Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

martes, 31 de enero de 2012

El perfil del verdadero masón

Los hombres que llevaron adelante la fundación del Régimen Escocés Rectificado, tenían una idea clara de qué virtudes se esperaban de un buen masón. Herederos de una tradición masónica de siglos, estos Padres Fundadores sabían que un hombre que dedica su vida a la construcción de un Templo interior en su corazón, debía tener las virtudes de aquellos hombres que construían templos reales en la Edad Media, las colosales catedrales. Aquellas virtudes definidas claramente por Teófilo y otros benedictinos en sus "manuales de construcción", aparecen en este fragmento de un discurso del duque de Brunswick con impactante sencillez. 

Si nos preguntan ¿Qué esperamos de un verdadero masón? he aquí la respuesta más contundente. Escrito hace más de dos siglos, mantiene vigencia.

 Ferdinand Duke von Brunswick-Lüneburg-Wolfenbüttel

Discurso tenido por el Gran Superior de la Orden Interior y Gran Maestro de todas las Logias,
31 de Julio de 1782

Para trazaros el perfil del verdadero Masón, es preciso que esté provisto de las cualidades siguientes:


De una verdadera creencia en Dios sin hipocresía. De un amor verdadero & puro por su Divino Redentor, única fuente de todo bien. De una rectitud de corazón perfecta. De un verdadero amor activo hacia el prójimo. Del verdadero conocimiento de cómo la verdadera formación del corazón debe hacerse, & cómo se puede llegar a buscarla, & a examinarla junto a los demás. De una beneficencia en su sentido más amplio. De una verdadera & depurada caridad hacia todo el mundo, sea amigo o enemigo. De una amenidad en el comercio de la vida. De un verdadero amor al prójimo. De un humor social. De una ausencia total de envidia. De una ausencia total de celos. De evitar toda sospecha. De cumplir exacta & religiosamente todos los compromisos tomados como Masón, así como aquellos otros contraídos en su estado civil. De ser desinteresado. De renunciar a todo amor propio exagerado & indignado. De renunciar al orgullo, fuente única & principal de todo el mal que hay en el mundo. De no ser rencoroso. De trabajar sobre todo en el verdadero conocimiento de uno mismo, & de no ser indulgente con esta tarea. De trabajar día tras día en mejorar su corazón, & hacerlo más sensible si aún no lo és. Y de persistir en el cumplimiento de todas estas virtudes hasta el final de su carrera.


Aquel que cumpla, mis queridos Hermanos, estas reglas escrupulosamente es un verdadero Masón, & a la cabeza de esta especie de Masones yo estaré con gusto & con satisfacción. Renuncio solemnemente a todo lo que es contrario a estas virtudes. Si todas estas virtudes son ejecutadas exactamente por cada uno en tanto le sea posible, necesariamente resultará de todo ello, como mayor & única ventaja que los Miembros de esta respetable Sociedad se perfeccionarán, & se ocuparán preferentemente a cualquier otra, de cosas dignas del Gran Arquitecto del Universo, & a lo que pueda tender al verdadero bien estar de la humanidad, teniendo como consecuencia que la miseria & las necesidades de los desdichados serán socorridas, & los injustamente oprimidos serán asistidos encontrando un verdadero asilo junto a nosotros.

Ferninandus a Victoria, In Ordine

jueves, 26 de enero de 2012

El poder del símbolo

Breve apunte sobre Símbolo y Masonería


Foto gentileza de JTI. Escena en la catedral La Sagrada Familia

Si recurrimos a un diccionario nos encontraremos con que un símbolo es una figura u objeto que tiene un significado convencional. Pero esta definición nos resulta incompleta. “El hombre –dice Carl G. Jung- emplea la palabra hablada o escrita para expresar el significado de lo que desea transmitir... su lenguaje está lleno de símbolos, pero también emplea con frecuencia signos o imágenes que no son estrictamente descriptivos...” Logotipos, emblemas, marcas de fábrica, las iniciales de algunas organizaciones, adquieren un significado reconocible según al uso común. Sin embargo, Jung afirma que tales cosas no son símbolos. Son signos y no hacen más que denotar los objetos a los que están vinculados.

Una imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato y obvio.[1] El proceso por el que un símbolo adquiere carácter universal está inmerso en el desarrollo del alma humana y recién comienza a revalorizarse a partir del siglo XX, especialmente con el descubrimiento del poder de los mitos y la teoría de los arquetipos del ya citado Jung. De tal modo, el símbolo se convierte en una suerte de conexión entre el hombre y el principio que aquel representa y del cual emana.

Esta instrucción gradual del francmasón, a la que hemos hecho referencia, conforma un método de acceso a este lenguaje mediante la iniciación y el posterior trabajo en Logia. El símbolo, al igual que el proceso inicático, carece de coordenadas de espacio y tiempo; puede ubicarse en cualquier época y en cualquier cultura; actúa de manera independiente de cualquier forma de religiosidad e impacta en la conciencia con la fuerza de la experiencia vital. La potencia del lenguaje simbólico que emplean los masones reside justamente en la capacidad que posee el “drama iniciático”, que transcurre en un espacio virtual, para trasmitir al neófito en el sentido más profundo del símbolo y hacerlo partícipe de esa conexión.

En su tratado sobre La interpretación de los símbolos, Luis Galarza expresa que “...el poder de persuasión y de convicción del símbolo estriba en que a través de la imagen se vivencia un sentido, se despierta una experiencia antropológica vital, en la que se ve implicado el intérprete. En el momento de la interpretación, el sujeto debe aportar su propio imaginario que actúa como medio en el cual se despliega el sentido, y debe atender a las resonancias, a los ecos que en él se despiertan, acontecen...”[2]

Visto desde esta perspectiva, podríamos decir que en masonería, el éxito del iniciado no dependerá de otra cosa que de su capacidad para penetrar la naturaleza de esos símbolos y aprehender aquel nuevo lenguaje (el simbólico) con el cual reinterpretará el mundo; pero, lo que es aún más importante, se reinterpretará a sí mismo, convirtiéndose en artífice de su propio templo espiritual y de la sociedad que integra.

