter extraordinario que apenas ha sido comprendido. Los sabios de la religión judía, de quienes el cristianismo ha heredado esta obra extraordinaria, hubieron de escribir infinidad de obras que explican e interpretan el intrincado lenguaje veterotestamentario. De la necesidad de esta interpretación surgen los Midrash y el Talmud, voluminosas obras en las que los maestros judíos de la Ley han intentado comprender el mensaje que la Torah les reservaba como Pueblo Elegido. Desde la perspectiva religiosa del judeocristianismo, la Torah (denominada Pentateuco en Occidente, que corresponde a los primeros cinco libros de la Biblia) ha sido escrita por el propio Dios.

Curiosamente, la palabra hermenéutica, que se utiliza para definir la ciencia que busca el significado oculto de un texto –que alguna cosa se vuelva comprensible-, deriva del vocablo Hermes.

La hermenéutica se aplica fundamentalmente en la teología y particularmente en la interpretación de cualquier texto sagrado (explicación de una sentencia oscura y enigmática de los dioses o de un misterio, que precisaba una interpretación correcta) Más aun. Los judíos desarrollaron una teosofía de características propias, denominada kabalá -que en hebreo significa Tradición- y que en la praxis no es otra cosa que un sistema decodificador –una hermenéutica- del mensaje contenido en la Torah. Libros como el Zohar, el Bahir o el más antiguo Sepher Yetzira, son testimonio de la importancia que para el pueblo judío tienen los números y las letras como emanaciones propias de la misma divinidad.

Con el advenimiento de Cristo, parte del Pueblo de Dios interpretó que el ciclo de la Salvación había alcanzado su apoteosis; literalmente el Hombre se hizo Dios en la figura de Emmanuel, el Salvador. Su Vida, o mejor dicho, Su intervención directa en la historia modificó de cuajo la mirada del hombre sobre sí mismo y sobre el universo. De modo que una nueva y poderosa colección de documentos y testimonios vinieron a completar al Antiguo Testamento con una nueva Ley, reunida en los Evangelios, cuyo mensaje, al igual que el arcaico, permanece visible sólo para aquellos que tienen ojos para ver y oídos para oír.

Es sabido que todo libro sagrado puede leerse en diferentes niveles y que en todas las religiones existen misterios cuya interpretación excede el campo de la feligresía. Los intentos de los místicos judíos por encontrar mensajes ocultos en el Antiguo Testamento fueron apenas el antecedente del intrincado esoterismo que se desarrollaría alrededor de los textos canónicos (reconocidos por la Iglesia) y apócrifos (no reconocidos por ella) en torno al mensaje de Jesucristo y su misión Redentora. Quien crea que este esoterismo no forma parte de la médula de la religión comete un profundo error.

Se atribuye a Pitágoras haber dicho que una religión moría de dos maneras: Hacia arriba, cuando sus sabios se encerraban, convirtiéndola en sólo accesible a sus iniciados, o hacia abajo, cuando los feligreses perdían el contacto con los sabios, convirtiéndola en una mera contención de orden moral, plagada de supersticiones. Si la espiritualidad de Occidente aun está vigorosamente activa, es justamente porque el judeocristianismo ha logrado mantener activas las dos vías por las que una religión actúa. Una de ellas, como hemos visto, es necesariamente esotérica. A lo largo de los últimos cinco milenios, desde los propios orígenes de Abraham, nacido en la ciudad de Ur de los Caldeos, hasta nuestros días, han existido sociedades secretas que se transmitieron de manera ininterrumpida el conocimiento que permite descifrar las Escrituras.

Existieron en la Media Luna Fértil y en el Antiguo Egipto, que llegó a ser el gran centro de peregrinaje del mundo antiguo. Se expandieron bajo la civilización helénica y luego, durante el apogeo del Imperio Romano, por toda la cuenca del Mediterráneo.

