Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

sábado, 27 de agosto de 2011

De cómo la Revolución Francesa profanizó a la Francmasonería

Estimados lectores, QQ.·. HH.·. con este trabajo terminamos agosto. Un mes en el que he tratado de publicar notas que expliquen las causas de esta suerte de furia laicista que arrastra a las masonerías hacia costas lejanas de sus orígenes. Como siempre, algunos se enojan y es inevitable. Al principio se enojaban porque decía que la masonería tenía orígenes cristianos. ¿Quién podría hoy negarlo? Después se enojaron porque dije que que la Revolución Francesa cargaba con el crimen de haber aniquilado a la Orden Masónica. Hoy se enojan porque digo que si a la masonería le quitan su principal componente, el Iniciático, deberían cambiarse de nombre en vez de apropiarse de la Augusta Hermandad. No pienso torcer la marcha. Me animan los muchos y numerosos HH.·. que a diario, me hacen llegar la desazón de sentirse perseguidos por su religión en el seno de una Institución que debiera hacer de la libertad espiritual el pilar de su existencia.



Las mutaciones del Gran Oriente de Francia

Pasada la Revolución Francesa, la francmasonería comenzó a reorganizarse lentamente en los años siguientes. El proceso fue lento, puesto que la mayoría de los cuadros del Gran Oriente habían sido ejecutados, encarcelados o se encontraban exiliados. La situación era mucho peor en lo que quedaba de la Gran Logia, pues ésta, al ser prominentemente aristocrática, había sido prácticamente aniquilada. Así las cosas, un pequeño núcleo, unido por la desdicha comenzó a trabajar con vistas a la unificación de la masonería francesa, que finalmente ocurrió en 1799.

En 1800, la unión ya estaba consolidada y habían reabierto sus trabajos más de 70 logias. El Gran Oriente se proclamó como única potencia masónica de Francia y declaró la irregularidad de toda logia que no se le subordinara. Pero esta masonería post revolucionaria había nacido para establecer un nuevo culto; uno que poco tenía que ver con los masones del siglo XVIII: El Culto a la Razón.

El siglo XIX se inició bajo el signo de un nuevo hombre que cambiaría una vez más el curso de la historia. Napoleón Bonaparte –cuya pertenencia a la francmasonería siempre ha estado en duda- entendió rápidamente la importancia de la sociedad de los masones y la utilizó a su antojo. El Gran Oriente pronto se vio bajo la protección del futuro emperador que convertiría a la Orden en el heraldo de la nueva era que soñaba para Europa. Tras los ejércitos napoleónicos marcharían las logias a propalar las ideas de la nueva Francia.

El crecimiento fue fantástico. Entre 1803 y 1804 Bonaparte introdujo en el Consejo de la Orden a todo su estado mayor completo. Su hermano, José Bonaparte, fue nombrado Gran Maestre adjunto, hasta que, en 1805, fue instalado Gran Maestre. De los 24 mariscales del Imperio, 17 eran masones, junto con “prefectos, funcionarios y representantes de las elites culturales y económicas, que conformaron la columna vertebral del régimen imperial” Hacia 1810 el Gran Oriente ya contaba con más de 800 logias de las cuales más de sesenta eran militares.

Si consideramos lo dicho en los primeros capítulos de este libro, si recordamos que la tarea del masón consiste en desbastar la piedra bruta en el largo proceso iniciático, cabría preguntarse de qué manera pudo el Gran Oriente formar en apenas un lustro a miles de masones, incluidos sus cuadros, los venerables de sus logias y el Gran Consejo. Este es un punto crucial para comprender el quiebre entre una masonería espiritual e iniciática y otra que nacía bajo el imperativo de la política. Es cierto que muchos antiguos hermanos pudieron haber regresado a sus talleres, pero mucho más numerosos fueron los hombres deseosos de ascender, de agradar al aparato político militar de Napoleón e integrarse a la organización que había aceptado, de buen grado, ser el vector ideológico de los principios del nuevo régimen.

“Estos principios –escribe Colinon- eran antes los de la Revolución jacobina que aquellos otros que inspiraron en otro tiempo a un caballero Ramsay o a un Joseph de Maistre. El espíritu masónico había sufrido una profunda transformación. En el momento de la reconstrucción del Gran Oriente, casi todos los masones espiritualistas estaban o muertos en el cadalso o emigrados. Los que regresaron a Francia, estaban hondamente quebrados por la acusación formulada contra su Orden de haber fomentado la revolución…”

Desde entonces y hasta los sucesos revolucionarios de 1848, el destino del Gran Oriente se acomodó una y otra vez al ritmo de los avatares políticos que sacudían a Francia.

Con la caída de Napoleón, los masones se apresuraron a aplaudir la llegada de la restauración de los Borbones, deponiendo de inmediato al Gran Maestre José Bonaparte. Pareció entonces que las logias volverían al espíritu anterior a 1787. Pero Luis XVIII nunca confiaría en los masones del Gran Oriente, aunque comprendió la importancia de mantener bajo control a ciertas sociedades secretas. En efecto, el viejo espíritu republicano –latente durante los años de la restauración- comenzó a retornar con renovado ímpetu a las logias, encendiendo todas las alarmas. A modo de ejemplo diremos que sólo en 1834 fueron clausuradas 80 logias catalogadas como peligrosas. Fue la época en que el espectro Volteriano resucitó en los templos masónicos y se produjo una creciente separación entre los jefes de la Orden y sus bases.

Desatados los sucesos, los masones revolucionarios ocuparon nuevamente la primera fila en la lucha. Muchos de ellos pasaron a conformar el Gobierno Provisional, en tanto que el Gran Oriente llegó a ofrecer a la nueva República el concurso de 40.000 hermanos. A partir de allí, la francmasonería laica y republicana ya no se detendría hasta el advenimiento de la IIIª República.

Durante el gobierno de Napoleón III, el Gran Oriente sufriría una nueva mutación. Luego de haberse impuesto como Gran Maestre a Murat, primo del soberano, la Orden sufrió un proceso de imperialización que fue, esta vez, resistido por las logias. Ya no había espacio en la francmasonería francesa para un retorno a las antiguas formas. Murat fue depuesto y elegido en su lugar al más anticlerical de los príncipes Bonaparte: Jerónimo. Finalmente volvió a laudar Napoleón III nombrando Gran Maestre al mariscal Magnan el 2 de diciembre de 1861. Una vez más, el Gran Maestre del Gran Oriente de Francia era un hombre ¡ni siquiera iniciado en los misterios de la Francmasonería!

Inevitablemente, en 1865 un Convento del Gran Oriente propuso la supresión lisa y llana de toda referencia espiritualista en la Constitución y en los ritos. La asamblea, por su parte, decidió que en adelante sería posible ser masón sin necesidad de creer en Dios ni ser espiritualista. Ese día se oficializó la existencia de una institución que se ha empeñado en definirse como masónica, pese a ser radicalmente diferente a su antecesora. El Gran Arquitecto del Universo ya no fue necesariamente Dios; ni siquiera una alegoría de Dios; los textos sagrados pasaron a ser poco menos que un adorno; se abandonó la doctrina de la trascendencia del alma y comenzó la sistemática tarea de modificar los rituales, depurándolos de todo aquello que hiciese recordar en el futuro que, alguna vez, la francmasonería había centrado su obra en la construcción de un templo interior, reflejo individual de la Jerusalén Celeste. Dicho de otro modo, nació una nueva forma de masonería que sólo guardaría de la primera precisamente eso: su forma.

En consecuencia, asistimos aquí al momento en que la francmasonería introdujo en sus talleres la política profana y sus dirigentes olvidaron la verdadera esencia de su institución, puesto que de otra manera resulta inconcebible que una Orden Iniciática se viera, de pronto, gobernada por el estado mayor napoleónico, en su totalidad recién iniciado, o que sus Grandes Maestre y dignatarios fuesen impuestos por los políticos y que sus objetivos y alineamientos cambiaran de manera radical frente a los acontecimientos profanos. No podía esperarse de estos hombres más que una profunda ignorancia acerca de la francmasonería, tal como lo admite R. C. Feuillette, el historiador oficial del Gran Oriente.

A partir de entonces, esta circunstancia se reiteraría en distintos momentos de la historia de la masonería con diferente intensidad. El modelo francés, que se extendió con rapidez en los países latinos, fue el de una masonería de fuerte contenido político, en tanto que el modelo británico permaneció fiel a los antiguos límites en torno a la acción política de la masonería, reservada exclusivamente al ámbito personal de cada masón.

Los rituales serían alterados, introduciéndoles aspectos netamente políticos, provocando desordenes que, en algunos casos se han perpetuado hasta nuestros días. Pero seríamos injustos si atribuyésemos estas tendencias políticas sólo a los franceses, puesto que para la misma época muchos notables masones alemanes –entre ellos Carl Krause- exploraban nuevos sistemas políticos en los que intentaban aplicar, en algunos casos, los principios de la francmasonería y de los Iluminados de Baviera en otros. El krausismo tendría importante influencia en la masonería de España y de algunos países de América Latina.

De modo que la francmasonería actual, heredera de todas estas corrientes, es el resultado de un complejo proceso histórico en el que se combinaron aspectos netamente espirituales con otros que pertenecen al campo social y político. Es por ello que, a esta altura de nuestro trabajo, el lector comprenderá porqué insistimos en nuestra idea de la existencia de masonerías y no de una sola y única masonería.

No sólo se había introducido el factor político. Paralelamente, se habría paso una corriente revisionista que buscaba encuadrar la historia de la francmasonería sobre bases positivas, alejándola de las leyendas que, hasta entonces, remontaban sus orígenes a los tiempos míticos.

Hay algo de cierto en aquello que dice que a la historia la escriben los que ganan. Cuando los filósofos ilustrados consumaron su primera gran victoria con la Revolución Francesa, se apropiaron de lo que quedaba de la francmasonería, aniquilada durante el Terror.