Estas breves definiciones permiten aproximarnos a comprender porqué símbolo y masonería resultan inseparables. No sabemos a ciencia cierta en qué momento cobraron sentido los símbolos que integran el lenguaje masónico, pero es fácil encontrarlos en la visión alegórica de los Padres de la Iglesia y, particularmente, en los escritos de los grandes exegetas benedictinos.

Esta simbología está integrada a la arquitectura y al arte, pero también se percibe en estructuras sociales y políticas en donde cobra dimensión sociológica. Sería un error circunscribir la acción del símbolo a un ámbito puramente esotérico, pues la historia de la francmasonería demuestra con claridad que el símbolo puede convertirse en factor inspirador de cambios sociales, inducir un nuevo orden moral, establecer normas de conducta y adquirir una dimensión ética en la vida republicana, en la lucha por los derechos humanos y en la construcción de una nueva sociedad regenerada. En síntesis: emergiendo del misterio mismo y de la experiencia iniciática, el simbolismo masónico alcanza su destino final en la construcción del progreso.

Los símbolos no exigen creencias particulares. Son el resultado del progreso de la conciencia desde las oscuridades prehistóricas de nuestra especie. Los símbolos, como ningún otro lenguaje, colocan al hombre frente a su propia sombra indicándole, a su vez, el camino de la luz.

En esta capacidad se basa el concepto de fraternidad universal, común a todas las corrientes masónicas, puesto que apunta a descubrir la naturaleza esencial de la humanidad toda más allá de cualquier sectarismo. No en vano los regímenes totalitarios han desarrollado su propia simbología explotando el lado oscuro de la naturaleza humana. Ni tampoco por casualidad encontramos símbolos masónicos en los documentos fundacionales de las democracias modernas.


[1] Jung, C.G.; “El hombre y sus símbolos” (Barcelona, Luis Caralt Editor, 1976) También “Arquetipos e inconsciente colectivo”, (Barcelona, Piados 1991).
[2] Galarza, Luis;”La Interpretación de los símbolos, Hermenéutica y lenguaje en la filosofía actual” (Barcelona, Antrophos, 1990).

miércoles, 18 de enero de 2012

El Rito Escocés Rectificado en la América Hispana

SIC TRANSIT GLORIA MUNDI

Pocos hubieran imaginado, hace apenas cinco o seis años, que una masonería de corte netamente cristiano pudiera hacer pié en América Latina. A contrapelo de lo que parecía ser la tendencia inevitable -un giro abierto y vigoroso hacia el agnosticismo en algunos casos, y la defenestración lisa y llana de la tradición espiritual de la Orden en otros- algunos creímos que había llegado la hora de recuperar para nuestros países uno de los ritos masónicos más antiguos, poseedor de una doctrina que aún conserva la esencia de la Tradición Iniciática Cristiana. Así las cosas, los ojos se volvieron hacia la vieja Europa y comenzó una etapa histórica para la masonería en este lado del Atlántico.


Cinco años después de que el primer Triángulo Masónico Rectificado desembarcara en México, hoy comienzan a consolidarse logias en México DF (Santo Grial), Buenos Aires (Cruz del Sur Nº7) y Costa Rica (San Juan de la Perseverancia), a la vez que otros Triángulos Rectificados, algunos ya constituidos y otros en formación, preanuncian que el número de logias practicantes del Rito Escocés Rectificado crecerá, inexorablemente, en los próximos años. (Hoy habría que mencionar a las logias de Bolivia Génesis y Caballeros de la Luz, que no existían aún cuando este artículo fue escrito)

La presencia de Maestros Escoceses de San Andrés, en ambas puntas del extenso continente hispano parlante, comienza a asegurar la continuidad y la presencia del rito y augura el pronto desembarco de la Orden Interior, que conforma la estructura fundamental del denominado Régimen Escocés Rectificado.
Como ocurre con la masonería en su conjunto, el RER no está exento de diferencias internas que hacen que hoy se practique bajo diferentes Obediencias. Sin embargo, el hecho que quiero destacar, más allá de la cuestión obediencial –siempre inestable en la masonería contemporánea- es la experiencia latinoamericana. Una experiencia que se encuentra en plena etapa dinámica y que ha requerido una suerte de reaprendizaje, especialmente para aquellos que provenimos del REAA, rito hasta hoy casi hegemónico en el continente.

La Masonería Rectificada, nacida de la unión de los reformistas de Lyon liderados por Willermoz con la Orden de la Estrica Observancia Templaria, comandada por el duque Ferdinand de Brunwick, se presenta ante nosotros con una extrema sencillez. Alejada de las planchas eruditas, de la acumulación de grados y honores, el RER vuelve su mirada al Evangelio y retorna a la simpleza del cristianismo más puro, invitando al iniciado a morir para vivir en plenitud con el desafió espiritual al que se ha sometido de su libre y espontánea voluntad. Se nos hace entonces la pregunta más frecuente ¿Para qué sois masones si sois cristianos? La pregunta lleva consigo el germen de la confusión que reina en la masonería. ¿Por qué razón habría de ser incompatible con el cristianismo un arte que nació a la sombra –o mejor dicho en los cimientos- de las catedrales?
El Régimen que vió la luz en la localidad alemana de Wilhelmsbad, en el Convento que lleva su nombre, llevado a cabo en 1782, intentaba precisamente poner fin a esta confusión. Fue entonces cuando se erigió la figura del arquitecto Phaleg para que todos comprendiesen el origen de la confusión babeliana.

Los fundadores del RER ya habían visto con preocupación lo que hoy seguimos viendo en el seno de tantas obediencias que atraen a los buscadores de influencias, a los cazadores de negocios, a los que buscan refugio a su soledad y su fracaso. En pleno siglo XVIII, Willermoz, Joseph de Maistre y muchos otros ya conocían las “logias de taberna” en las que reinaban los dioses paganos con Baco a la cabeza, apartándose a pasos firmes de aquella Orden que habían soñado los grandes maestros de los tiempos operativos.

