Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

jueves, 31 de marzo de 2011

La búsqueda de una identidad masónica

Ferdinand de Brunswick y Lunnebourg, Duque de Brunswick, primer Gran Maestro de la Orden Rectificada.

“...No te concedas descanso mientras no se haya reconstruido
en ti esta Ciudad Santa, tal como debería haber permanecido siempre
si el crimen no la hubiese derribado...”

Louis-Claude de Saint Martín
“El hombre Nuevo”


La larga herencia escocesa

En la búsqueda incesante en los pliegues siempre esquivos de nuestra historia masónica, la influencia escocesa, expresada en infinidad de grados y ritos, es un desafío apasionante. Es por ello que en este breve artículo propongo al lectos volver por un momento al siglo XVIII y analizar el origen de esta particular característica de nuestra Orden. En varios trabajos dedicados a la tradición iniciática en la francmasonería, he hecho referencia a la importante presencia de la tradición hebrea –especialmente la cábala- junto con las corrientes rosacruces y la filosofía hermética en el esoterismo masónico.

Estas escuelas se expandieron con fuerza en la segunda mitad del siglo XVIII, conformando una serie de ritos que alcanzaron un inusitado protagonismo en las logias continentales, no sólo en Francia sino también en el resto de Europa, desde Portugal hasta Rusia. Su influencia creció a ritmo vertiginoso hasta chocar contra las corrientes racionalistas de fines de siglo, cuya ideología se vería beneficiada por el avance de la Ilustración, el triunfo de la Revolución Francesa y el nacimiento de una nueva era, signada por la dictadura de la razón.

Mientras Europa se volvía enciclopedista e ilustrada, la francmasonería debatía acerca de su futuro y su rol en el mundo. En líneas generales, puede decirse que los masones de la segunda mitad del siglo XVIII estaban divididos en dos grandes corrientes.

La primera, que podríamos definir como el modelo inglés, surgido de la primera Gran Logia de Londres, se limitaba a perpetuar la tradición de los antiguos canteros y se organizó con la actual estructura de los tres grados tradicionales de la masonería simbólica: aprendiz y compañero en la primera etapa, a los que luego se sumó el de maestro. En principio sólo se denominaba maestro al que gobernaba la logia, hasta que luego fue asimilado como un nuevo grado con su propia simbología y liturgia.

La segunda corriente había desarrollado una tradición escocesa, marcadamente cristiana y diferenciada de la inglesa por la presencia de una impronta caballeresca vinculada el mito de la supervivencia de la Orden del Temple. Ambos conceptos no tardarían en colisionar en la medida que los maestros escoceses asumieron unilateralmente la misión de vigilar y mantener la pureza de su tradición en las logias simbólicas, en las que, generalmente, trabajaban ocultando su verdadera filiación escocesa y el conocimiento propio de sus capítulos.

Fue una época caracterizada por el permanente desplazamiento de masones, que viajaban de ciudad en ciudad buscando mecanismos y formas de asociación entre las diferentes logias que aparecían por todos lados. Se sucedían los conventos y asambleas en las que se discutía la autoridad y la organización de los distintos Ritos y grados. El principal objeto parece haberse centrado en la conformación de superestructuras que establecieran con claridad el rumbo y objetivo de la Orden.

En ese marco –en el que se dan cita, de manera simultanea, los místicos más notables de la historia moderna- proliferaban los distintos Ritos que introducían aspectos religiosos y esotéricos provenientes de la filosofía hermética, la cábala hebrea, la alquimia y toda ciencia oculta que intentase desentrañar los misterios de la naturaleza. Los magos de Oriente parecían haber regresado -dicho casi literalmente- puesto que muchos de estos personajes –como los famosos condes de Saint Germain y Cagliostro- reivindicaban una edad milenaria y la posesión de los secretos de la inmortalidad y la curación. Los masones habían reemplazado la piedra franca por la piedra filosofal.

Las corrientes esotéricas eran cada vez más fuertes en las logias de Francia, Alemania y el Imperio, mientras que la masonería templaria alcanzaba su apogeo, gracias al esfuerzo de los escoceses por introducir los Altos Grados. Pese a los desvelos de muchos masones honestos, no había podido evitarse la aparición de personajes perniciosos que –explotando la credulidad de otros tantos dispuestos a adherir a las teorías más inverosímiles- contribuyeron a crear un clima de desorden y confusión que afectaba el rumbo de la Orden.