La estructura masónica había dado prueba de ser una extraordinaria herramienta política, y la Revolución no podía prescindir de ella; pero había que purificarla, someterla a la razón, silenciar su pasado cristiano, quitar de ella todo vestigio de la antigua superstición y convertirla en un arma feroz contra la religión. Y así fue, al menos con gran parte de la francmasonería continental europea, cuya influencia en Hispanoamérica se siente hasta nuestros días.

Pero la victoria no llegó a ser completa. Los herederos de la masonería escocesa pudieron mantener a la Orden en sus principios originales, reteniendo gran parte de su simbolismo iniciático, acompañado por la plena conciencia del legado más valioso de la cultura cristiana: el de la caridad. Ubi caritas et amor, Deus ibi est.

Pese a ello, aquella otra francmasonería, vaciada de contenidos y maquillada de modernidad, gozó de la atención creciente del profano, convirtiéndose en el estereotipo revolucionario y conspirador por excelencia del mundo moderno. Así fue como el secreto iniciático se convirtió en el secreto político y muchas logias masónicas en verdaderos partidos. Mi homenaje a la masonería primitiva consiste, justamente, en separar una cosa de la otra.

Es cierto que el mundo ha cambiado desde entonces y que sería injusto dejar de reconocer el aporte de la masonería a la construcción de un mundo más plural, en el que los hombres no pueden ser juzgados por sus creencias, ni por su condición de nacimiento ni por su raza. También es cierto que la francmasonería ha sido baluarte de la democracia y que su labor constante en la defensa de las instituciones surgidas de los procesos revolucionarios de fines del siglo XVIII fue fundamental en la consolidación de los estados modernos. 

La creciente atomización del universo masónico constituye un síntoma, un indicador evidente de que algo ha fallado a la hora de aplicar el principio de la fraternidad intra muros. El futuro de la francmasonería dependerá en gran parte del esfuerzo que los masones sean capaces de empeñar en la búsqueda de objetivos comunes y en la aplicación efectiva de la más amplia tolerancia en torno a las creencias individuales y el respeto al espacio que reclama la espiritualidad.

Como Orden secular, se enfrenta hoy al desafío de comprender cuales son los límites de la secularización. Como Orden iniciática le queda por delante la tarea de articular una visión renovada de su mensaje tradicional.

La francmasonería, pensada por sus fundadores como Templo de la Virtud y de la Tolerancia, permanece incólume en el mundo y así se mantendrá, hasta que la sociedad humana sea espejo de la Jerusalén Celeste, objeto y fin de la transmutación espiritual que propone a sus adeptos.

En tal sentido, resta resolver la situación de los masones que perciben una doble condena: La de una Iglesia que aún se resiste a levantar el interdicto que pesa sobre los miembros de la fraternidad y la de sus propios hermanos, que haciendo de la razón un culto, tornaron la tolerancia en desprecio al hecho religioso.

Pese a la polución de textos caprichosos sobre la masonería, crece en el mundo la tendencia al tratamiento científico de su historia. Esta circunstancia no sólo resulta imperiosa para la comprensión del fenómeno masónico como expresión de las ideas que contribuyeron a la construcción de la sociedad moderna, sino también para la salud intelectual de la propia masonería, en muchos casos anclada todavía en una bibliografía decimonónica que ha sido superada por el avance de la investigación histórica.

martes, 23 de agosto de 2011

Masonería y Descristianización

El Pecado de Omisión. Las Constituciones Andersonianas


Las cronologías son a la Historia como un álbum de fotografías a la vida de un hombre. Nos indican un lugar y un momento, pero nos ocultan el camino. Nos hacen creer que la vida es el instante cuando en realidad el suceso nunca podrá explicarnos el proceso. La historiografía de la Masonería sufre del mal de las cronologías y en el álbum de su larga vida se han omitido las fotografías de algunos sucesos y ocultado las de otros. Como un hombre que decide mostrar de su vida sólo aquello que hace a ciertos intereses determinados, algunos masones han elegido minuciosamente la cronología de la masonería y la han impuesto con éxito.

Dentro de pocos años, en 2017, se cumplirán tres siglos desde el momento histórico en el que cuatro logias masónicas con asiento en Londres constituyeron la primera Gran Logia especulativa de la que se tenga memoria. Según esta visión de la historia, a partir de allí se aceptaron en su seno miembros que nada tenían que ver con el arte de la construcción. No es tema del presente artículo dilucidar si estos eran los verdaderos masones, ni si tenían mayor legitimidad que los que se negaron a acompañarlos en tal evento fundacional. Ni siquiera cuestionaremos si los antiguos límites establecidos en las constituciones inglesas de principios del siglo XVIII tenían o no la entidad suficiente para imponerse luego –como lo hicieron- como base de la denominada regularidad masónica.

Diremos, en cambio, que mientras la masonería andersoniana se empeñaba –y empeña- en remitirnos permanentemente a las constituciones insulares, como los manuscritos Regius o Cook- poco ha incluido en sus trabajos historiográficos acerca de las grandes Constituciones Continentales. Cabría mencionar algunas verdaderamente importantes como Los Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248, Los Reglamentos y Ordenanzas de los Masones de la Ciudad de Brujas de 1441, Las Constituciones de los Masones de Estrasburgo de 1459 o los Estatutos del Oficio de los Masones de la Ville de Malines de 1539. Todas estas constituciones, y muchas otras, podrían otorgar una visión mucho más completa de la organización de los masones medievales, de su arte y de su religión. Se han ignorado también los Privilegios reales del que fueron objeto los masones. En la Península Ibérica destacan los otorgados los trabajadores santiaguenses, entre los que mencionaremos Los Privilegios de Alfonso VII a los Pedreros de la Catedral de 1131 -apenas posteriores a las Constituciones monásticas de cuño cluniacense- y Los Privilegios de Sancho IV los Pedreros de Santiago de 1282.

Durante la Edad Media millones de toneladas de piedra fueron extraídas para la construcción de catedrales, iglesias, monasterios y castillos, destacando que solamente en Francia, en el período de tres siglos (1050-1350) se edificaron 80 catedrales y 500 grandes iglesias, aparte de varios miles de iglesias parroquiales. Esto significó que en Francia se utilizaran en esos tres siglos más piedra que en el Antiguo Egipto a lo largo de toda su historia. Quienes llevaron a cabo este portento se encontraban bajo el orden establecido en estos Estatutos, Constituciones y Privilegios en los que puede observarse la más evidente ortodoxia católica.

Esta ortodoxia continuó hasta los tiempos fundacionales de la masonería especulativa. En su reciente conferencia de Oviedo, el Gran Maestre del Gran Priorato de Hispania se refería a documentos masónicos más cercanos a 1717. Señalaba Ramón Martí Blanco algunos fragmentos que reproducimos a continuación:

Del Manuscrito Grand Lodge nº 1, del año 1583, la plegaria de apertura:
“I. Que la fuerza del Padre del cielo y la sabiduría del Hijo glorioso por la gracia y la bondad del Espíritu Santo, que son tres personas y un solo Dios, estén con nosotros en nuestras empresas y nos otorguen así la gracia de gobernarnos aquí abajo en nuestra vida de manera que podamos alcanzar su beatitud, que jamás tendrá fin. Amén...”

Del Dumfries nº 4, del año 1710, también la plegaria de inicio:
“Imploramos al Padre omnipotente de santidad y a la sabiduría del glorioso Jesús, por la gracia del Espíritu Santo, que son tres personas en un principio divino, que estén con nosotros desde ahora, y que nos otorguen también la gracia de gobernarnos aquí abajo, en esta vida mortal, de manera que podamos alcanzar su reino, que jamás tendrá fin. Amén...”

Del Manuscrito: La Institución de los Francmasones, del año 1725, el punto 14º del catecismo por preguntas y respuestas:

Pregunta: ¿Cuántas personas hacen falta para hacer una Logia?
Respuesta: Hace falta Dios y la escuadra, más 7 ó 5 masones justos
y perfectos sobre la montaña más alta, o el valle más profundo del mundo.

Del Manuscrito Graham, del año 1726, tenemos este intercambio de preguntas y respuestas del catecismo:

P. ¿Qué es una Logia perfecta?.
R. El centro de un corazón sincero.


P. Pero, ¿a cuántos masones llamáis así?
R. A cualquier número impar entre 3 y 13.


P. ¿Por qué tantos, y por qué en número impar?
R. El primer número hace referencia a la santa Trinidad, y el otro a la venida de Cristo, con sus 12 apóstoles.

Por lo que podemos ver en los anteriores manuscritos –afirmaba el Gran Maestre Martí Blanco- y concretamente en éste último, fechado en 1726, es decir, tres años después de la promulgación de las famosas Constituciones del pastor presbiteriano, James Anderson, el cristianismo que emana es del todo ortodoxo. ¿Qué sucede pues, para que se produzca la progresiva “descristianización” de la Orden Masónica?

Ramón Martí Blanco lo explica en estos términos: El 24 de junio de 1717, durante la fiesta de San Juan Bautista, cuatro Logias de Londres, de nombres pintorescos, porque tomaban el nombre de la taberna donde se reunían, se encontraron en la taberna del Manzano, constituyendo una organización unificada bajo el nombre de Gran Logia, y siendo elegido e instalado, Anthony Sayer – un “gentelman” inglés – como Gran Maestro, con autoridad sobre todos los Hermanos. Esta es la primera noticia que se tiene de una primera estructuración de la Orden Masónica en su etapa “especulativa”. Se abre aquí un período pleno de tensiones en esa incipiente masonería que desembocará en una primera división entre “Antiguos” y “Modernos”, partidarios unos de la conservación de las formas tradicionales y otros de la renovación, división que continuará lo largo de 63 años, no reunificándose hasta 1813. En paralelo a esta etapa, se llevaba a cabo en Gran Bretaña, una pugna dinástica entre dos casas reales: la de los Hannover de composición protestante, contra la de los escoceses católicos de los Stuart. La Masonería era bien presente en una y otra dinastía, pues era habitual que los nobles formaran parte de ella, costumbre que ha llegado a nuestros días en la monarquía británica, en la que el duque de Kent, primo de la Reina Isabel II, es el Gran Maestro de la Gran Logia Unida de Inglaterra. La guerra entre la casa de Hannover y la de Stuart, dio como resultado la derrota de esta última, y como consecuencia, el obligado exilio a Francia del príncipe Carlos-Eduardo Estuardo, implantándose con ello la masonería de corte católico en territorio francés.