América Latina poco conoció de esta masonería espiritual e iniciática nacida del deseo de algunos hombres de retornar al Reino espiritual del que algún día fueron separados. El continente latinoamericano vio llegar en las naves europeas a una masonería revolucionaria, convertida en elemento de penetración política, cuyo principal anhelo era el de expandir los ideales de la Revolución Francesa o abrir nuevas rutas al comercio, asegurando su influencia en los Estados que comenzaban a nacer en estas tierras. Desde entonces, los masones de este lado del Atlántico fueron percibidos como agentes republicanos cuya prioridad se encontraba dirigida principalmente a la acción emancipadora y a la derrota definitiva de las monarquías y de la Iglesia. Esa percepción es la que lleva a muchos HH.•. a preguntarse qué sentido tiene una masonería cristiana. La respuesta es sencilla: El mismo que tenía hace siglos, cuando un maestro masón construía su propio Templo Interior en la medida que construía uno real, capaz de impactar en el alma y en el corazón de los fieles, con su luz, sus proporciones, sus columnas y su lenguaje de piedra.

Curiosamente es mucho más sencillo para un monje entender por qué un cristiano necesita abrazar la vía iniciática de la masonería que para muchos masones liberales comprender qué puede llevar a un masón a integrar el cristianismo en sus rituales. Nuevamente la respuesta es sencilla: Fueron los monjes benedictinos quienes hicieron las primeras constituciones masónicas; fueron ellos quienes hicieron la primera descripción simbólica del Templo de Salomón y fueron ellos quienes escribieron en sus manuales qué virtudes debían esperarse de alguien que pretendiera construir un Templo.

Si esta masonería no fuera necesaria, si se tratase de una mera infiltración religiosa como muchos pretenden cuando –de mala fe- asocian al Rectificado con la Iglesia Católica o con el Opus Dei, no hubiera encontrado suelo fértil en la extensa América Hispana. Y esto, precisamente, es lo que está sucediendo: El Rectificado se expande; los HH.•, preguntan, se interesan, comienzan a comprender que sus rituales han sido mutilados a piacere por algunas Grandes Logias y encuentran, en la sencillez de nuestro Rito, los agujeros que explican el sentido final, como si de pronto se completase un abecedario que había sido furtivamente cercenado.

¿Qué sucederá en el futuro? Me animo a decir que, como siempre, todo dependerá de una rara virtud que escasea en la modernidad: La permanencia. Cuando un puñado de hombres, empeñados en una causa justa, se mantiene de pie –Adhuc Stat, dice nuestra Divisa del Primer Grado- todo es posible. Y lo que ha ocurrido aquí es que un puñado de HH.•. decidió permanecer de pie. En definitiva, ¿No hemos aprendido acaso que la voluntad es una de las virtudes que transforma la Piedra?

El RER no cesará de crecer. Los que nos atacan, los que nos resisten, tendrán que comprender que ha llegado el momento de honrar la tolerancia, aún con los masones cristianos, aunque resulte increíble tener que escribir esto. Se acostumbrarán a nuestros tricornios, al color verde de los Maestros Escoceses, a una nueva literatura que regresa a las fuentes de nuestra Tradición con la pluma de los viejos Maestros Fundadores y de otros nuevos, cuyos nombres ya comienzan a reverberar en nuestras tierras, como Jean Fracois Var, Jean Marc Vivenza, Daniel Fontaine a la espera de que surja una literatura masónica propia que haga honor a nuestra masonería cristiana. Salud a todos los HH.•. Rectificados de América Latina. Hagamos honor a la hora y recordemos que después de todo “Sic Transit Gloria Mundi

lunes, 9 de enero de 2012

La noción de "orden" en la francmasonería


Los propios masones llamamos a la masonería “La Orden”. ¿Qué queremos significar con este término? Hace tiempo incluí un artículo referente a este tema en "Las Claves Históricas del Símbolo Perdido" (Nowtilus, Madrid, 2010). Me pareció interesante recrear el artículo agregándole algunos conceptos de Jean-François Var. Veamos

“La Orden”… Esta es la forma abstracta con la que los masones denominamos a la institución francmasónica. Cuando nos referimos a la masonería, o cuando queremos mencionar a la institución de la que formamos parte, decimos simplemente “La Orden”. Pero, ¿Qué hay detrás de esta palabra? ¿Qué es una Orden? ¿Por qué los francmasones utilizamos este término? ¿Qué significa y que implica ser iniciado francmasón?

Podríamos comenzar definiendo el término: Orden, “del latín, ordo, clase, categoría, regla establecida por la naturaleza, también uno de los siete sacramentos de la Iglesia, disposición de las cosas de acuerdo a un método”.

En la historia de Occidente podemos hallar este concepto de ordo utilizado en diferentes campos, desde lo religioso y lo político hasta el arte y la arquitectura. Podríamos analizar cualquiera de estas acepciones y en todas encontraríamos relación con la francmasonería, pero a los fines de nuestro trabajo merece nuestra atención aquella que estableció Johnson al decir que: “…Una Orden puede definirse como una hermandad, sociedad o asociación de ciertas personas, unidas por Ley y Estatutos peculiares a la sociedad, que persigue un objeto o designio común, y se distingue por sus costumbres particulares, insignias, divisas o símbolos…”[a]

Albert Gallatin Mackey nos aporta una segunda definición al decir que “… una Orden es un gobierno regular o una sociedad de personas dignificadas por marcas de honor y una fraternidad religiosa…” En cualquier caso Orden implica una regla y esta, a su vez, impone un pacto de adhesión. En la francmasonería este pacto está sellado por un acto solemne denominado “iniciación”. De tal modo que podríamos afirmar que la francmasonería no es una organización basada simplemente en ese pacto societario de adhesión sino que constituye –en palabras de Javier Otaola- “…una forma de asociacionismo muy particular…” puesto que la masonería “…se vincula necesariamente, por definición, con una tradición profesional anterior a los socios que la componen y a una especie de mandato constituyente tácito del que no puede apartarse sin perder su propio sentido y carácter iniciático…”[b]

Ese componente constitutivo está contenido en aquello que los masones denominados “Antiguos Límites”, junto con los rituales, los usos y costumbres y el lenguaje simbólico que otorga a la francmasonería su particular distintivo metodológico. Este conjunto de reglas y prácticas es el que distingue a la Orden Masónica de otras asociaciones profesionales que devinieron en gremios por carecer justamente de este componente particular.

