Estimado Lector de Temas de Masonería

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viernes, 30 de noviembre de 2012

¿ES LA TOLERANCIA UNA VIRTUD?


La Tolerancia es un tema recurrente en la francmasonería. Pero, ¿Qué entendemos por tolerancia? ¿Cual es su alcance? Jean François Var, una de las plumas más agudas de nuestra Orden, explica su visión del tema en un ensayo reflexivo y agudo. Estoy seguro de que será de interés para los lectores de "Temas de Masonería". Es un gusto poder publicar su traducción al español, con el recuerdo vivo de nuestro reciente encuentro en Catalunya, donde aún me encuentro. 

¿ES LA TOLERANCIA UNA VIRTUD?

Artículo publicado en el blog
por Jean-François Var, el 30 de Octubre de 2012

Traducción:
Ramón Martí Blanco

 La Caridad

Por bien que no desagrade a la vulgata masónica, si la tolerancia es una virtud, voy a tratar de mostrar que ésta virtud es pasiva y obligada, que no es perenne, y que por consecuencia que no es una virtud. Lo haré apoyándome en realidades concretas y no por medio de raciocinios desplegados o apoyados en el vacío.

Sin que me entorpezca (pero sin embargo sin privarme del placer de citarla) la famosa ocurrencia de Claudel: ¡ah! la tolerancia, ¡ya hay masones para esto! (por otra parte, hay hoy todavía más), diré que el lenguaje coloquial ya de por sí nos ofrece indicaciones útiles. Tolerar no significa en absoluto aceptar, acoger, o apreciar; significa soportar en mayor o menor grado, más o menos por obligación. Trasladémonos a la fisiología y tomemos por caso un órgano del cuerpo humano, el estómago por ejemplo. Se puede decir que el estómago ha tolerado bien (o mal) tal o cual alimento, medicamento, tal acto médico, como pueda ser la introducción de una sonda. El aspecto pasivo o más o menos obligado es aquí patente. Y esta tolerancia es además limitada en su duración y en sus proporciones. El modo de existencia de un órgano –sea cual sea- es preservar intacta su identidad, impedir que sea alterada, que de un modo u otro devenga otra, lo que corre el riesgo de ocurrir si se produce la intromisión de un elemento o cuerpo extraño. En este caso se desencadenan mecanismos de defensa, como es el caso del proceso de inmunidad. Y la tolerancia llega necesariamente a su fin de dos maneras posibles, y únicamente dos: o la asimilación (por digestión, etc.) o la expulsión por rechazo. De este modo, si se quiere que un cuerpo extraño permanezca en el medio por medio de un injerto o trasplante (de un órgano o de un material, como pueda ser un corazón artificial, etc.) es preciso aniquilar estas defensas naturales para instaurar una tolerancia forzada (de ahí el riesgo real de fracaso). Lo que vale para todos los órganos vale también para este conjunto de órganos, siendo él mismo un gran órgano, que es el cuerpo humano. Si por desgracia éste cuerpo extraño no puede ser quitado o expulsado (por ejemplo la metralla, o cualquier otro objeto intruso), entonces el tejido empieza a disgregarse a su alrededor, produciéndose la gangrena. Y si no se interviene para amputarla, para separar del cuerpo el miembro que se le ha convertido en extraño, indeseable y peligroso, entonces es el cuerpo entero el que se desorganiza, que cae hecho trizas. Esto fue lo que le sucedió al desafortunado rey Luis XVIII poco antes de su muerte…

Podemos ver fácilmente como todo cuanto acaba de ser dicho es trasladable palabra por palabra a este órgano particular que es la sociedad humana. Toda sociedad humana, sea cual sea ésta, funciona en caso de intromisión de elementos extraños de acuerdo al proceso de tolerancia-asimilación o tolerancia-rechazo, por la buena y simple razón que es un proceso natural y que la sociedad humana es ciertamente un cuerpo social pero también un cuerpo natural, gobernado por las leyes de la naturaleza. Y al igual que existe en la naturaleza fisiológica un umbral de tolerancia a partir del cual se desatan los mecanismos de defensa, existe del mismo modo en la naturaleza sociológica, como lo ha demostrado Alfred Sauvy, que ha evaluado alrededor de un 10% de la población de un grupo social determinado que se comporta como un organismo; más allá de este umbral de asimilación se hace imposible y entonces se desencadena casi inevitablemente el mecanismo de rechazo.