Mientras tanto –continúa Martí Blanco- en Gran Bretaña, los pastores protestantes James Anderson y Desaguliers, reciben en torno al año 1721, el encargo de la redacción de unas Constituciones, cuya primera versión (pues hubieron distintas modificaciones hasta llegar a su versión actual) ve la luz en 1723. No creo que tengamos que extrañarnos que los vencedores de la pugna dinástica ejercieran su derecho, expurgando de dichas Constituciones masónicas toda reminiscencia en los textos que pudiera recordar el origen católico de los mismos. Esta expurgación, que finalmente supuso un redactado ambiguo, dio pie y excusa al relajo que ha permitido, primero, la aparente apertura y posteriormente, la progresiva secularización de la Orden Masónica…

Pese a estos antecedentes, ignorados por los pastores ingleses Anderson y Desagulier los masones cristianos del siglo XVIII asumieron como propia la herencia de las grandes corporaciones de constructores de la antigüedad y del medioevo. Reunieron un conjunto de documentos importantes y se construyeron para sí mismos un meta-relato, un mito de base con una dinámica propia que permitió que se siguiese enriqueciendo hasta el día de hoy en la medida que la historiografía encontró nuevos y mejores indicios de la existencia real de grandes gremios de albañiles, de sus secretos, de sus ritos y de sus respectivas tradiciones.

Esta herencia, ya era señalada por el caballero escocés Andrew-Michael Ramsay en Francia en 1738, cuando expreso que El nombre de francmasón no debe ser tomado en un sentido literal, burdo y material, como si quienes nos instituyeron hubieran sido simple obreros de la piedra o solamente curiosos que deseaban perfeccionar su arte. Ellos eran hábiles arquitectos que deseaban consagrar sus talentos y sus bienes a la construcción de templos exteriores, pero también príncipes, religiosos y guerreros que deseaban edificar y proteger a los templos vivientes del Altísimo…

Respecto de la actitud de los primeros masones especulativos ingleses decía recientemente Jorge Ferro: "La condescendencia y el ligero desprecio con que se consideraba a la Masonería Operativa antigua, comparada con la Masonería Especulativa nacida en 1717, eran herederos del prejuicio con que se expresaba el pastor James Anderson sobre los primitivos documentos masónicos (Old Charges) a los que denominaba “Gothic Constitutions” con un sentido peyorativo…"

Podemos entender las causas políticas y religiosas por las cuales los redactores de las Constituciones inglesas se esmeraron en evitar toda referencia católica de los antiguos documentos. Pero resulta inexplicable que los historiadores británicos de la francmasonería hayan desconocido durante siglos la existencia del Libro acerca del Templo de Salomón, escrito en el siglo VIII por San Beda, el Venerable, Padre de la historia de Inglaterra. San Beda es el primer hombre de la Era Cristiana que describe el Templo de Salomón en términos alegóricos, en un lenguaje que compara a la Piedra con el hombre y demanda que este debe cuadrarla si pretende convertirla en cimiento del Templo. Más inexplicable aún si, tal como lo hemos señalado en más de una ocasión figura entre las fuentes mencionadas en el manuscrito Cook.

Esta obra de San Beda tuvo una influencia de magnitud inusitada y orientó, de modo inequívoco, toda la exégesis posterior en torno al Templo de Salomón. Encontramos sus referencias en los libros de Rabano Mauro y en la Glosa Ordinaria de Walafrid Strabón que influiría en la enseñanza monacal durante cinco siglos. Sobre este punto ya hemos hecho extensa referencia en trabajos anteriores.

Tanto las Gothic Constitutions despreciadas por Anderson, como la contundente evidencia de una estructura simbólico-alegórica surgida en el seno de los monasterios benedictinos, han debido abrirse paso en contra de la corriente, resistidas a tres bandas: La ya mencionada ortodoxia andersoniana, la violencia antirreligiosa de la francmasonería liberal y el desvío guenoniano que nunca comprendió la verdadera esencia iniciática del cristianismo.

Sin embargo –y pese a todo- podemos afirmar que la masonería cristiana todavía está de pie: Adhuc Stat!. Esta premisa, inscripta al pie de una columna rota cuya base aún permanece firme, es el emblema del aprendiz masón en el Régimen Escocés Rectificado, sistema que trabaja uno de los ritos masónicos cristianos que sobreviven invictos desde el siglo XVIII. La masonería cristiana todavía está de pié.


martes, 16 de agosto de 2011

Masonería y Monasticismo: HOMINES QUADRATI




1. La Expansión Cluniacense

En el siglo X la Orden Benedictina sufrió una profunda reforma que afectaría gran parte de la Iglesia. La misma se originó en la abadía borgoñona de Cluny, fundada en el año 910 por Guillermo, el Piadoso, duque de Aquitania, que estaba directamente subordinada a la Santa Sede. En la misma acta de fundación el duque Guillermo renunciaba a todas las rentas del monasterio como también a las investiduras. Pero establecía que nadie -ni obispos, ni señores, ni papas- podría quedarse en el futuro con las propiedades de la abadía.
En un principio, Guillermo nombró abad a Berno, pero se acordó claramente que a su muerte fuesen los propios monjes quienes elegirían a su sucesor. En el año 932, el abad Odón solicitó y recibió de Roma el permiso para llevar adelante una reforma de la regla benedictina que regía el monasterio de Cluny. Esta reforma "cluniacense" preveía la fundación de nuevos monasterios y la transformación de otros que quedarían sujetos a la nueva autoridad.

Con la identificación en una misma regla, la reforma se constituyó en una herramienta política, por cuanto los nuevos monasterios -así como los reformados- ya no tendrían su propio abad, sino un prior dependiente de Cluny. La consecuencia de esta unificación bajo la misma regla y autoridad generó una estrecha unión entre los monasterios cluniacenses, pero transformó al abad de Cluny en un poderoso señor feudal, depositario de grandes rentas provenientes de los monasterios filiales y dueño de las investiduras sobre los mismos.
Cluny se convirtió rápidamente en el destino de grandes señores que abrazaban la vida monástica en el final de sus días, o de los hijos de acaudalados nobles que vieron en los abades cluniacenses la voluntad de aristocratizar el monacato. Las donaciones que la Orden impuso para su ingreso no hicieron más que generar cada vez mayores recursos, los cuales fueron administrados sin prurito alguno por esta nueva clase de monjes ricos que consideraron que tales tesoros debían utilizarse -a través de la liturgia y la ornamentación- a la mayor gloria del Señor.

Hubo aún otra circunstancia que potenció la acción de Cluny: la particular longevidad de sus abades -sólo tres gobernaron la abadía entre 958 y 1109- que posibilitó una estrategia profundamente planificada y el tiempo para llevarla a cabo. Todos estos elementos contribuyeron a convertir al movimiento cluniacense en un factor político fundamental, gravitante en muchos de los problemas políticos que sacudían a la cristiandad en aquellos siglos.

La época de esplendor de Cluny coincide con la expansión del románico. Paul Naudon, que ha estudiado profundamente al arte románico y su vínculo con las órdenes monásticas, coloca a los monjes de la Orden de San Benito en un lugar preponderante como constructores de catedrales e iglesias.
"Es innegable que la propagación del arte romano fue hecha por asociaciones monásticas, y especialmente por los frailes de la Orden de San Benito. Se explica por el hecho de que las abadías benedictinas eran las únicas herederas de la cultura antigua".
 
2. De la Piedra Bruta a la Piedra Cúbica

a) Teófilo y su manual para el artífice.

La cantidad de documentos que atestiguan el protagonismo y la responsabilidad de la Orden Benedictina en la construcción de las grandes abadías y catedrales de los siglos X, XI y XII es muy vasta y excede el marco de este trabajo. No se trata, solamente, del proyecto y dirección de las obras o del aporte del artesanado calificado para llevarlas a cabo, sino también de su concepción estética, del plan estratégico y "pedagógico" con que estas construcciones fueron realizadas y del espíritu del que se encuentran impregnadas.
Cabe señalar, sin embargo, algunos testimonios que nos permiten recrear la luminosa atmósfera que respiraban estos hombres, aun en medio de todas las dificultades que, en aquella época, padecían las obras de esta naturaleza. Para arredrarlas, el artista no sólo debía entrenarse en su técnica y su habilidad, sino también en la praxis de una moral cuyos ejemplos debía buscar en las sagradas escrituras. Al leer la obra de Teófilo (circa 1080 - post 1125)  acerca de las técnicas del arte, titulada "Diversarum Artium Schedula  -considerada como una de las más importantes de aquellos siglos por su significación técnica- un masón no puede menos que reconocer la premisa de la "construcción de un templo interior en el que reine la virtud", misión a la que está convocado a partir del aprendizaje en el uso de las herramientas.