Si bien no existe un desarrollo histórico preciso de la Orden, ni un criterio unificado acerca de sus orígenes, parece muy probable – a la luz de la investigación presentadas en mi libros anteriores- que haya recibido, a lo largo de su historia, la influencia de otras órdenes religiosas cristianas de las que tomó ciertas características.

Las órdenes monásticas surgidas en la alta edad media se extendieron a lo largo de Europa y no sólo marcaron el rumbo del primer milenio de la cristiandad sino que monopolizaron en sus claustros la educación de la elite intelectual y moral de la civilización europea. Los hombres que ingresaban en estas estructuras eran individuos capaces de sostener un compromiso mayúsculo en contraposición a aquellos que permanecían en el “mundo profano” o en el clero secular.

Del mismo modo que estas órdenes religiosas tenían un objeto y una razón de ser que les era propia, la francmasonería no puede entenderse apartada del método iniciático ni del sistema simbólico-alegórico en el que basa su doctrina. Pero tampoco puede comprenderse si la apartamos de su potencial transformador de la sociedad a través de la influencia decisiva de sus hombres.

Si reflexionamos acerca de cuántos postulados y objetivos sustentados en el pasado por la francmasonería son hoy patrimonio de la humanidad y si pudiésemos imaginar el inmenso número de voluntades que han debido concentrar un esfuerzo sostenido para llevarlos a cabo, entonces no resulta difícil concebir un concepto de Orden ideal más allá de las múltiples expresiones del campo masónico.

Constructores por definición, los francmasones han creído y creen en un orden social más justo y en un mundo fraterno. La búsqueda de ese orden es inherente a la práctica masónica. Pero, como lo señalara Jean Mourgues, “...sólo escogemos a los constructores que saben estar por encima de las disputas de escuelas, La perfección de la Orden colectiva se basa en la calidad de los hombres que han de construirla...”[c]

Nos hemos acercado al significado que adquiere la palabra “Orden” entre los masones. Llegado este punto, conviene ahora dar la palabra a una de las autoridades más destacadas en el ámbito de la masonería cristiana. Nos referimos a Jean-François Var eeferente ineludible del Régimen Escocés Rectificado. Dice Var:

LA NOCIÓN DE ORDEN EN EL RÉGIMEN ESCOCÉS RECTIFICADO
(Traducción de Ramón Martí Blanco)

Este tema de estudio podría también, dadas las características propias del Régimen, y en especial su constitución orgánica, ser formulado de la manera siguiente:

Relaciones de la Caballería y la Masonería
en el Régimen Escocés Rectificado.

Tal formulación, que cuadra perfectamente con los textos doctrinales del Régimen y se inspira en ellos, pone límites al campo de reflexión:

-   este campo está circunscrito al Régimen Escocés Rectificado, por tal de no dispersarse en consideraciones tan extensivas y por tanto (y forzosamente) imprecisas sobre todos los aspectos multiformes que podrían ser englobados en un estudio demasiado generalizado;
-         esta reflexión llevará a los orígenes principales del Régimen, con el fin de dar luz sobre las realidades presentes y conferirles su sentido pleno.

*
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En los textos doctrinales del Régimen, se afirma la existencia de una «Orden sublime, secreta, primitiva y fundamental», poseyendo cada uno de estos calificativos un significado preciso, no circunstancial y relativo a la esencia de lo que se trata[1]. Los mismos textos la denominan también «Alta y Santa Orden», denominación importante a tener en cuenta a lo largo de la exposición.

De la Orden así calificada se derivan, si tomamos como punto de partida las realidades presentes por movimiento retrógrado, como así procede:
  1. La «Orden Bienhechora de los Caballeros Masones de la Ciudad Santa», dicha también «Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa» del Régimen Escocés Rectificado;
  2. La Masonería que, en la «genealogía de la iniciación»[2], le es a la vez anterior y posterior.

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*  *
Esta Orden sublime, secreta, primitiva y fundamental tiene su carta de naturaleza en cuanto a realidad primera en un orden –y en una Orden- en sí misma, de la que es preciso elucidar la noción.

«Orden» viene del latín Ordo, que se encuentra por su parte en relación con el griego orthos, que quiere decir «derecho», o también «justo», y esto de dos maneras:
a)      en el sentido «vertical», «de pie», que evoca directamente la divisa Adhuc Stat; en las Santas Escrituras, es decir «justo» el hombre que se tiene de pie y derecho ante la Faz de Dios;
b)      en el sentido de «equitativo» e «imparcial», que evoca directamente la virtud de Justicia[3]; y también en el sentido de «exacto», que nos lleva a la calidad de precisión[4].

Ordo tiene por otra parte el mismo origen etimológico que el verbo orior (oriri) que significa «elevarse», «dirigirse». Ningún cristiano ignora que Oriens («Oriente») –palabra por palabra «aquel que se eleva»[5] («Naciente»)- término que designa geográficamente un punto cardinal o también una «orientación» cartográfica, lleva analógicamente y simbólicamente, a Cristo, del que éste término es un nombre, nombre celebrado en la liturgia cristiana por la quinta Gran Antífona antes de Navidad[6].

Resulta pues de lo que precede que la noción de orden se organiza según dos ejes –podríamos decir dos «ordenamientos»- uno horizontal y otro vertical.