Quizá se me pueda decir que esta concepción organicista es salida de los escritores contra revolucionarios, en particular de Bonald. Puede que si. Pero por bien que esté fundamentada en una constatación empírica de las realidades, tiene todas las probabilidades de ser mucho más adecuada que la racionalidad pura, que se comporta a menudo como el mito del lecho de Procusto.

En efecto, todas las sociedades en todas las civilizaciones y en todos los tiempos han poseído siempre constituciones orgánicas. El individuo, el hombre aislado, es inconcebible, ya que no existe. Lo que existe, es el hombre en condición, existente y explicable por la multitud de pertenencias que son las suyas y lo vinculan, lo religan (la religión es una de estas pertenencias) a órganos u organismos anclados en la vida real, la cual no puede desarrollarse independientemente de ellos, y que en absoluto son concebidos y puestos en práctica en la abstracción teórica, como la mayor parte de aquellos que segrega en nuestros días la inventiva administrativa. En la antigua Francia, el hombre no existía con independencia de toda una serie de redes que lo ligaban a órganos vivientes como son la familia, no la familia mononuclear de nuestra época, sino la familia entendida a lo largo del tiempo (el linaje) y en el espacio (el parentesco); su oficio, organizado a su vez en cuerpos o corporaciones; su parroquia, dependiente de este gran cuerpo, el primero del Estado, que es la Iglesia, subdividida ésta por su parte en multitud de cuerpos subalternos; su comunidad, compuesta a su vez en diversos cuerpos u organismos; el Estado finalmente, es decir el rey y el reino, con a la vez también todos los cuerpos que concurrían a la administración. Y ésta multiplicidad, ésta prodigalidad orgánica, establecía entre todos sus componentes estrechos lazos de solidaridad que no distendían los conflictos que inevitablemente se producían, pero sin jamás cuestionar esta fisiología de la sociedad. Nada era más extraño a esa sociedad que la “lucha de clases”.

Añadamos, lo cual no es anodino, que todos estos cuerpos poseían sus usos y costumbres, leyes escritas y no escritas que le eran propias (como era el caso de los “privilegios”, privae leges, leyes particulares), que ninguna potencia puede abrogar sin el consentimiento de aquellos que rigen estos privilegios (lo cual nunca se ha dado). Tal fue el caso, aunque el ejemplo no es el único, del ducado de Bretaña cuando su reunión a la corona de Francia por Francisco Iº. Todo esto aportaba serias limitaciones al poder pretendidamente absoluto del rey, por mucho que fuera Luis XIV, poder que en realidad era notablemente menor que el de un presidente de la Vª República.

¿Había pues –en este contexto- necesidad de tolerancia? En esta configuración, no había lugar para ella.

Se me puede objetar la cuestión religiosa. Es preciso contemplar el asunto de cerca, ya que da lugar a multitud de ideas falsas, a muchos contrasentidos que desgraciadamente han florecido, en particular, en la enseñanza pública; y en cuanto a la prensa, no hace falta ni hablar…

La noción de tolerancia en materia de religión era totalmente desconocida, no solamente en la antigua Francia, sino también en todos los países de Europa y América de la época moderna. Era desconocida porque simplemente era inconcebible. En efecto, la religión era por así decirlo la base y columna de la sociedad, en Francia como en otras partes, el principio orgánico de unicidad hacía necesaria la existencia de una fe única. Es por lo que aquellos que se sustraían a ésta fe única eran considerados y castigados como enemigos de la sociedad. Este fue el caso de los cristianos en el Imperio romano antes de Constantino, al igual que los cátaros o albigenses en la Francia meridional en los siglos XII y XIII, como así mismo en el siglo XVI en el caso de los protestantes en países católicos y los católicos en países protestantes.