No se aprende el arte sino para construir una nueva dimensión espiritual. Teófilo les recuerda a los aprendices que David, "el más célebre de los profetas... no se consideró digno de edificar la casa de Dios porque había derramado, muy a menudo, sangre humana...". Les dice que "el Señor había ordenado a Moisés la construcción del Tabernáculo y había elegido, llamándolos por su nombre, a los arquitectos, colmándolos de sabiduría, inteligencia y ciencia... Porque sin Su inspiración ninguno hubiera podido construir una obra de tal magnitud..."   Y les muestra, con "razones evidentes" que todo aquello que se puede aprender, comprender e idear en el campo del arte, "lo concede la gracia del espíritu" de diversas formas. Para Teófilo, estas virtudes que adornan el espíritu del maestro del arte son: el espíritu de sabiduría, el espíritu de intelecto, el espíritu de consejo, el espíritu de fortaleza, el espíritu de ciencia, el espíritu de piedad y el espíritu del temor a Dios.
El texto parece evocar a Beda, cuando describe la naturaleza virtuosa de aquellos que construían el Templo de Salomón, comparándolos con "piedras preciosas":
"Luego de conformado el fundamento con tales y tan grandes piedras, hay que edificar la casa, diligentemente preparadas las maderas y las piedras, y colocadas en el orden establecido, las que antes fueran arrancadas de su antiguo sitio o raíz: porque después de los rudimentos de la fe, después de puestos en nosotros los fundamentos de la humildad siguiendo el ejemplo de sublimes varones, hay que alzar la pared de las buenas obras, como órdenes de piedras superpuestos uno a otro, marchando y prosperando de virtud en virtud…
      
En la interpretación simbólica que Beda realiza acerca del Templo de Salomón, tampoco se escapa la alegoría de las siete virtudes que Teófilo cree concedidas por la "gracia del espítitu". Al describir las columnas Jakin y Boaz, erectas en el pórtico, a la entrada del templo, el "venerable" menciona las cadenillas colocadas -como símbolo de comunión- en las cabezas de las columnas, y dice acerca de ellas:
"Estas cadenas entonces están entretejidas en admirable labor, porque en definitiva la mirífica gracia del Espíritu Santo obra para que la vida de los fieles, en diversos lugares y tiempos, según grado y condición, y sexo y edad, aunque existan muchas cosas secretas entre unos y otros, sin embargo permanezca mutuamente unida en una y la misma fe y amor.  Que la fraterna congregación de los justos, que viven en tiempos y lugares distintos, sea producto pues de la propiedad unificadora de los dones espirituales, se refleja en las siguientes palabras que se añaden en referencia a la hechura de los capiteles: Guirnaldas de siete hilos en un capitel y guirnaldas de siete en el otro. Pues el número septenario suele indicar la gracia del Espíritu Santo, como lo atestigua Juan en el Apocalipsis, quien como viera que el Cordero que le hablaba tenía siete cuernos y siete ojos, enseguida dio la explicación siguiente: Los cuales son los siete Espíritus de Dios enviados a toda la tierra (Apoc. I). Lo cual el profeta Isaías explica abiertamente cuando, al hablar del Señor que había de nacer en la carne decía: Descansará sobre él el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría e intelecto, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y piedad, y lo llenó del Espíritu del temor de Dios (Is.XI). Había pues siete guirnaldas formadas de hilos en ambos capiteles, y los padres de ambos testamentos, por la gracia recibieron de uno y del mismo septiforme Espíritu para que fueran elegidos.

El texto desborda en imágenes simbólicas y, aun, esotéricas. La fraternidad aparece descripta como la "mutua unión", "la fraterna congregación de los justos" en la fe y el amor, más allá del grado, condición, edad, y "aunque existan muchas cosas secretas entre unos y otros". 
Roza el misterio del número septenario -la interpretación numerológica se mantiene a lo largo de los veinticinco capítulos del libro- y remata con los arcanos contenidos en el Apocalipsis de Juan, preanunciados en las profecías de Isaías

b) Honorio de Autum y las "piedras pulidas"

Honorio de Autum (Honorius Augustodunensis circa 1095 - post 1135), contemporáneo de Teófilo y autor de "Imago Mundi" -también mencionado en el "M. Cooke"- escribe en términos similares en su obra  "De gemma animae".
Para Honorio -al igual que para la mayoría de los escritores medievales-, los templos cristianos son una prefiguración de la Jerusalén Celeste. Su aporte fundamental es que presenta a la arquitectura como la gran herramienta que Dios utiliza para llevar a cabo su plan, de modo que la arquitectura "terrestre" es una continuidad de la "celeste", y el simbolismo de aquélla se corresponde con ésta. Las imágenes de Dios como Arquitecto del Universo, midiendo al mundo con un compás, son contemporáneas a estos autores y corresponden a esta idea.
"…El templo, que el pueblo poseía en paz en su patria -dice Honorio- simboliza, en piedras reales, el templo glorioso construido en la Jerusalén Celeste, en el que la Iglesia exulta en constante paz…  Esta casa está construida con sólidas piedras, la Iglesia aúna la fuerza de aquéllas en su fe y en sus obras. Las piedras se mantienen unidas con mortero y los fieles se unen con el lazo del amor".

Si la arquitectura es la herramienta de los planes de Dios, el templo es el reflejo de su obra que -con sus piedras, sus elevadas columnas, sus vitrales, su mobiliario litúrgico y sus imágenes y ornamentos-  permite al masón que lo construye, tanto como al hombre piadoso que eleva su plegaria desde su interior, captar la armonía universal que reina en él. Para Honorio, las piedras trabajadas y pulidas, colocadas en el templo, son las almas perfectas, a las que define como "homines quadrati".  Son los "hermanos", a los que Beda señala como "grandes y preciosas piedras":
"Sed en generaliter perfecti quique, qui fideliter ipsi Domino adhaedere, et impositas sibi fratrum necessitates fortiter ferre didicerint, his possunt lapidibus grandibus ac pretiosis indicari. Qui bene lapides primo quadrari, ac sic in fundamento poni jubentur. Quadratum namque omne, quocumque vertitur , fixum stare consuevit…"

Cuadrar la piedra. He aquí magistralmente resumido todo el simbolismo del grado de aprendiz.
Junto a los libros de Teófilo y Honorio, circulan por los obradores y las fábricas de las iglesias el manual de Vitrubio, "De Architectura", y la obra de Heraclio, "De coloribus et artibus romanorum", considerada una de las más importantes de los siglos XII y XIII.  Los arquitectos que estudian estos libros persiguen un renovado ideal estético que lleva un mensaje profundamente religioso; las artes figurativas del románico -como ya se ha expresado- incorporan un concepto pedagógico, una forma de transmisión de los modelos bíblicos sobre los que descansa la sociedad cristiana, mediante las imágenes.

La Iglesia es el ámbito en donde el hombre sufre una transformación psicológica; por lo tanto, su construcción, su aspecto externo e interno, los elementos utilizados en el ritual y la liturgia deben provocar en el alma aquel estado de gracia en el que el hombre encuentra su punto de contacto con Dios. De hecho, las propias plantas de las catedrales cruciformes, con sus naves y cruceros, nos recuerdan a Cristo crucificado. El hombre que penetra en el santuario debe salir de él en un estado superior. Y el mensaje debe llegar tanto al corazón del docto cuanto al asombro del simple. Si esta transformación se espera del hombre que ora en el templo, de aquél que lo construye se espera algo más: debe haberse preparado moral y espiritualmente para participar en tan sagrada tarea.

c) "Todos… marchaban hacia la construcción del Templo"

Las obras se llevan a cabo con esfuerzos enormes, en los que participan todos los estamentos de la comunidad. Los monjes son el motor, la fábrica y la principal mano de obra, pero -junto a los monjes- se congregan eclesiásticos, estudiosos, artistas, nobles y también el pueblo, que concurre con sus esfuerzos a desplazar los grandes carretones que trasladan las pesadas piedras desde las canteras. Recordemos nuevamente a Beda:

"Por lo tanto, hubo trabajadores de la Casa del Señor que provenían de los hijos de Israel, los hubo de los prosélitos, los hubo de los gentiles… De este modo, todas las razas de los hombres por medio de las que debía ser construida la Iglesia, marchaban hacia la construcción del Templo. Los judíos, pues, los prosélitos y los gentiles convertidos a la verdad del Evangelio construyen la única y la misma Iglesia de Cristo, sea viviendo correctamente, sea también enseñando..."

Aimon de Saint Pierre sur Dives, en una carta dirigida a sus hermanos del monasterio de Tutbury en 1145, describe con asombro y admiración las imágenes de las gentes unidas a los monjes en el esfuerzo del acarreo:
"...Pero en este espectáculo puede observarse otra cosa maravillosa, que aunque están unidos al carro, mil y aún más hombres y mujeres (tan grande, es en efecto la mole, tan grande es el carro y el peso colocado sobre el mismo) sin embargo se actúa con tanto silencio que no puede sentirse la voz de ninguno, ni siquiera un murmullo. Si no vieras tal multitud con los ojos, podrías pensar que no hay nadie... Luego cuando se detiene en la calle, no se siente resonar otra cosa que la confesión de los pecados y una plegaria para Dios, suplicante y pura, para pedir perdón por los propios errores..."

Similar espíritu puede encontrarse en el texto de una carta del monje cluniacense Hugo, arzobispo de Rouen, dirigida a Teoderico, obispo de Amiens, a propósito de la construcción de Chartres, en la que expresa:
"En Chartres comenzaron los hombres con humildad a tirar cuadrigas y carros para construir el edificio de la iglesia y su humildad fue también acompañada de milagros... Nuestros hombres, entonces, luego de haber recibido nuestra bendición, fueron hasta allí y profesaron sus votos. Entonces igualmente los fieles de nuestras diócesis comenzaron a venir a su madre iglesia con una condición, que ninguno pudiera unirse a su compañía si no se hubiese confesado y no hubiese hecho penitencia, si no hubiera depuesto la ira y el odio, de modo que quienes eran enemigos vinieran todos juntos en concordia y paz duradera..."

León de Ostia (1046-1115), en "Chronica Monasterii Casinensis", al describir los esfuerzos del abad Desiderio por reconstruir la vieja iglesia del monasterio de Montecassino, nos dice:
"A fin de que se pueda admirar mejor el fervor de los fieles ciudadanos, es necesario afirmar que la primer columna fue elevada aquí arriba desde el pie del monte a fuerza de brazos y hombros, y exclusivamente por una muchedumbre de ciudadanos..."