Esta noción implica a continuación la idea de un funcionamiento «regular», es decir que obedece a leyes y reglas. Este funcionamiento regular es por definición un funcionamiento «justo», o sea coherente, equilibrado, e igualmente armonioso, y como consecuencia apacible. Así, la idea de «armonía» y la de «paz» están incluidas en la de orden.

Añadiremos que si el orden es auténtico, y no ficticio o incluso impuesto –es decir, en los dos casos, mentiroso- es por naturaleza «bello y bueno». Detengámonos en este asunto unos instantes.

Cuando caracteriza a la naturaleza creada, es decir, al mundo, los Griegos designan a este «bello y buen orden» por el término Cosmos. (Mundus tiene por otra parte el mismo sentido en latín). Es importante precisar al respecto que el «orden cósmico» del que aquí se trata no es en absoluto el orden cosmológico, al que casi siempre el pensamiento contemporáneo se refiere, sea deliberadamente o por irreflexión: por lo que a mí respecta entiendo por esto un orden que sería producido por la naturaleza misma como si ésta poseyera capacidad ordenadora. Conforme a la Tradición, el orden cósmico, es al contrario la naturaleza arreglada y dispuesta en bello y buen orden por un Agente que le és exterior y superior, es decir: Dios Creador.

Ahora bien, «bello y bueno» se dice en hebreo Tov. Tal es precisamente la constatación impregnada de satisfacción, podríamos decir incluso de admiración, que Dios emite ante su obra. Como lo relata el Libro del Génesis en su primer capítulo, en siete ocasiones el Creador constata la «belleza-bondad» de su creación. Las seis primeras veces, exclama Ki-Tov, literalmente: «¡Qué bello-bueno! (es esto)». Luego, en la séptima, considerando su obra terminada, señala: Tov-Meod, lo que las Biblias francesas traducen por «muy bueno», pero que significa en realidad «bello y bueno supremamente», o quizá mejor «superabundantemente»[7].

No deja de ser interesante observar de pasada que el valor gemátrico de Tov, que es 17, es también el valor de Ieshua, Jesús[8]. Ahora bien, sabemos que la identidad de valor gemátrico de uno o varios términos manifiesta una similitud en profundidad de las realidades que estos términos designan. Así pues, esta Belleza-Bondad que transparenta (en el sentido de «aparecer por transparencia») en el mundo, es el Cristo-Logos subyacente al mundo, simultáneamente en tanto que ordenador del cosmos y en tanto que orden del mismo cosmos. (Pues el Logos –luego volveremos sobre ello- es la Ley de leyes del mundo).

No deja tampoco de ser interesante observar, que encontramos un reflejo de esto en el pensamiento antiguo. En la concepción griega, el ideal de hombre al que cada uno se debe esforzar por aproximarse es calificado de kaloskagathos, «bello y bueno», noción idéntica a la que acaba de ser descrita. Resulta de ello que la perfección original del hombre primero es verdaderamente una realidad única, accesible al conocimiento, sea por la revelación (las Escrituras), o por la reflexión (que es también una forma de revelación).

Para volver a la noción de orden, destaquemos todavía que incluye la idea de un mandamiento (de una «orden») dada por un superior, el cual es de algún modo la encarnación de la ley o la regla.

Finalmente, y éste no es el menor de sus aspectos, esta noción lleva de una manera general a lo sagrado, aspecto que, en modo eclesial, encuentra su declinación en el «sacramento del orden», el cual es indispensable mencionar, sin hacer tampoco mayores desarrollos que no son objeto del presente estudio. Sin embargo podemos recordar la denominación Alta y Santa Orden, mencionada al principio.

Todo esto pone en evidencia que la noción de orden, y así pues de la Orden, se relaciona con la acción del Creador en el Universo, Aquel que los Masones denominan el Gran Arquitecto del Universo por la precisa razón, que en el ámbito que les és propio, contemplan al Dios Creador y no, por ejemplo, al Dios Redentor, relacionando solamente su actividad particular a su acción creadora. Es de ésta última que resulta la orden de creación, este «bello y buen orden» siendo producida por Aquel del cual provienen toda belleza y toda bondad.

Ahora bien, el Creador, es el Verbo divino, el Logos, fundamento y principio de todos los principios, de todas las leyes y de todas las relaciones entre las cosas y los seres. El Orden –y todo lo que les es relacionado- es la marca y el sello del Verbo Creador.

Aquí, se impone una precisión. La acción del Verbo es inseparable a la del Padre y a la del Espíritu Santo. Pero siendo inseparable, ella es distinta. El Padre es Fuente de todo, y actúa por el Verbo y por el Espíritu; el Verbo construye; el Espíritu vivifica y Él santifica. Como ya he señalado en multitud de ocasiones, la Masonería es del ámbito de la acción del Verbo, no es ámbito de la acción del Espíritu, siendo éste ámbito, en primer lugar, la Iglesia.

Es la razón por la que los juramentos masónicos son tomados, y no pueden ser tomados de otra manera, conforme a la tradición, que sobre el Prólogo del Evangelio según san Juan, en el que se proclama teológicamente el Verbo Pre-Eterno, a la vez Verbo Creador y Verbo Encarnado[9].

Desarrollemos este punto. Toda acción en el mundo debe ser conforme al orden divino, ella debe ser ordenada o «en orden» (idea que volvemos a reencontrar en la fórmula «a la orden»). Tal es el estado primero de la regularidad.

Con la «función», franqueamos un grado más en la coherencia y la cohesión: pasamos del ordenamiento a la regulación. En efecto, la función sólo puede ejercerse en el seno de una «organización» o mejor aún, de un «organismo», ser estructurado y vivo, dotado de identidad propia, movido por principios directores y obedeciendo reglas específicas que condicionan su permanencia: sin estos principios y reglas, deja de existir. Principios, reglas, funciones, identidad propia no reducible a otra: tales son las características de una Orden.