Con el advenimiento del cristianismo tomaron diferentes formas. Permanecieron latentes durante los siglos en los que el saber esotérico pasó a ser patrimonio del mundo monástico. Gran parte del saber oculto se introdujo en las corporaciones de albañiles y en las órdenes de caballería con fuerte influencia benedictina. Durante el Renacimiento resurgieron de la mano de los grandes magos de la Academia Florentina, como Pico Della Mirándola, Cornelio Agripa y Marcillo Ficino para, finalmente, corporizarse en la figura legendaria de los primeros rosacruces y en la francmasonería.

Los masones dedicaron siglos de esfuerzo en la interpretación de los símbolos y se aseguraron de que éstos sobreviviesen a los tiempos, encerrando en ellos la Clave de los Antiguos Misterios. De modo tal que la francmasonería posee una suerte de idioma propio cuyo aprendizaje se deshilvana en etapas, círculos concéntricos que demandan inteligencia, meditación y paciencia. El masón practica una hermenéutica del lenguaje simbólico.

El Secreto Masónico

La idea de un conocimiento esotérico es tan antigua como el mundo clásico y las Escuelas de Misterios fueron el eje de todas las culturas. Esto explica desde las pirámides hasta las catedrales góticas, desde las piedras del Neolítico hasta el Obelisco de Washington DC.

Pero los masones agregaron a la simbología un conjunto de leyendas. Incorporaron a su iconografía la de las Órdenes de caballería más poderosas de la historia. De cada una tomaron su médula y reclasificaron el resumen del modelo humano. En la simbología se encuentra el genoma de la conciencia.

En un mundo signado por los avances tecnológicos, donde el denominado progreso invade los espacios más íntimos de la vida, y el tiempo se acelera al ritmo de las comunicaciones, resulta paradójica la existencia de una organización que aparenta desafiar los siglos y los cambios políticos y sociales. La francmasonería parece no depender de los avatares de la historia sino ser uno de los factores que la construye. Allí, en esa capacidad de construir modelos, arquetipos y paradigmas, está su secreto mejor guardado.

Durante siglos, los masones –y antes de ellos otras sociedades secretas del mismo tenor- han tenido la vocación de construir futuros posibles. ¿Cómo lo hacen? Capaces de comprender la naturaleza profunda del fenómeno humano, trabajan para generar las condiciones y cambiar el curso de los acontecimientos. Indagadores natos de los pliegues más ocultos de su propia consciencia, entienden el idioma de los signos, las piedras talladas, los relatos fantásticos, en los mitos universales y los libros sagrados. Captan en ellos un mensaje que permanece mudo para quien no lo comprende. Quien haya visto un ejemplar del Mutus Liber (El Libro Mudo) de Parecelso, entenderá de qué estoy hablando. Lo que parece una jerigonza es un texto claro; lo que se presenta como un laberinto es un mapa preciso. Y lo que para la mayoría es incertidumbre para el maestro masón es certeza.

El secreto masónico no está en los signos, ni en los toques, ni en las palabras sino en esa capacidad de hacer que las cosas se vuelvan comprensibles, resumidas en su símbolo más potente: La Luz.

Si te dicen que la masonería no tiene secretos teme que te estén engañando. No es posible comprender los acontecimientos del mundo moderno sin ella; del mismo modo que no puede comprenderse el mundo antiguo sin las Escuelas de Misterios, ni la Edad Media sin la leyenda del Grial y la Orden de la Caballería. La francmasonería emerge ante los ojos del historiador apenas se rasga la superficie de los hechos. Bajo el polvo acumulado por los siglos, subyace una historia paralela que atraviesa tiempos y naciones, hombres e instituciones, conformando una red tan heterogénea que evade –con éxito- cualquier intento de clasificación, salvo una: Su carácter de Sociedad Secreta.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Obama, Siria y el silencio de los masones

Creo que es un momento adecuado para hacer algunas reflexiones en torno a la francmasonería y situación de Medio Oriente. Un tema que siempre está en mi preocupación por mi propia formación personal y porque, al menos en los últimos dos siglos, la francmasonería intervino directamente en esa región del planeta. Comenzaré explicando mis razones personales. Para luego referirme al desgraciado desinterés que la Orden ha optado tener sobre el tema. O lo que es peor: que algunos grandes líderes masones hayan decidió abandonar los esfuerzos de paz. Y hay que decirlo fuerte, porque, como alguna vez me dijo un adversario en una tribuna pública, enfrentándonos por la supuesta incompatibilidad de masonería y catolicismo, no todo es “tomar té con masitas”.