En la misma narración, León hace referencia a las dificultades que encontró Desiderio, a la hora de reunir de entre sus monjes a los técnicos necesarios para la obra. Entonces, hizo venir artesanos de Constantinopla, no sólo para que trabajasen, sino para que enseñaran a los monjes sus técnicas y sus métodos.

(c) Callaey, Eduardo; Ordo Laicorum Ab Monacorum Ordine; 2004, (Buenos Aires, Academia de Estudios Masónicos)


                                                                                      

lunes, 8 de agosto de 2011

Noticias sobre la Orden de Constructores fundada por el abad de Hirsau



…Nuestras tierras sedientas de luz y de cánticos
Irradiadlas en gracia: que los muertos resuciten!
Una tarde descenderéis en una Europa unida,
Hugo, Wilhelm, Ulrich, revestidos por Juan en santidad
A unir soles latinos, vientos de Alemania
Alma, Fuerza y Esplendor, piedras púrpura o blancos pilares…

Phippe Lalanne Berdouticq



Wilhelm de Hirsau
Noticias sobre la Orden de Constructores fundada por el abad de Hirsau

Introducción

Hace mil años Europa fue testigo de uno de los movimientos espirituales más potentes de la historia del cristianismo. Me refiero al nacimiento y expansión de la reforma cluniacense dentro de la orden benedictina. Su impulso está asociado con la cúspide del arte románico y la actividad constructora de los grandes abades del siglo XI.

Al tiempo que se alejaban las nubes apocalípticas del milenio, la cristiandad aireaba sus raíces, guiada por los monjes de sayal negro que habían salvado la Civilización Occidental y se disponían a construirla de forma renovada. Esa nueva construcción encontró a los abades a la cabeza de un ejército de constructores guiados por su inspiración y su empeño.

No se concibe la construcción simultanea de tantas catedrales, cenobios e iglesias sin una organización cuya complejidad siquiera podemos imaginar.

En los últimos diez años me he empeñado en demostrar que las corporaciones de oficio, las guildas, en fin, la masonería laica medieval, son herederas naturales de aquella organización monacal que no solo ha dejado huellas en la piedra sino que también ha sido prolija en cuanto a legarnos testimonios escritos que avalan su paternidad sobre aquello que nosotros denominamos francmasonería. En su mayoría son fuentes directas, escritas por los propios abades o por testigos de su vida y su obra. Algunas obras, de carácter alegórico, contienen el germen de la simbología masónica tal como la conocemos. Otras, como es el caso de las que analizaremos en este ensayo, son históricas, biográficas o normativas. Están escritas en un lenguaje llano, pero no han sido traducidas del latín a lenguas modernas.

Se encuentran en la Patrología Latina de Migne, en la Monumenta Germaniae Histórica y en la Vetus Disciplina Monastica de Maquard Hergott entre otras compilaciones de documentos medievales. Han sido deliberadamente ignoradas por la historiografía masónica moderna. Afirmo que deliberadamente, pues no son desconocidas por los grandes historiadores masónicos. Así ha quedado demostrado en las páginas precedentes y en las que siguen. La congregación de Cluny, bajo la dirección de San Hugo, prohijó la acción de líderes cenobiales poderosos, caracterizados por el celo con el que aplicaron las reformas y por su capacidad como arquitectos. Tal es el caso de Wilhelm de Hirsau, de Ulrich de Zell –más conocido como Udalrico de Cluny- y de Bernardo de Morland.

Sus acciones tuvieron lugar en el mismo siglo en el que el abad Oliba construía la catedral de Vic y el monasterio de Monserrat en Cataluña y que otras legaciones cluniacenses fundaran en Aragón los monasterios de San Juan de la Peña  y San Victorián de Sobrarbe.

La primera edición de este ensayo data de 2004, y ha sido incluida en mi libro Ordo laicorum ab monacorum ordine. Sus aspectos centrales son:

El análisis del rol que ocupó la Orden de los Conversos Laicos, adscriptos a la reforma cluniacense como pieza clave de las construcciones abaciales. En particular en la denominada Escuela arquitectónica de Hirsau
La incorporación de signos ligados a la construcción en la gestualidad monástica del siglo XI.
La aparición del mandil como objeto distintivo del papel que los magistri caementarii (maestros albañiles) jugaron dentro de la jerarquía monástica.

Esta versión aumentada, agrega una significativa cantidad de nuevos datos surgidos en la investigación de estos documentos, a la vez que confronta las fuentes existentes, demostrando que las mismas se corroboran mutuamente.

1. La abadía de Hirsau

En la primavera del año 838, un grupo de quince monjes, elegidos entre los más calificados discípulos de Rabano Mauro y Walafrid Strabón, marchó desde Fulda hacia el Valle del Nagold, territorio dominado por el conde Erlafried de Calw. A la cabeza estaba Lutpert, cuya misión era establecerse como abad de una nueva comunidad de monjes, en una abadía que el conde -a instancias de su hijo, el obispo Notting de Vercelli- había fundado en 830, en la comarca de Hirsau. De este modo, los abades de Fulda y Reichenau, poderosos exponentes de la expansión monástica en suelo alemán, estaban decididos a convertir a este monasterio en un nuevo centro de irradiación espiritual. Lutpert y los quince hermanos elegidos debían hacer de aquel lugar el sueño de sus maestros.

La construcción de la iglesia abacial llevaba demorados ocho años. Dedicada a San Pedro, tendría como reliquia al cuerpo del obispo armenio San Aurelio, trasladado desde Italia a instancias de Notting. Mientras tanto, a la espera de una paz definitiva, aquellos huesos permanecían en el oratorio de San Nazario, en Calw.

El acontecimiento inaugural debió estar rodeado de pompa y solemnidad. Junto con los monjes de Fulda, arribó a Hirsau el arzobispo de Maguncia, Otgar y -en su presencia- el conde Erlafried hizo la donación formal de la abadía, junto con sus tierras aledañas y otros beneficios y rentas, a condición de que Lutpert garantizara que la nueva comunidad trabajaría bajo la Regla de San Benito.

Por más de ciento cincuenta años, Hirsau creció hasta convertirse en un centro de estudio y erudición de tal importancia que su nombre competía con el de sus abadías madres de Fulda y Reichenau. Pero, junto con las sombras que traería consigo el fin del milenio, llegaría para la abadía un tiempo doloroso. Los eruditos coinciden en que una inusual combinación de circunstancias adversas precipitó la ruina de aquel primer monasterio de Hirsau. La más dura de todas fue, sin dudas, la peste que asoló las tierras de Calw en 988. La devastación de la comarca hizo que sesenta monjes, incluyendo a Hartfried, su abad, abandonasen el lugar. Sólo doce permanecieron en la abadía, y decidieron elegir un nuevo líder. Otra calamidad cayó entonces sobre Hirsau: Unos sostenían la elección de Conrado, un hombre de dura disciplina, apoyado por el obispo de Spyra. Otros, en cambio, partidarios de una disciplina más relajada, apoyaban a Eberhard, el capellán, quien a su vez contaba con el beneplácito del conde de Calw. Ninguna parte cedía a la otra, lo que derivó en un lamentable conflicto armado que culminó con la abadía sometida a pillaje, los monjes dispersos y la valiosa biblioteca destruida.[1]  Durante sesenta años el lugar fue un sitio de ruinas y desolación.

Pero los benedictinos -en medio de tensiones crecientes en el seno de la Iglesia, y entre ésta y el Imperio- no olvidaban Hirsau. Se trataba de un monasterio emblemático que no podía permanecer en ruinas.

Su importancia queda expuesta en el hecho de que tres papas impulsarían su reconstrucción. El primero fue León IX (1049-1054), que para algunos era hermano y, para otros, tío de Adalberto, el conde de Calw. El papa ordenó que se reestableciera la abadía en forma inmediata; pero los trabajos avanzaron a un ritmo tan lento que recién en 1065 pudo ser ocupada, a instancias de otro papa, Alejandro II (1061-1073). El tercero, nada menos que Gregorio VII (1073-1085) le daría el impulso definitivo.

El primer contingente enviado con la misión de reestablecer el monasterio fue un grupo de monjes proveniente de la famosa abadía suiza de Einsieldeln -alineada con Cluny-, con su abad Frederick a la cabeza. Pero sería su sucesor, Wilhelm, del convento de Saint Emmeram, quien convertiría a Hirsau en bandera de la reforma cluniacense en Alemania, y le daría renombre y prosperidad a la abadía. Nos detendremos en la figura de este hombre por varias razones:

En primer lugar porque, como ya hemos anticipado, es el autor de las Constitutiones Hirsaugienses, documento liminar de la llamada Orden Hirsaugiense, que surgió como consecuencia de una reforma de la regla benedictina, fuertemente influida por Cluny. Este documento reglamentaría el trabajo de albañiles y constructores que -entre otros muchos laicos con oficios- servían en los monasterios bajo la autoridad de los abades benedictinos. Por tratarse de la primera constitución monástica en la que estos trabajadores son mencionados y su oficio reglamentado, este documento es considerado un antecedente histórico por parte de la masonería alemana.

En segundo lugar, Wilhelm fue el impulsor de un nuevo estilo arquitectónico que pronto se extendería por toda Alemania y se conocería como La Escuela de Hirsau, lo cual, de por sí, demuestra la importancia que para este cluniacense tenían las logias de constructores bajo control benedictino.

En tercer lugar, porque fue una figura clave de su tiempo y actuó políticamente en la llamada "querella de las investiduras", una etapa clave para la comprensión del conflicto entre Roma y el Imperio y, por ende, del proceso de secularización de Europa.