Añadamos que hay varias categorías de Ordenes, que van de lo profano a lo sagrado. «Profano», en especie, no es un calificativo peyorativo, es únicamente designativo, y sinónimo de secular. Las Ordenes de la antigua Francia, en tanto que eran constitutivas de la sociedad, eran «seculares» o «profanas». Sin embargo, podemos ver a continuación, que si ciertas Ordenes son puramente profanas, otras son a la vez profanas y sagradas. La Iglesia por ejemplo, es las dos cosas a la vez: es sagrada por su origen y función, ella no es del «mundo», pero es profana y secular por que opera «en el mundo».

La Orden masónica y la Orden Caballeresca, en cuanto a ellas, se inscriben ambas en lo sagrado, más exactamente en lo sagrado religioso, puesto que ambas son cristianas, por origen y por destino. Todas dos tiene la misma Cabeza: Cristo. Las dos tienen pues una naturaleza religiosa. Pero sus funciones, las de una y otra, no son religiosas. Esta distinción entra naturaleza y función es capital. Su olvido es el origen de cantidad de concepciones confusas en las que todo se mezcla en un barullo inextricable que hace el mayor de los males a la verdad confundiendo el espíritu de demasiados Masones –y de no Masones- mal aleccionados.

Insistimos en ello: la naturaleza es una cosa, la función es otra. La naturaleza de la Orden masónica es religiosa, la naturaleza de la Orden caballeresca es religiosa, puesto que ni una, ni otra pueden concebidas ni pueden funcionar independientemente de Cristo y fuera de él. Por tanto, solamente la Iglesia de Cristo tiene una función religiosa; la Orden masónica y la Orden caballeresca, no. Por decir las cosas crudamente, ni una ni otra celebran ni administran los sacramentos.

¿Cuáles son pues las funciones de una y otra? La función de cada una –irreducible a la de la otra- es una declinación particular de la acción de Cristo: es un modus operandi específico a cada una de estas dos Ordenes, caracterizado por un doble hecho –esto es de importancia capital: El que actúa es Cristo, y nosotros actuamos con Él. Nosotros somos, como dice el apóstol Pablo, sus cooperadores.

LA ORDEN MASÓNICA

La Orden masónica se sitúa en la línea recta de la acción creadora, organizadora y constructora del Verbo-Logos. Su función es la edificación, o reedificación del Templo: del templo del mundo o «templo universal», y sobre todo del «templo del hombre» o templo personal, o mejor aún templo interior.

Edificar (o reedificar) el templo, es -cada uno lo sabe- hacer de este lugar que es el mundo y de este lugar que es el hombre, la Morada de la Presencia divina. He desarrollado esto en otra parte, y no voy a volver a ello[10].

La obra propia del Masón, a la cual está dedicado (en sentido propio: «dedicado por sus votos»), es la de edificar (la de reedificar) su templo interior. Ahora bien lo que es interior es superior o elevado, de igual modo que lo que es exterior es inferior. «Elevado» se dice en latín excelsus, y podemos considerar que el templo existe desde que los ángeles, los hombres y toda la creación, pueden cantar: ¡Gloria in excelsis Deo!

El templo es forzosamente «elevado» en los dos sentidos del término; a saber erigido, construido, y también situado en «un lugar muy alto». Es el caso del templo de Jerusalén, de tal manera, que para ritmar las procesiones que suben los escalones, cantan los «cánticos de los escalones» o «de la subida».

Pero esta altitud topográfica era la «figura» de una altitud de naturaleza absolutamente distinta, en virtud de la cual el templo es «el cielo sobre la tierra». He aquí uno de los significados de la divisa Meliora Praesumo cuya traducción francesa deliberadamente desplazada: «Entreveo más grandes cosas», nos lleva, por razón de la aparente inexactitud terminológica, a una pertinencia espiritual singularmente movilizadora.

No olvidemos tampoco, que si esta edificación (o reedificación) del Templo es obra colectiva y de equipo, sin embargo conduce a un resultado personal: el templo del hombre. Pero este resultado personal es también absolutamente universal: pues el templo del hombre,  es el Cristo morando en el hombre, y el hombre en Cristo[11].

He aquí por que el hombre-Hiram, imagen del Cristo-Hiram[12] es «levantado», a fin de ser «elevado». A continuación podremos cantar: ¡Gloria in excelso Deo! Gloria a Dios en «aquel que es elevado».

Así pues, la Orden masónica funciona según la Justicia en sus dos dimensiones descritas al principio de esta exposición, la horizontal y la vertical, que según la manera en que sean juntadas, forman una escuadra o bien una cruz.

Y repitámoslo: su objeto es la elevación.

LA ORDEN CABALLERESCA

La Orden caballeresca funciona totalmente diferente: por identificación con el Verbo Encarnado en tanto que Cordero que da su Vida por la vida de otro. Cordero, en primer lugar sacrificado, luego triunfante. Como Él, el caballero desciende en el mundo, no al mundo de los orígenes sino al de la caída, mundo que ya no es cosmos sino caos y desorden. El caballero combate este mundo, lo que es de orden de la justicia, para socorrer a los pequeños, a los débiles y los humildes, lo que es de orden de la compasión y la misericordia.

El caballero defiende los «santos lugares», los cuales son, en realidad, los hombres creados a imagen de Dios que estos lugares santos designan figurativamente. Se esfuerza en protegerlos, por su cuenta y riesgo, del contagio del «misterio de la iniquidad», de los asaltos de «la abominación de la desolación» que trata de establecer su residencia en este lugar santo que es el hombre.

Tal es, bajo todos estos aspectos, la «guerra santa» que el caballero lleva.

La caballería se modela pues en el comportamiento divino, ella es Imitatio Christi. ¿No es acaso el Cristo presentado por los textos medievales como el más perfecto de los caballeros, el caballero por excelencia?