Tal era la regla. Las realidades obligaron a aportarle modificaciones. De este modo en Alemania, el emperador Carlos Vº, consciente de la imposibilidad en que se encontraba de reducir el protestantismo tras quince años de conflicto, se resignó, mucho más realista de lo que se ha dicho y en todo caso mucho más que su hijo y sucesor Felipe II, a concluir en 1555 la paz de Augsburgo. ¿Fue ésta una paz de tolerancia, una paz de libertad religiosa? De ninguna manera, nadie la quería. En todo caso procuró una yuxtaposición de intolerancias. En virtud del principio cujus regio ejus religió, todos los sujetos de un príncipe soberano, sin excepción, estaban obligados a abrazar la religión de dicho príncipe.

Lo que era aplicable a Alemania, conglomerado de distintas centenas de principados, no lo era en modo alguno en Francia, país unitario. De donde las guerras de religión, que duraron treinta y seis años, y arruinaron el país por completo. ¿Quid entonces del edicto de Nantes, firmado el 13 de abril de 1598 y promulgado a continuación, no sin encontrar numerosas resistencias? ¿Fue este un caso de tolerancia, como se ha dicho con demasiada ligereza? En ningún caso. Fue un edicto de pacificación entre beligerantes, que uno no había podido aplastar al otro, edicto que exigía el olvido por una y otra parte para apaciguar el reino, e impuesto por un rey que fue quizás el más pragmático de todos los soberanos franceses. Edicto que suscitó la cólera de los excitados de ambos campos, apelando muchos de ellos al asesinato del rey (habiéndose convertido el regicidio en lícito entre los teólogos extremistas de ambos bandos); y según investigaciones recientes, no sería del todo excluible que la muerte en 1610 estuviera en relación con ese hervidero de odios religiosos.

Fuera como fuere, la tolerancia no tenía parte alguna en el edicto de Nantes. Llegó en todo caso a organizar, si se quiere, la “coexistencia de dos intolerancias”, y esto en el seno de un solo y único reino, a diferencia de Alemania. Coexistencia por otra parte desigual, ya que los protestantes (por tanto, antiguos correligionarios de Enrique IV) no tenían derecho a su estado civil, no siendo admisibles a los principales empleos (hubo excepciones brillantes, como la de Sully) y si el culto les era autorizado, lo era en localidades o castillos limitadamente enumerados y con exclusión de París y los sitios de residencia de la corte.

En el espíritu de los tiempos que acaban de ser descritos, era una situación híbrida y provisional que solo acabaría con la conversión final de todos los protestantes. Francia era el único país de Europa, a excepción del caso particular de Alemania, que admitía el dualismo religioso, y esta situación era percibida por todos como una anomalía antinatural. Es por lo que cuando en 1685, Luis XIV, abrogó el edicto de su abuelo, lo fue con el aplauso general de todas las clases de la sociedad –a excepción evidentemente de los interesados. Lo que a nuestros ojos aparece hoy como un gran error político del reino, era al contrario saludado como una vuelta a la regla y a la norma: punto de disparidad en un cuerpo social donde lo religioso y lo político eran indisociables aunque distintos, punto de cuerpo extraño.

Cuesta mesurar hoy la distancia abisal que separa ésta concepción a que nos hemos referido, de la concepción multisecular de la sociedad, que prevaleció y prevalece todavía desde la revolución de 1789. No hay más que leer el título de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. He aquí el individuo, el hombre liberado de todos sus condicionamientos: el hombre en sí, el hombre sin cualidades, un ser de razón, un ser irreal. Ese viejo reaccionario que fue Taine se burlaba diciendo, que este hombre de la Declaración era como nacido huérfano y muerto solterón… “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Petición de principio. Las dos cualidades son antinómicas, como lo señaló Soljetinsin, y el juego de contrariedades incluso de antagonismo entre libertad e igualdad ha gritado y continua gritando toda la historia política y social de Francia.