Su intervención en la Iglesia de aquel tiempo parece haber sido de máximo nivel. Amigo personal y uno de los más firmes defensores del monje cluniacense Hildebrando -que más tarde se convirtió en el papa Gregorio VII- contó con el apoyo de éste a la hora de redactar las "Constituciones" e imponer la nueva regla en gran parte del territorio alemán. Se mantuvo en estrecho contacto con Lanfranco de Pavía, arzobispo de Canterbury -otro gran constructor benedictino y pieza clave de la iglesia normanda bajo el reinado de Guillermo, duque de Normandía- quien lo apoyaría en sus ambiciosos proyectos arquitectónicos. Tuvo también sólidos vínculos con San Anselmo, sucesor de Lanfranco en el arzobispado de Canterbury, teólogo, escritor y líder de la Iglesia.

2 . La huella de Cluny

Como he dicho, Wilhelm era un monje del monasterio de Saint Emmeram (en Ratisbona) cuando fue llamado a convertirse en abad de Hirsau en el año 1069. Era un reformista, formado en el espíritu de Cluny.

De su propia pluma sabemos que, cuando se hizo cargo de aquella abadía, sus esfuerzos se concentraron en revertir una situación de cierta "desidia" que afectaba el "rigor monástico" y la "nobleza en la conducta" que pretendía de sus hermanos. Wilhelm  relata la forma en que esta situación comenzó a modificarse:

…Tan pronto como ante mí, en el lugar que fuera, reconocía algo provechoso de ver o escuchar a fin de recomponer las costumbres de los hermanos, o en la lectura de los libros sagrados, reunía todo esto como si fueran piedras para la construcción del edificio espiritual…[2]

Según parece, durante un prolongado período permaneció en la abadía Bernardo, abad de Massilia[3], delegado personal del pontífice, a quien Wilhelm define como "hombre admirable". Bernardo supo reconocer la particular disciplina que se había impuesto en la abadía y recomendó que ésta se pusiese bajo los auspicios del "cenobio cluniacense, en donde tanto por la autoridad de los más perfectos monjes, como por la antigüedad monástica, allí se desarrolla esa vida piadosa de la fortaleza y la gloria…"[4]

De regreso a la Sede Apostólica, el propio Bernardo pasó por Cluny y recomendó a sus autoridades que atendiesen las necesidades de la creciente comunidad de Hirsau. Mientras esto ocurría, llegó a la abadía un monje cluniacense, Udalrico[5], quien, por asuntos de su monasterio, se encontraba en Alemania junto a un grupo de hermanos de la misma orden.  Vista la disposición que encontró, se puso a trabajar de inmediato con los monjes de Wilhelm, en la elaboración de una nueva regla adecuada a aquella comunidad monástica. De ese trabajo surgieron las Constituciones que reformaron una inmensa cantidad de monasterios en toda Alemania, colocándolos bajo la nueva disciplina.

La reforma cluniacense, con la que la Iglesia trataba de alejarse de una decadencia lacerante, ganaba defensores y los propios papas entendían que debían ponerse a la cabeza del movimiento reformista. León IX había dado un paso importante estableciendo la Institución del Colegio Cardenalicio como autoridad eclesiástica universal, con lo cual intentaba evitar la continua intervención de los emperadores del Sacro Imperio en la elección de los papas. Era sólo el comienzo de un duro conflicto que, pocos años más tarde, estallaría bajo el papado de Gregorio VII dispuesto a establecer su autoridad absoluta y acabar con el problema de las investiduras de feudos eclesiásticos que el emperador concedía a los laicos.

El emperador Enrique IV había reaccionado con dureza contra esta decisión enfrentándose a Gregorio. Durante el conflicto- resuelto momentáneamente en el castillo de Canosa con la humillación del emperador- Wilhelm permaneció aliado de la política del papa, mientras que Spyra y Maguncia -las dos sedes episcopales más cercanas a su abadía- respondían al monarca.

La participación activa de Wilhelm de Hirsau en el conflicto entre el Imperio Alemán y el papado, está fuera de toda duda. Se lo considera el más leal defensor de la causa de Gregorio VII en Alemania y se cree que su viaje a Roma, en 1075, selló definitivamente la alianza con el papa, de quien -como ya hemos dicho- era amigo personal, con anterioridad a que éste ocupara el trono de Pedro.

En 1077, Rodolfo de Rheinfelden -líder de la oposición a Enrique IV- lo visitó en Hirsau. Años más tarde -en 1081- Wilhelm trabajó -junto al obispo Altmann de Passau- en la fallida elección de un nuevo rey que fuese aliado de la Sede Apostólica.
  
Aun en medio de esta compleja situación, este notable monje no sólo tuvo tiempo y energía para crear una nueva orden y reconstruir los alicaídos edificios de su abadía, sino que erigió otros siete monasterios, hermanados bajo la misma regla. Estos centros monásticos estaban diseminados en el vasto territorio alemán, en las regiones de Richenbach, Turungia, Babaria, Suavia y otras localidades.[6] 

Para llevar adelante este esfuerzo debió contar con una poderosa fuerza de constructores y una refinada logística profesional. Parte de esta fuerza la buscó en Inglaterra, en donde su amigo Lanfranco había puesto en marcha la construcción de decenas de grandes iglesias.[7]  Conviene describir brevemente quién era este hombre.

Nacido en Pavía, Lanfranco se había trasladado a Le Bec en 1045, en cuyo monasterio asumiría el cargo de Prior. Allí organizó una escuela de la que salieron decenas de renombrados arquitectos y constructores benedictinos de Normandía. En 1063, el duque Guillermo lo convocó a la fundación del monasterio de Caen. Posteriormente, sería enviado a Canterbury en donde demostraría su capacidad y genio para proyectar y organizar las grandes obras de los normandos.

Las primeras construcciones monumentales del arte románico inglés, edificadas a partir de 1070, se hicieron bajo la supervisión de este italiano, que había comenzado a dirigir la Iglesia inglesa como arzobispo -y primado- en ese mismo año.[8]  Una gran cantidad de catedrales e iglesias se estaban edificando en la Isla Británica, y los benedictinos estaban al frente de muchas de esas obras. Las catedrales de Canterbury, Sherborne, Winchester y Worcester estaban gobernadas por benedictinos, mientras que otras tantas los tenían como maestros de obras: Herfast, en Norwich; Guillermo, en Durham; Rochester, bajo la dirección de Gundulf, que también había construido la White Tower, residencia y fortaleza de Guillermo el Conquistador, en Londres.  Lanfranco tenía un control directo sobre el desarrollo de estas construcciones, por lo que se deduce que muy bien contaba con la gente que necesitaba Wilhelm en Alemania. Sin embargo, no era suficiente.

El impulso arquitectónico que traía consigo la nueva reforma hirsaugiense demandaba, sin dudas, una importante mano de obra. En poco tiempo decenas de monasterios se encontraban reformados bajo la regla de Hirsau y, otros tantos, en construcción. Ni los monjes cluniacenses ni los refuerzos enviados por Lanfranco, desde Inglaterra, bastaban para los planes de Wilhelm.

La solución fue relativamente simple. Incorporar a sus filas una mayor cantidad de constructores y obreros laicos e incrementar la formación de arquitectos y técnicos. Pero para ello era necesario crear una figura adecuada, un estatus que permitiese asociar un laico al monasterio, asegurándose su obediencia, liberándolo -a su vez- de los votos propios de un monje.

Desde el siglo VII existía la figura del oblato (oblatus), nombre que se le daba a quien había sido ofrecido a un monasterio en su infancia.[9]  Según Herrero Llorente, esta denominación se aplicaba a los niños que eran ofrecidos a los monjes en sus monasterios, bien para su educación o para que permanecieran en ellos de por vida. Al convertirse en una práctica creciente fue necesario establecer algunas reglas y limitaciones. En el Concilio de Toledo, llevado a cabo en 633 se estableció esta proposición: Monachum facit aut paterna devotio aut propria professio (Al monje lo hace, o la consagración del padre o su propia profesión)[10]. Ese mismo Concilio prohibió aceptarlos antes de los diez años y les garantizó el permiso para abandonar el monasterio, si así lo deseaban, cuando llegasen a la pubertad. De una manera u otra, el oblato ingresaba en el monasterio siendo un niño. Wilhelm necesitaba asociar laicos diestros en oficios ligados a la construcción o capaces de aprenderlos.

Para ello utilizó las figuras del hermano converso (frater conversus), nombre con el que se denominaba al laico que servía en un monasterio sin hacer profesión de votos[11], y del hermano barbado (frater barbatus)[12], una suerte de auxiliar de los maestros de oficio, que, al no rasurarse la barba, se distinguía del converso. Estas figuras, de hecho, ya existían, pero no estaban reglamentadas.