Es por lo que el estado de caballero es una cualidad personal, en que es una cualidad que cumple y perfecciona la persona –lo que ésta no puede realizar si no es modelándose en Cristo. El caballero actúa en persona y en unión con la Persona de Cristo. Lo hace por la justicia en la misericordia, o mejor dicho, para y por una justicia misericordiosa.

No obstante, en la perspectiva histórica cristiana, constatamos que estas «personas» que son los caballeros se unen en Ordenes, que responden a todas las características anteriormente definidas como específicas a las Ordenes. Estas Ordenes son Ordenes religioso militares, «religioso» relacionándolas con su naturaleza y «militares» a su modo de acción, que es a la vez la guerra santa tal como la hemos analizado y al combate por la «defensa de la religión cristiana».

La Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa, a ejemplo de estas Ordenes religioso militares, y singularmente a la del Temple, «con la que tiene la mayor de las afinidades», «deriva de la antigua Orden general de la caballería». Esto es lo que nos enseñan los textos. La cuestión es entonces saber lo que conserva de común con estas Ordenes «históricas» y en lo que se diferencia.

Su naturaleza es y lo continúa siendo religiosa; no puede ser de otra manera. En contrapartida, no tiene existencia social; en tanto que Orden, no forma parte integrante de la sociedad. El plano en el que se sitúa y actúa, es el de la ciudad de Dios, el de la Ciudad Santa.

Por añadidura, su «estado militar [...] ha cesado». Se continúa dedicando al combate, pero este combate es puramente espiritual, es el de la fe. Despojada enteramente, en sus razones de existencia, de toda contingencia histórica y social, nuestra Orden constituye una «milicia Espiritual», la de los milites Christi, los soldados de Cristo.

«Espiritual» no quiere decir, no lo ha querido decir nunca «desencarnada». Si la Orden no tiene existencia social ni ejerce acción social, por el contrario tiene el deber de actuar en la sociedad. «La fe que no actúa, ¿es una fe sincera?»[13] El combate de la fe es inseparable del de la caridad.

La Orden debe pues, por fidelidad hacia sí misma y hacia Aquel que es su jefe, practicar esta beneficencia que figura en su titularidad. Es para sí misma, en tanto que Orden cristiana, como para cada uno de aquellos que se han comprometido en sus filas, un deber de estado. La beneficencia, en este caso, no es solamente una obligación moral, es una exigencia espiritual que se desprende de la naturaleza misma de la Orden. Ella es en efecto la declinación práctica de la caridad, que conforme a las enseñanzas del apóstol Pablo, es la más alta de las virtudes teologales, aquella que «no pasará jamás»[14]; de la caridad deificante, que da conforme a Dios, pues «Dios es Amor»[15].

Tales son las características de la Orden masónica, y de la Orden caballeresca. Las bases de estas dos Ordenes son las mismas, o quizá mejor tienen la misma y única base, que es el Cristo, Hijo y Verbo de Dios: Verbo Creador y Verbo Encarnado. De donde la relación de analogía, incluso de equivalencia, entre, primeramente, las siete virtudes cristianas: las cuatro virtudes cardinales, explícitamente denominadas «masónicas» por nuestros rituales, y las tres virtudes teologales, indicadas por sus iniciales en el cuarto tablero del grado de Maestro Escocés; en segundo lugar, las siete armas del caballero; y en tercer lugar, los siete dones del Espíritu Santo[16].

La realidad energética profunda, el motor de su acción es idéntico: es lo que el Régimen llama la Iniciación, socorro otorgado por la Providencia para reparar los efectos de la caída y puesto en práctica por el Cristo, que contemplado bajo este aspecto, nuestros textos doctrinales denominan el Gran Reparador[17]. De donde una identificación en profundidad, más allá de las distinciones de forma y acción: «La verdadera Caballería era la verdadera Iniciación o verdadera Masonería, palabra que se ha convertido en sinónimo».

Hay igualmente unión –sin confusión- de las dos cualidades, la de masón y la de caballero. La aspiración del masón –y no se es masón en plenitud si no se es cristiano, es decir rectificado[18]- aspiración anunciada, pero todavía confusa y casi inconscientemente en ese estadio, por la divisa Meliora Praesumo, es la de hacerse «reconocer como un verdadero Caballero Masón de la Ciudad Santa».

Hacerse reconocer como tal, se dice, formulado de otra manera: «construir constantemente en el Templo del Señor». Tal es la operación que revela –y que cumple- la cualidad de Caballero Masón de la Ciudad Santa en todas las implicaciones de esta denominación.
Esta operación consiste en tres obras:
-         el culto al verdadero Dios;
-         el amor al prójimo;
-         el combate contra el reino de las tinieblas[19].

Esto es, «remontarse al objeto primitivo de la iniciación masónica».

Esta remontada no puede en ningún caso ser egoísta y no puede continuar siendo abstracta; debe dar fruto y por consecuencia ser concretamente altruista, y ordenada a la caridad:
«Nos encontramos situados entre la Iniciación simbólica y la Iniciación perfecta, para ayudar a remontarse hasta la Orden primitiva a aquellos que la divina misericordia llama».

Podemos dar a esto la formulación siguiente:
restablecer la unidad armoniosa y visible de la Creación,
sea esta el universo o la sociedad humana, que se reflejen una a otra, y sean su espejo.

O incluso:
rehacer de la Creación una Orden,
o el Hombre sea a la vez:
-         constructor del templo real y no figurativo, «Masón de la Ciudad Santa»;
-         soldado, defensor y guardián del orden cósmico restaurado;
-         y sacerdote, celebrando la liturgia cósmica por la que Caeli et Terra enarrant Gloriam Dei[20].