Luego, en definitiva ¿la tolerancia ha sido proclamada? En absoluto. Se afirman derechos positivos, como la libertad de opinión y la libertad de expresión, pero en los límites prescritos por la ley, expresión de la voluntad popular. ¿Qué necesidad hay de la tolerancia, si no queda lugar para ejercerla? Y en efecto, ella no se ejercerá, puesto que los sacerdotes y obispos dichos refractarios o no juramentados, aquellos que rechazaron prestar juramento a la constitución civil del clero de 12 de julio de 1790, fueron acorralados, perseguidos, encarcelados, deportados o muertos… Su rechazo a jurar representaba un atentado a la unidad de la sociedad; como era el caso para los primeros cristianos en el imperio romano. Y si, la Francia revolucionaria obedecía, en despecho de lo proclamado en su declaración de principios, a las reglas naturales de defensa de un organismo agredido y que se defiende por la intolerancia. A continuación vinieron todos los elementos reputados como extraños al organismo revolucionario: el rey, la reina, los aristócratas, los agitadores, los contrarrevolucionarios, y todos los “enemigos del pueblo”, hasta e incluyendo al mismo Robespierre. En resumen, la revolución francesa llevó, en nombre del pueblo, la intolerancia a su colmo, y su ejemplo fue poco más de un siglo más tarde imitado y amplificado.

En suma, la tolerancia no estuvo jamás boga bajo ningún régimen; y ¿por qué? Porque no es natural. Es en todo caso un mal menor, a la espera de algo mejor… o peor.

Ahora bien, hay algo mejor a ofrecer, y son las enseñanzas de Cristo que ofrecen, ese mejor (he de llevar el agua a mi molino!) es el amor fraternal. Quedando bien entendido que el amor fraternal no debe limitarse a la familia, a la hermandad; tampoco a esa familia extendida que es la fraternidad masónica, si no que debe englobar a todos los hombres, que son todos hermanos porque son todos hijos del mismo Dios, incluso si estos no lo saben e incluso si no creen en Él. Y como entre los hermanos se cuenta también con hermanos enemigos, Cristo añade a esto el amor a los enemigos.

El amor a los enemigos, por ejemplo el amor a los islamistas… ¡diablo! (y yo no pronuncio este nombre a la ligera)… aunque sea terriblemente difícil, casi imposible. Es justamente por esto que es una virtud; ya que una virtud fácil, sería una engañifa. Es la más heroica y más perfecta de las virtudes, ya que es ella la que puede, en la práctica edificar un hombre perfecto. Y ¿qué es un hombre perfecto? Es un hombre deificado, conforme a los designios eternos de Dios. Un hombre convertido en partícipe de la naturaleza divina, como dice el apóstol Pedro en su primera epístola, un hombre devenido por la gracia a lo que Dios es por naturaleza. El amor a los enemigos es un instrumento más eficaz entre todos los de la deificación. Es un instrumento temible ya que más que ningún otro mortifica el ego. El amor a los enemigos es un amor divino, el que ha manifestado Cristo clavado en la cruz; es este amor que deifica ya que te hace semejante a Cristo como lo fue Esteban cuando su lapidación.

El apóstol Pablo, pedagogo más que ningún otro, dice en substancia esto (yo lo traslado): el Señor os ha dado este mandamiento, al que hay que conformarse, pero que queda casi fuera de vuestro alcance. Pero yo os aconsejo ir a él progresivamente; para empezar, soportaos unos a otros… ¡he ahí la tolerancia!

Pero él añade una palabra, una simple palabra que lo cambia todo: “en el amor”, en latín in charitate, en griego en agapé (Efésios 4, 2). La tolerancia, para convertirse en una virtud, debe cambiar de naturaleza, ella debe ser colmada, y por así decirlo, transfigurada por el amor.

El amor, o la caridad (es la misma palabra) es el motor universal. Es un brasero ardiente. Pero, como todo hogar, tiene necesidad de ser alimentado. Y ¿por qué? Por la fe y la esperanza. Encontramos aquí la trilogía paulina de las virtudes dichas teologales porque vienen de Dios y llevan a Dios.