Mi primer contacto directo con el mundo islámico fue en 1981. Por ese entonces yo regresaba de la Patagonia y había tomado la decisión de estudiar Historia de las Religiones. Me interesaban el latín, el hebreo y el arameo. En Buenos Aires había un solo profesor de arameo dispuesto a dar clases particulares, quien me recomendó tener primero una buena base de árabe. Fue así que me vinculé con el Centro de Estudios Islámicos que dirigía Mahmud Husein.

Las clases eran muy accesibles, pero incluían cultura árabe e irfam, es decir conocimiento de religión islámica. Eran los primeros años de la ocupación soviética en Afganistan y los centros islámicos y las tarikas eran frecuentados por mujaidines que intentaban ganar adeptos para la causa. Estos centros eran a su vez el centro de reunión de conversos que se distinguían del resto por sus nombres árabes y sus apellidos criollos. Se ofrecían viajes a Medio Oriente para mejorar el idioma y las publicaciones tenían un fuerte contenido político. Fue una época en la que numerosos argentinos viajaron a las madrasas árabes para volver convertidos en clérigos musulmanes. Tal el caso de Karim Paz, valedor de quienes están acusado de haber planeado la voladura de la AMIA.

Este contacto, sumado a que luego me vincularía familiarmente con drusos sirios, me permitió un temprano acercamiento a la problemática de Medio Oriente. Desde entonces este ha sido un tema de especial interés en mis investigaciones históricas.

Con el correr del tiempo, ya ingresado en la francmasonería en 1989 –año en el que culminó la ocupación rusa de Afganistán, comencé a recopilar información respecto a la presencia de la Orden en países islámicos, árabes y no árabes. Eso me llevó fatalmente a encontrar muchos de los datos que vuelco en este breve trabajo.

Descubrí que la Orden no sólo había actuado fuertemente en esos países sino que sus líderes se habían involucrado directamente –como masones- en las negociaciones que llevaron a los acuerdos de Camp David y de Oslo: Sadat, Beguin, Palme, Rabín y el rey Husein de Jordania, todos masones, recibieron el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos en Medio Oriente. Tres de ellos murieron a causa de estos acuerdos. El H. Obama lo recibió “por adelantado” y ahora está a punto de cometer uno de los errores más graves de su desgraciada gestión.

El rey Husein, Gran Maestre de la Gran Logia de Jordania

El mundo asiste una vez más a una grave crisis militar y política en Medio Oriente. En realidad debiéramos ampliar el enunciado y decir que, nuevamente, Occidente se encuentra a las puertas de intervenir militarmente en Medio Oriente. Aún así, el planteo no sería completo. Si entendemos por Occidente a la civilización que se desarrolló en el espacio europeo, cuyas instituciones se remontan al Sacro Imperio Romano Germánico, y si consideramos a Medio Oriente como el núcleo racial y religioso del Islam, entonces podríamos afirmar con más rigor que, una vez más, se está a punto de abrir un frente militar –uno más de los que ya están abiertos- entre el la Civilización Occidental y el Islam.

Barak Obama, atrapado en sus propias cavilaciones, oscilante entre sus promesas de pacifismo y su necesidad de conservar para su liderazgo un mínimo respeto, está a punto de protagonizar un nuevo capítulo de la larga guerra que ya lleva catorce siglos.

Las fuerzas progresistas –que no abren la boca respecto de la repentina vocación belicista del socialista Hollande- vuelven a sentirse azoradas por la eventual intervención militar americana como represalia al uso de gas sarín contra la población civil por parte de Bashar Al Asad, como si los 100.000 muertos por balas, bombas o decapitaciones en masa hubiesen sido hasta ahora resultado de una fiesta.

Tampoco la han abierto con la masacre de coptos en Egipto y Etiopía. Ni la persecución de cristianos en Irán, Irak y el Africa Subsahariana.