[1] La profundización y desarrollo de estas significaciones podría ser objeto de útiles estudios particulares.
[2] Consultar mi estudio La iniciación y Cristo (publicado en el compendio de Ponencias de Manresa-2008).
[3] Cf. en anexo las Apreciaciones sobre la justicia.
[4] Todos los significados relativos a la justicia y precisión se encuentran reunidos en la noción de ortodoxia, que designa a la vez la “justa opinión”, así pues, en lenguaje cristiano, la “justa confesión de fe”, y la “justa glorificación” de Dios.
[5] O también “el Germen”, “aquel que germina”, que profetiza Isaías.
[6] Cf. mi estudio L’Orient spirituel du Maçon rectifié.
Recordemos cuáles son estas antífonas, dichas también “de los grandes ¡Oh!” o también de los “Nombres divinos”:
Primer Nombre divino:        ¡Oh! Sabiduría (17 de diciembre)
Segundo Nombre divino:   ¡Oh! Adonaï (18 de diciembre)
Tercer Nombre divino:       ¡Oh! Vástago de Jessé (19 de diciembre)
Cuarto Nombre divino:       ¡Oh! Llave de David (20 de diciembre)
Quinto Nombre divino:      ¡Oh! Oriente (21 de diciembre)
Sexto Nombre divino:         ¡Oh! Rey de las Naciones (22 de diciembre)
Séptimo Nombre divino:    ¡Oh! Emmanuel (23 de diciembre)
Octavo Nombre divino:      ¡Oh! Jesús (24 de diciembre)
Resulta adecuado observar de pasada que los siete primeros Nombres del Salvador son nombres substitutivos”, y que el octavo es su Nombre propio.

[7] En efecto, aquello que Dios da, lo da en superabundancia, con prodigalidad, sin retención. Dios no es nunca tacaño, como a menudo lo es el hombre. Podemos meditar con provecho la sucesión, a lo largo de la cronología de la creación según el Génesis, de estas constataciones hechas por Dios:
I.                     en el primer día, creación de la Luz (principal): primera constatación;
II.                   en el segundo día, separación de las aguas de por encima de las aguas, de encima del firmamento: sin constatación;
III.                 al tercer día, aparición de la tierra (lo «seco») desgajada de mitad de los mares, luego producción de los vegetales: segunda y tercera constatación;
IV.                 al cuarto día, producción de las luminarias en el firmamento de los cielos: cuarta constatación;
V.                   al quinto día, producción de los peces y las aves: quinta constatación;
VI.                 al sexto día, producción de los seres animados terrestres: sexta constatación; luego, creación del hombre «a imagen y semejanza» de Dios: aquí no hay constatación, sino bendición;
VII.               finalmente, Dios contempla su creación acabada: séptima y última constatación.
¿Por qué Dios, después de haber creado al hombre, no lo declara «bello y bueno»? Precisamente por que, habiéndolo creado a su imagen y semejanza, esto le llevaría a admirarse a sí mismo.
Precisemos, en efecto. Cuando Dios, expresándose en plural, dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y según nuestra semejanza», los Padres de la Iglesia, afirman unánimemente, que es la Divina Trinidad el sujeto que habla, que se «constituye en su consejo», añaden algunos otros.
Ahora bien, ¿qué quiere decir substancialmente «creado a imagen de Dios»? La «imagen de Dios» es una realidad concreta: es el Hijo Pre-Eterno. Efectivamente, «el Hijo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de la creación» (epístola a los Filipenses 1/15). El hombre es por consecuencia portador de la imagen del Hijo, a su vez imagen del Padre.
Para Dios, declarar al hombre «bello y bueno» equivaldría a declararse a sí mismo Bello y Bueno. Parecida actitud egocéntrica y narcisista de auto-admiración estaría absolutamente excluida por la misma naturaleza de Dios (o mejor dicho, su comportamiento natural): Dios es «todo amor», así pues totalmente altruista.
Dios admira, precisamente, el resto de su creación por que es diferente a Él. En efecto, aunque ella lleva su marca, no está creada a su imagen y semejanza, lo que queda reservado al hombre.
En contrapartida, si Dios no admira al hombre, sin embargo lo bendice. ¿Qué quiere decir esto? La bendición es una comunicación de energías divinas. Estas energías divinas están destinadas a poner en marcha el proceso por el cual la similitud exterior que une el hombre a Dios se convertirá en una identificación interior, es decir el proceso de «deificación».
Este proceso ha sido interrumpido por la caída, pero nunca abandonado por Dios. Ha sido precisa la Encarnación del Verbo, Hijo e Imagen del Padre, para volverla a poner en movimiento.
[8] Señalado por Michel Dorin, a quien lo agradezco.
[9] Cf. mi estudio De la Masonería cristiana a la Masonería rectificada.
[10] Cf. mi estudio El trabajo del Masón rectificado.
[11] Cf. mi estudio El Templo en la Tradición cristiana.
[12] Cf. mi estudio Qui est Hiram?.
[13] Racine Athalie, I, 1.
[14] 1 Corintios 13, 8.
[15] 1 Juan 4, 9.
[16] Recordemos estas relaciones según una tipología tradicional:
Dones                    Virtudes                                Armas

Temor de Dios     Templanza            Espuela
Piedad                   Prudencia              Coraza
Justicia                  Ciencia                  Guanteletes
Fuerza                    Fuerza                    Espada
Consejo                 Fe                           Casco
Inteligencia           Esperanza             Escudo
Sabiduría               Caridad                  Lanza
[17] Esta denominación que sorprende en nuestros días era de uso común en la «escuela espiritual francesa» en el siglo XVII. Se puede encontrar, entre otros, en Pascal y en Bossuet.
[18] Cf. mi estudio De la Masonería cristiana a la Masonería rectificada.
[19] Estas TRES obras puedan dar materia a desarrollos circunstanciados, que no son ahora oportunos.
[20] «Los cielos y la tierra cantan la gloria de Dios» (salmo 19, 2).



[a] Del vocablo “Orden”, Gallatin Mackey, Albert “Enciclopedia de la francmasonería”, (México, Grijalbo, 1981).
[b] Otaola, Javier, “La Masonería hoy, Razón y Sentido”, (San Sebastián, Haramburu Editor,1996) p. 41.
[c] Mourgues, Jean; “El Pensamiento Masónico”; (Madrid, Ediciones Kompas) pp. 35 a 42.