Dejemos pues de invocar esta miserable tolerancia, ¡loemos y proclamemos el amor fraternal!

…No obstante, espero que hayan tolerado mi charla!...



30 de octubre de 2012

martes, 27 de noviembre de 2012

La Masonería Cristiana se consolida en América Latina


Oriente de Barcelona, 27 de noviembre de 2012

Una vez más me encuentro en esta ciudad a orillas del Mar Mediterráneo, con sus murallas romanas y sus iglesias románicas y góticas. Una vez más hemos visto santuarios milenarios que nos recuerdan el origen de aquellos que tallaron sus piedras. Una vez más he sentido y admirado la herencia de los masones cristianos que construyeron Europa y nuestra civilización.

Una vez al año el Gran Priorato de Hispania celebra su fiesta de San Andrés. Es una celebración especial, que reúne a los masones rectificados alineados con la regularidad emanada del Gran Priorato de las Galias, depositario y heredero del Régimen Escocés Rectificado.

Este año ha tenido una especial connotación para América Latina. Los actos centrales de la San Andrés 2012 se han dedicado a consolidar la presencia de la Orden Rectificada en el continente americano, donde ya estaban establecidas las Logias Santo Grial Nº 116 en México (GPDG) y Cruz del Sur Nº 7 (GPDH) en Buenos Aires. Esta última ha sido elevada a la condición de Justa y Perfecta Logia de San Andrés como consecuencia de la elevación a Maestros Escoceses de nuevos Hermanos y el desembarco de la Orden Interior, que preanuncia en el corto plazo el emplazamiento de un establecimiento de su Clase.

Sin embargo, el hecho más significativo ha sido la Consagración de dos nuevas Logias, al Oriente de Cochabamba (Bolivia). Se trata de las Respetables Logias Génesis Nº 3 y Caballeros de la Luz Nº 4, cuya instalación se llevará a cabo en fecha próxima en Buenos Aires. Este es un avance muy importante en la expansión del Rito Escocés Rectificado en tierras americanas. Importante en varios aspectos.

Sello de la Respetable Logia Génesis Nº 3

El primero de ellos, sin dudas, es que en pocos años, la Masonería Cristiana, deliberadamente ignorada al otro lado del Atlántico, viene a constituir una alternativa para aquellos que creen que no sólo no existe incompatibilidad en ser masón y cristiano sino también para aquellos que ven con estupor la hostilidad de algunas Obediencias Masónicas en las que cualquier condición es válida para ingresar, salvo, la de profesar una Fe cristiana, cualquiera sea.


Sello de la Respetable Logia Caballeros de la Luz Nº 4

El segundo es que, por tratarse de una masonería anclada en una Tradición que no ha sido perjurada, conserva la riqueza original de un Rito establecido en el siglo XVIII, en los conventos de la Galias (1778) y el de Wilhelmsbad (1782). Sin haber cedido nunca ante las condiciones cambiantes de la política o de las corrientes novedosas, el R.E.R. se erige como un monumento vivo y dinámico cuya práctica esclarece la simbología que ha servido de base para muchos de los sistemas denominados “escoceses”.

Por último, el crecimiento de la Orden Rectificada, con sus tricornios y espadas, con su herencia caballeresca y su singular ordenamiento, da por tierra con el discurso único y excluyente de aquellos que, creyéndose únicos intérpretes de la “Iniciación”, han intentado sustraerse al hecho inevitable de nuestra presencia.

Cabe, por último, destacar la participación en la San Andrés 2012 de delegaciones del Gran Priorato de las Galias, encabezada por el M.•.R.•.H.•. Jean François Var, figura consular del Rectificado, de la Gran Loggia Italiana (Ordine di Antica Osservanza), encabezada por los RR.•.HH.•. Domenico Chindamo y Guido Baldinelli, 2º Gran Vigilante y Gran Tesorero respectivamente, entre otros.

En síntesis, hemos vivido una semana de mucho trabajo y emociones que sólo puede augurarnos más trabajo y más responsabilidad.