Son los mismos que creyeron que la “Primavera Árabe” era una suerte de Power Flower, o el Mayo Francés en versión musulmana; que se apresuraron a celebrar la caída de Osni Mubarak; que asistieron al linchamiento de Kadhafi como si se tratara de un reality show; que nunca comprendieron el gesto de dignidad de Sadam Husein camino al cadalso. Son los que acusan a Israel de teocracia genocida y hablan del “Pueblo Palestino” como si todos los palestinos fuesen iguales. 

Todos los dirigente de Al Fatah con los que pude hablar, incluidos diplomáticos con sede en Buenos Aires, afirmaban –con razón- que la paz sería posible en tanto se negociara con ellos (Al Fatah es un movimiento laico) y no con Hamas, de raíz integrista. De hecho, los acuerdos de paz, que debieran haber terminado con la creación de un Estado Palestino que sigue pendiente, fueron posibles gracias a los esfuerzos de Yaser Arafat, Premio Nobel de la Paz y líder de Al Fatah, que como se probó finalmente, también murió asesinado.  

Estas fuerzas progresistas, decía, siguen sin entender de qué se trata. Nunca se enteraron de que a lo largo de los últimos mil cuatrocientos años, ni un solo día hubo paz en esta extensa frontera que nos separa del Islam, y que las Cruzadas –las hubo también desde el Islam con las invasiones a Europa de los Sultanes Otomanos, autoproclamados “Protectores del Islam”- y las grandes batallas como Covadonga, Poitiers, Malta, Djerba, Lepanto, etc., no han sido más que picos de tensión, como un extrasístole en una larga cinta de electrocardiograma.

Occidente ha hecho ya su autocrítica respecto de las Cruzadas, incluida la Iglesia en un extenso documento de Juan Pablo II con motivo del Jubileo del Año 2000. En cambio ninguna autocrítica he leído de los turcos, que fueron parados por dos veces a las puertas de Europa y puestos en fuga merced al genio militar de Sobieski y al famoso Vlad Tepes –figura que dio origen al “Conde Drácula” que los empalaba.

No es fácil comprender al Islam. Houston Smith –una leyenda viva de 94 años y uno de los estudiosos en religiones más prestigiosos del mundo- se ha cansado de repetir que pese a su proximidad geográfica, el Islam sigue siendo la civilización menos comprendida por los occidentales.

Si existe una institución de carácter mundial que puede comprender al Islam, sin dudas que es la Masonería. Y de hecho, los únicos avances en materia de Paz en Medio Oriente, desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, fueron liderados por masones. Es por ello que el fracaso de la política exterior de Barak Obana –único Premio Novel “a cuenta” de la historia- es doblemente dramática, porque resulta inexplicable que no haya logrado un solo avance en los procesos de paz llevados a cabo en Medio Oriente y que, por el contrario, haya perdido toda iniciativa en la región, comenzando por su aliado árabe más importante: Egipto.

Antes de que la Revolución Iraní liderada por el ayatola Rudollha Jomeini pusiera fin al gobierno del R.·.H.·. Reza Pahlevi y pasara a degüello a gran parte de la Gran Logia de Irán, la masonería no sólo estaba extendida en los países que forman el núcleo racial árabe del Islam (Egipto, Siria, Líbano, Jordania con presencia de Grandes Logias) sino también en países no árabes islamizados, como Turquía y Persia.

Medalla de la desaparecida Gran Logia de Irán

En la década de 1970, muchos de los grandes líderes del tablero del Cercano Oriente eran masones: Anwar el Sadat, Mohammed Reza Pahlevi Hussein bin Talal rey de Jordania, Menahem Begin por nombrar algunos. Estas filiaciones eran el resultado de una profunda penetración de la Orden desde el siglo XIX: Medio Oriente, Africa del Norte y la India no sólo tuvieron una fuerte influencia de la masonería sino que sus hombres dejaron allí –y trajeron a Occidente- una huella indeleble. Permítanme citar algunos monstruos de la literatura: Thomas E. Lawrence (1888-1935); Rudyar Kipplig (1865-1936); Arthur Conan Doyle (1859-1930), Gerard de Nerval (1808-1855) entre otros. De todos ellos hay registro de actividad masónica desde el Sudán hasta Bombay.