De acuerdo a los anales de la Orden Cistercience, San Romualdo ya había organizado servidores legos en Camaldoli hacia 1012 y san Pedro de Amiano en Fonte Avellana hacia mediados del mismo siglo. Pero fue san Juan Gualberto, fundador de Vallombrosa, quien llamó conversi a sus auxiliares seglares, nombre que también usarían los cistercienses para los hermanos legos. El Cister admite que, independientemente de estos antecedentes italianos, la congregación reformada de Hirsau dio también a sus servidores laicos un estado religiosos preciso, y popularizó la idea con tal éxito, que todas las demás órdenes y congregaciones reformadas, fundadas poco antes o poco después de los cistercienses, adoptaron la institución de una u otra forma.[13]

La misma fuente reconoce que el trabajo de construcción y reparación de edificios fue una de las tareas más importantes, además de la rutina diaria de sus habituales ocupaciones.[14]

Paul Naudon lo explica así:

Los laicos se hicieron constructores sólo después que hubieron recibido la instrucción de los frailes. Durante mucho tiempo, otras razones impidieron la constitución de las asociaciones laicas, independientes de los conventos y éstas eran la inseguridad de la sociedad en la Edad Media y la imposibilidad jurídica de constituir asociaciones fuera de la iglesia. No sólo el estado social, económico y político no permitía la formación de tales asociaciones sino que también, donde las agrupaciones profesionales derivadas de los colegios habían podido subsistir, fueron constreñidas por las circunstancias a colocarse bajo la tutela de los conventos. Fuera de los frailes, las asociaciones monásticas agrupaban "hermanos conversos" y obreros laicos…[15]

3.- Las Constituciones Hirsaugienses

La forma en la que estos conversos y laicos quedaban adscriptos al monasterio fue determinada en las Constituciones Hirsaugienses en las que, entre muchos otros oficios, quedaba incluido el de maestro masón (magister caementarius).  La Regla establece hasta los signos distintivos para cada actividad u oficio, dentro de la Orden. A los maestros masones les asigna el de colocar puño sobre puño -varias veces- como si simularan construir un muro.[16]  En tanto que a los laicos auxiliares les corresponde como signo tomarse el mentón con la mano derecha, como estirando la barba probablemente en alusión a su condición de fratres barbati.[17]


Codex Hirsaugiense

Por tratarse del primer documento medieval en el cual se reglamentan estos oficios, aún asociados a la jurisdicción monástica, las Constituciones Hirsaugienses pueden ser consideradas como el antecedente de las constituciones de oficios, y en especial de las de los albañiles y canteros. Constituyen, asimismo, un nexo fundamental entre los masones benedictinos y los masones laicos en Alemania.

Las Constituciones Hirsaugienses son consecuencia de las Cluniacenses y de las reformas emprendidas por San Hugo. Sabemos que Bernardo de Morland (abad de Massilia) y Udalrico de Cluny[18] participaron activamente en la conformación de la Regla Hirsaugiense. Sin embargo ni en las constituciones redactadas por Udalrico ni por Bernardo[19], se introducen capítulos dedicados a los signos específicos para los denominados fratres convesi y fratres barbati.

Apoyando lo anterior cabe destacar que las Constituciones Hirsaugienses agregan a la gastualidad monástica dos capítulos singulares: De Signi Aedificorum y De Signi Ferramentorum, circunstancia que demuestra la importancia que el abad Wilhelm le daba a estos oficios.

Pero el documento más contundente es la biografía del abad realizada por su discípulo Haymon, escrita antes de que expirara el siglo XI. Más allá de la extraordinaria vida de Wilhelm, su biógrafo es preciso cuando afirma que, aparte de los ciento cincuenta monjes que vivían en el cenobio hirsaugiense bajo las directivas de su abad, había otros hermanos, conversos y barbados, que se destacaban principalmente por su pericia en el manejo de las máquinas y herramientas de la construcción, habiendo sido fundamentales para la construcción de cenobios, monasterios e iglesias en todo el ámbito de influencia del extenso territorio bajo jurisdicción de la abadía de Hirsau. Conocemos la definición que hace San Isidoro del vocablo maciones (masones) como derivado de machinas.[20]Su acepción medieval ligada a la construcción es indudablemente andamio. Cuando se menciona a las artes mecánicas, se está hablando de machinas, artificios para la construcción.  Veamos el texto de Haymon:

Además de los ciento cincuenta monjes que dijimos vivían en el monasterio Hirsaugiense gobernados por el beato Wilhelm, había ciertos hermanos, llamados barbados o conversos, que se concentraban sin descanso en realizar las tareas manuales a fin de cuidar y proveer lo necesario a los monjes dedicados a la vida contemplativa.

De ellos dice Tritemo: eran habilísimos operarios en todas las artes mecánicas, y muy diligentemente consumaron todas las estructuras cenobíticas hasta en sus mínimos detalles... y construyeron el monasterio y sus iglesias (como lo muestran las esculturas de piedra que hoy se ven) y  dispusieron con gran belleza todo el edificio. Y todos recordamos que no fueron sino los conversos o monjes barbados los que armaron los vestuarios, elaboraron los cueros, hicieron zapatos y cualquier otra cosa de uso monacal, sin necesidad de seglares, ni de contratados, ni de técnicos[21].

Fue el mismo santo abad Wilhelm el primero quien en realidad instituyó este orden de conversos, con cuya ayuda fundó tantos monasterios y mereció la alabanza de haber logrado cumplir todos y completos los requerimientos de los monjes.[22]

Introducción a la Vida del Abad Wilhem de Hirsau
Monumenta Germaniae Historica

De allí que luego de revisados estos textos apoye las afirmaciones de Danton que en su Historia General de la Masonería, escrita en el siglo XIX, expresa que la orden masónica tendrá que reconocer siempre como fundador de las logias al conde palatino de Seheuren, Wilhelm de Hirsau. [23]

En efecto, Wilhelm de Hirsau no era desconocido para los masones y muy probablemente estos antecedentes hayan sido estudiados en Alemania. La mención de este abad por parte de Marcial Ruiz Torres en su Libro del Maestro es contundente: El abate Wilhelm von Hirsau fue el primero que hacia el siglo XI instruyó a canteros y masones y dotó, además, a su Logia de reglamentos, que sirvieron de modelo a otras logias alemanas... [24]

La masonería andersoniana, que ha puesto especial énfasis en destacar los antecedentes insulares de la francmasonería, ha desconocido por completo las figuras de alcance continental, todas ellas destacados monjes benedictinos como Teófilo, Rabano Mauro y el propio Wilhelm de Hirsau entre otros. La excepción es san Beda, el autor de Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum que es mencionado como fuente en el Manuscrito Cook, Pero cuesta entender por qué la francmasonería inglesa ha ignorado durante siglos su obra De Templo Salomonis Liber siendo que san Beda es uno de los Padres de la Historia Británica.


4.- El Mandil Cluniacense

En el prólogo al Primer Libro de las Constituciones Hirsaugienses -del cual ya hemos mencionado algún párrafo- hay un fragmento que merece la más particular atención. Wilhelm describe el modo como fueron redactadas estas reglas; habla de los personajes que intervinieron y de la profundidad con que estos "secretos" de la reglas cluniacenses fueron tratados; destaca las dispensas que el propio Hugo, abad de Cluny, le concedió con el fin de adaptarlas a las circunstancias e idiosincrasias de la nueva Orden, y menciona haber recibido, como obsequio de parte de los cluniacenses, unos mandiles de provechosa hechura.

La traducción de esta frase resulta controvertida, dadas las distintas acepciones del vocablo latino manipulus, que hemos traducido por mandil. La confrontación de las distintas acepciones resulta crucial, y ciertamente luminosa. A la vez, la definición de este vocablo es gravitante en este contexto, puesto que si existe una insignia que identifica a un masón es su mandil.

La trascripción del fragmento es la siguiente:

Igualmente, por esa época Udalrico, cierto señor cluniacense, permaneció con nosotros por algún tiempo, enviado a Alemania por asuntos de su monasterio. Y ya que era, desde mucho tiempo atrás, muy cercano a nosotros, y formado por una gran experiencia en las reglas de Cluny, le rogamos para que nos transcribiera sus costumbres. Aceptó, se comprometió a ello, y como había prometido, redactó para nosotros dos pequeños libros acerca de estas costumbres. Más tarde, como considerábamos que en aquellos libros faltaban muchas cosas para abarcar el conocimiento completo de aquellas reglas de conducta, dispusimos en primer lugar de dos de nuestros hermanos y más tarde de otros dos, y por tercera vez de nada menos que de dos cluniacenses: ellos estudiaron en un tan atento examen todos los secretos de aquella orden, que sus propios maestros, en cuya audiencia leyeron las reglas puestas por escrito, aseguraron que nunca otros discípulos de ese colegio espiritual habían entendido la doctrina de su orden más plena y verazmente. Finalmente, en el momento en que partían, trayéndonos con alegría unos mandiles [manipulos] de provechosa hechura, recibimos a través de ellos la disposición del señor Hugo, venerable abad de Cluny, de que por su autoridad, una vez que nuestros señores hubiesen acordado su parecer y de acuerdo con lo que manifiesta el propio proyecto de la obra, si hubiese algún elemento inadmisible acerca de aquellas costumbres, tomando en cuenta el modo de vida del país, la situación del lugar y las condiciones de la época, lo quitáramos, si algo debía ser modificado, lo modificáramos, si algo debía agregarse lo agregáramos.[25]

Según el diccionario de la Real Academia Española:

Manípulo (lat. manipulus). Ornamento sagrado de la misma hechura de la estola, pero más corto, que por medio de un fiador se sujetaba al antebrazo izquierdo sobre la manga del alba.

Niermeyer[26] lo traduce como una especie de toalla con la que el sacerdote secaba su transpiración -towel for a priest to wipe off perspiration-, pero en la 3ª acepción lo define como un delantal -apron, pinafore- haciendo referencia específica de las Consuetudines Cluniacenses, y utilizando el mismo término que define al mandil en inglés: apron.

Aquí cabe añadir un hecho importante. La fuente que estamos utilizando son las propias Constituciones Hirsaugienses, contenidas en el vol. CL de la Patrología Latina. Sin embargo Niermeyer refiere como ejemplo de la  acepción mencionada a la versión de las Consuetudines Cluniacenses escritas por Bernardo de Morland, publicadas por Marquardi Herrgott, que tenemos ante nos.[27]

Veamos quien era Bernardo de Morland[28] según las propias palabras de Wilhelm:

Mientras encomendaba con delicadas plegarias mi propósito a aquel que colma de bienes el anhelo de sus fieles, Dios, que ordena todas las cosas de modo admirable y con misericordia, aquel hombre admirable, digno de la memoria de todos los hombres de bien, Bernardo, abad de Massilia, que cumplía con la embajada ordenada por la sede apostólica, llegó a nosotros y permaneció casi un año entero en nuestra compañía, retenido a causa de la dificultad de realizar el viaje de vuelta, que era lo que deseaba.

Él, después de considerar atentamente la conducta de los hermanos y la situación de nuestro monasterio, un día, entre otros temas sobre los que conversábamos, se dirigió a mí de este modo: "Según veo, queridísimo hermano, este lugar es apropiado al comportamiento monástico y los mismos hermanos parecen arder en el muy denodado esfuerzo de vivir santamente. Pero sobre todo querría saber qué maestros de vuestro establecimiento tenéis y, principalmente, de cuál monasterio derivan las costumbres que observáis"

"Nos empeñamos -respondí- en imitar a cualesquiera religiosos de esta vida como influencia para nosotros; pero, si os dignáis a reconducirnos a la recta senda en el caso que nos desviemos en algún aspecto, lejos de toda duda, a donde quiera que nos conduzcáis con vuestra mano de sabio consejo, con toda predisposición os seguiremos".

A estas palabras respondió: "Vuestra conducta, hasta donde mi humilde agudeza puede penetrar, parece aceptable para Dios y es admiración de todos los hombres verdaderamente sabios. Pero si fuera en este punto más ilustre y, por decirlo así, se distinguiera alumbrada por las virtudes y milagros apostólicos, sin embargo no les resultaría agradable y aceptable en ese mismo grado, a menos que la tonsura llegue a ser adoptada en sus hábitos recurriendo a las otras costumbres monásticas, conforme a las reglas de la Iglesia y a los restantes principios de conducta. Pero entre todos los monasterios de la Galia Cisalpina, si me pedís nuestra opinión, os aconsejo que elijáis sobre todo el cenobio cluniacense, en donde tanto por la autoridad de los más perfectos monjes como por la antigüedad monástica, allí se desarrolla esa vida piadosa de la fortaleza y la gloria, de modo que si en otros monasterios parece haber algunas huellas de la santidad, no hay dudas de que éste, como de una cierta viva e inagotable fuente, emanan cada uno de aquellos arroyuelos".

Mientras con estas palabras y con otras razones parecidas este hombre, como suele decirse, nos dio ánimo para la vida presente, una vez que la embajada por la que había venido hubo concluido, se marchó, y cuando volvía, al pasar por Cluny, nos encomendó cordialmente al padre del monasterio, y nos confió al anciano tan benévolo, si algo pedíamos de él.

Pues bien, en la obra citada, Bernardo describe a los manipula como delantales que se cuelgan del cuello. Como sabemos, los mandiles eran utilizados por albañiles y maestros de oficio para cubrir su pecho y vientre. Tenían la forma de un delantal colgado del cuello y atado en la espalda; su uso se mantiene en algunos ritos masónicos como es el caso de ciertas ceremonias de la Orden de Maestros Masones de la Marca. Este formato puede verse en numerosos grabados antiguos.

Entendemos que manipulus puede traducirse entonces según el criterio propuesto por Niermeyer, basado en el significado que le asignan las propias Consuetudines Cluniacenses, y las Constituciones Hirsaugienses:  apron, mandil el cual se reafirma en el hecho de que esta Orden ha tenido en la construcción una de sus principales características. Por otra parte ¿Qué significación particular podría tener un delicado sudario entre monjes cuya principal actividad era tan ruda como la de erigir monasterios, iglesia y catedrales? ¿Por qué destacaría Wilhelm  de Hirsau un utensilio litúrgico en el prólogo de una Constitución, cuya principal característica –en lo que hace a nuestro propósito- es que justamente incorpora a conversos, maestros de oficio y reglamenta su actividad?

Probablemente estamos en presencia de un muy antiguo documento que otorga al "mandil" una significación particular en el seno de una Orden de constructores.

Es una oportunidad importante para aclarar algunas críticas que he recibido respecto del rol que le atribuyo a Wilhelm de Hirsau en la formación de la protomasonería medieval. Dudas que son atendibles dada la nula bibliografía sobre la cuestión, salvo los documentos medievales contenidos en la Patrología Latina, la Monumenta Germaniae Historica y otras publicaciones especiales como la Vetus Disciplina Monastica editada por Herrgott. Todas estas obras son del siglo XI.

Me han señalado que resulta un anacronismo hablar de logias benedictinas. En cierto sentido esta expresión adolece de un problema de interpretación. Si la he utilizado con anterioridad fue con el objeto de describir de la manera más cruda que estas estructuras bajo dependencia monástica, creadas por el abad Wilhelm bien podían considerarse como protologias y –en su conjunto- una verdadera protomasonería. De hecho estoy convencido de que así lo fueron.

Del mismo modo, estas estructuras no podrían haberse consolidado sin una doctrina cristiana, concebida y desarrollada, específicamente, como un programa de instrucción aplicable a aquellos hombres que emprendían la construcción de un lugar sagrado.



[1] The Catholic Encyclopedia, Volume VII  (Robert Appleton Company, 1910;  K. Knight, 2003).
[2] Constituciones Hirsaugienses, Prólogo al Primer Libro. PL Tomo CL Columna 927.
[3] Actual Marsella, capital de la Galia Narbonesa en tiempos romanos.
[4] Constituciones, Ibidem.
[5] Nos referimos a Ulrich de Zell (1029-1093), educado en el monasterio de Saint Emmeram, en donde forjaría una amistad con Wilhelm que se prolongaría toda la vida.
[6] Puede consultarse al respecto un extenso artículo en el Vol. V de la "New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge", p. 296.
[7] Un detalle de los mismos puede encontrarse en Vita Beati Wilhelmi, escrita por su discípulo Heymone; P.L. CL pp. 891-892
[8] Die Freimaurer, Lennhoff, Eugen, y completado por Posner  (Leipzig, 1928) En la "Freemasons Guide and Compendium", escrita por Bernard E. Jones (Londres, 1950), se hace referencia a que el "Arte" llegó a Inglaterra con los normandos en el siglo XI. Con Guillermo, "el Conquistador" llegan los artesanos normandos que ya habían dejado obras en el norte de Francia y rehacen desde los cimientos, la catedral de Canterbury. La piedra angular del arco o freestone  usada en Normandía, debe haber dado nombre a los operarios. Cuando nos llamamos  freemasons  debemos escuchar para atrás - dice B.E. Jones - y oir la voz que identificaba la " piedra libre " centurias antes, en Francia. Gentileza de Ulrico Rentsch.
[9] Niermeyer, Lexicon Minus.
[10] Herrero Llorente, Víctor-José; "Diccionario de Expresiones y Frases Latinas" (Madrid, Gredos, 1995).
[11] . Ob. cit.
[12] . Ob. cit.
[13] Sitio Web oficial de la Orden del Cister
[14] L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.
[15] Naudon, pp. 48-49.
[16] Pro signo magistri cementariorum, praemisso generali, pugnum super pugnum pone viccisim, quasi simules construentes murum. Constitut. Hirsaug. - Lib I, Caput XXII. P.L. CL col. 953-954
[17] Pro signo Laici, mentum tene cum dextra quasi barbam trahens. Ob. cit. Ibidem.
[18] Udalrico Monacho Benedictino Consuetudines Cluniacenses, PL CXLIX
[19] La obra de referencia es la Ordo Cluniacenses per Bernardum en Vetus Disciplina Monástica, editada en París en 1726 por Marquardi Herrgott O.S.B. (Versión facsimilar Apud Franciscum Schmitt Success – Siegburg, 1999).
[20] Etimologías Caput VIII. DE FABRICIS PARIETUM In fabricis parietum atque tectorum Graeci inventorem Daedalum adserunt; iste enim primus didicisse fabricam a Minerva dicitur. Fabros autem sive artifices Graeci τέκτονας vocant, id est instructores. Architecti autem caementarii sunt, qui disponunt in fundamentis. Unde et Apostolus de semetipso (1 Cor. 3,10) 'Quasi sapiens' inquit 'architectus fundamentum posui.' Maciones dicti a machinis in quibus insistunt propter altitudinem parietum.
[21] El diccionario medieval dice servitium, -i 1 i.q. status serviendi, servitus 2 i.q. ministerium, officium
[22] Praeter hos centum et qinquaginta monachos, quos in hirsaigiensi cenobiuo sub beati Wilhelmi disciplina vixisse diximus, alii erant fratres, barbati seu conversi dicti, qyu laborum manuum potissimun insistentes, monachorum contemplationi deditorum sustentationi necesaria providere curabant.
Ex his inquit Trithemius, erant omnium artium mechanicarum peritissimi operators, qui omnes totus cenobii structuras suis minibus summa diligentia consummaverunt… qui monasterium, simul et ecclesiae (ut in sculptura terrium hodie cerentur) totius aedificium pulchra dispositione construxerunt. Vestiarii quoque, coriarii, calcearii, quidquid artificio ad usum claustralium requiritur, non saeculares, non mercenarii, non servidores conducti , sed conversi vel monachi barbati fuisse omnes memorantur.
Hunc vero conversorum ordinem sanctus ipse Wilhelmus abbas in Germania primus instituit , quorum laboribus ajutus tot monasteria fundavit, et omnes  omnes monachorum necessitates laudabiliter adimplevit.  Puede consultarse el texto completo de Haymon en PL CL Vita Beati Wilhelmi col. 889
[23] Danton, Historia General de la Masonería (Barcelona, Jaime Seix, Editor; 1893) Vol. I, p. 61.
[24] Libro del Maestro Masón. Este importante manual fue escrito por el recordado maestro Marcial Ruiz a pedido del Gran Maestre Rolando Riviere y editado en 1982 por la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, bajo el gobierno masónico de Carlos Wilson (Gran Maestre) y Alejo Neyeloff (Pro Gran Maestre).
[25] PL Ob. Cit. ibidem
[26] Niermeyer, Ob. Cit.
[27] Vetus Disciplina Monastica, cura et Studio: Marquardi Herrgott, Siegburg 1999, facsímil de la edición de 1726. 
[28] Ya lo hemos mencionado como Bernardo de Massilia (Narbona).