Hacia 1940, en Egipto, las Logias colocaban un retrato de Faruk sobre el baldaquino del Venerable Maestro. Teherán, aun hoy, está plagada de edificios que fueron construidos con un fuerte simbolismo masónico, incluido el que ocupa el Parlamento de la República Islámica. El Sha era el Gran Maestre de los masones de Persia. En algunos países, como Líbano, coexistieron al mismo tiempo varias potencias masónicas, predominando la GLTSO francesa. En Jordania, el rey Husein, a la sazón Gran Maestre de la Gran Logia de Jordania, fue quien convocó a la Tenida celebrada en Haman en la que se pusieron de acuerdo Anwar Sadat y Begin. Los detalles de esta Tenida ya los he contado en más de una ocasión y varios masones argentinos tuvimos oportunidad de conocerlos a través de uno de los asistentes a ese hecho histórico.

Tenida masónica en El Cairo, 1940. Sobre el baldaquino
la imagen del rey Faruk

Todos estos antecedentes y muchos otros que harían de este trabajo una lista tediosa, deben llevarnos a la reflexión respecto de la actual situación en Medio Oriente.

A lo largo de las últimas décadas, desde su nacimiento, la Gran Logia de Israel ha dado muestras de estar a la altura de los esfuerzos por la paz. Sus logias, en las que conviven judíos, árabes musulmanes y cristianos, son un ejemplo de paz y de progreso en favor de la concordia de la que habla el papa Francisco. Contrario sensu, la caída de los “dictadores” que tanto celebran las fuerzas progresistas, ha provocado la creciente prohibición de la actividad masónica en los países islámicos, su persecución y en algunos casos la muerte de masones. La propia Gran Logia de Turquía sufrió intentos de voladura en años recientes y los líderes de Hamas, Al Qaeda y Hezbolah lanzan permanentes anatemas contra los masones.

Aún así, los masones, para quienes la “Guerra es un Crimen Horrendo”, no debieran cesar en sus esfuerzos por la paz. No es un dato menor que los parlamentarios ingleses –que conocen mejor que nadie a los árabes del cordón sirio-palestino- hayan calmado las calenturas de su Primer Ministro. Para los masones ingleses, Jerusalén en particular y Medio Oriente en general siempre han tenido una dimensión diferente.

Desde fines del siglo XIX, las denominadas Ordenes Aliadas, cuyo grado emblemático es el de Caballero Templario, tuvieron fuerte presencia. Asi lo atestiguan los monumentos que pueden encontrarse caminando por la ciudad vieja. Cuenta John Robinson en su tremendo ensayo “Mazmorra, Hoguera y Espada que cuando en 1917 el general Edmund Allemby (masón y connotado cuadro de las Ordenes Aliadas) entró al frente de una columna británica en Jerusalén, donde ningún ejército cristiano había puesto pie desde 1224, los barrister del Temple (abogados que tienen sus bufetes en los alrededores de la Iglesia del Temple en Londres) lo celebraron de una forma especial: Fueron en procesión a la iglesia circular de los templarios y colocaron una corona de laurel sobre las efigies de los caballeros para trasmitir un mensaje sin palabras… no estáis olvidados.

Inglaterra ha comprendido que Jerusalén es el nudo de un conflicto en el que sólo se puede actuar para resolver la cuestión palestino-israelí. De igual modo lo ha entendido la Iglesia de Roma y, hasta ahora, creía yo que toda la masonería: Luchar por la Paz

Por eso me resulta intragable que dos HH.·. que hoy lideran dos de las potencias más grandes del mundo, estén alistando sus misiles contra la bella Siria, como si la sangre de sus HH.·. Sadat, Palme y Rabín no hubiese valido nada. Como si mil cuatrocientos años de guerras no nos hubiesen enseñado quién es el enemigo.

No escucho el clamor de los Hermanos por la paz. Y eso es una mala noticia para el mundo.