De las tabernas a los templos

Nació así la necesidad, claramente percibida por un conjunto de grandes líderes franceses y alemanes, de aunar esfuerzos con el fin de encontrar un sentido definitivo a la francmasonería; un espíritu común que aglutinase a los sinceros masones, dotándolos de las herramientas que les permitiesen el desarrollo de una masonería espiritual que restaurara la condición trascendente del hombre.

Se pretendía consolidar la idea de una masonería superadora de la mera actividad social, filantrópica y epicúrea que afectaba a gran cantidad de logias. Pero no todos los masones consideraban adecuado este giro hacia posiciones esotéricas. En una reciente publicación, el Gran Oriente de Francia se refiere a aquella época en estos términos por demás elocuentes: “...A lo largo del siglo XVIII la francmasonería logra imponerse como un centro de unión y ‘un medio para consolidar una amistad sincera entre personas que de otra forma, jamás hubieran podido alcanzar fraternidad entre sí’ y, tal como lo dice la constitución de Anderson, sigue siendo un lugar de sociabilidad mundana y festiva...”

Es un hecho ampliamente conocido que numerosas logias masónicas se entregaban a festejos excesivos en las tabernas en las que se reunían y a las que algunos autores no dudan en calificar de burdeles. Acertadamente ha dicho Lucía Gálvez que su perfil estaba más cerca del de Falstaff que del de Sarastro.

Entre 1730 y 1750 se produjo una sucesión de escándalos que afectaron gravemente la reputación de los francmasones, exagerados en gran parte por la aparición de algunas obras que pretendían develar los verdaderos misterios de la hermandad. En 1723 apareció en Londres un panfleto titulado El gran misterio de los masones descubierto, documento precursor de una acusación que sería utilizada tanto por los enemigos de la Orden como por los masones antirreligiosos: “Que los dirigentes de las logias eran jesuitas disfrazados…” En 1730 apareció la obra de Samuel Pritchard, La masonería disecada, que dejaba a la fraternidad bastante mal parada y obligó al propio Desaguliers a responder ese mismo año con su famosa Defensa de la masonería.

Esto no impidió que hasta se publicara un libro sobre la ebriedad de los masones cuyo título lo dice todo: Ebrietatis encomium y que se cantaran en París y Londres famosas canciones referidas a este supuesto hábito de los hermanos. Más allá de la crítica insidiosa, las burlas públicas no hacían más que reflejar el relajamiento de las logias. El propio Horace Walpole, masón y primer ministro de Su Majestad británica decía con ironía hacia 1743: “... “La reputación de los francmasones está en su momento más bajo en Inglaterra. No veo otra cosa que una persecución para ponerlos en boga”.

La situación no era diferente en Francia ni en Alemania. Hemos visto en El otro Imperio Cristiano de qué manera el exceso en la incorporación de gente proveniente de la burguesía había llevado a las logias por el camino de la vulgaridad y la grosería, situación que impulsó a los escoceses a crear instancias superiores que controlasen la situación.

Como bien señala Jean-Francois Var “...Los desórdenes en las logias, son en esa época, unánimemente denunciados. De ahí que se produjeran diversas tentativas por parte de los Altos Grados de controlar la situación: Según los Estatutos dictados por la Gran Logia en 1755, los maestros escoceses tenían explícitamente por misión vigilar las logias.”

En su extraordinaria biografía de Jean-Baptiste Willermoz, Var transcribe una carta de aquél, dirigida al barón Carl-Gotthelf von Hund, fechada en diciembre de 1772, en la que -rememorando su ingreso a la Orden, ocurrido veinte años atrás- describe el particular estado en el que se encontraban las logias francesas: “Admitido bastante joven en nuestra Orden, los jefes de la logia que me habían recibido, quisieron recompensar mi celo con un avance rápido en sus misterios. En 1752 fui elegido venerable. El relajamiento bastante común en las logias de Francia se deslizó también en ésta; mi rigidez desplazó a varios, lo que me hizo tomar partido con un pequeño número de amantes de nuestras leyes, y formar otra logia bajo el título de la Perfecta Amistad”.

Los capítulos de maestros elegidos establecidos por los escoceses en la primera mitad del siglo iban justamente en ese sentido, e intentaban dotar al sistema de grados con un contenido que trascendiese esa sociabilidad festiva y mundana a la que se refiere el documento del Gran Oriente.

El propio von Hund hace mención a los esfuerzos de la Estricta Observancia al comparar las logias de su jurisdicción con el resto:

“Estas logias atraen gentes de espíritu, porque éstos no caerán en las mismas extravagancias y en los mismos placeres ruidosos que estuvieron de moda en las logias de Alemania en ese tiempo. La misma logia de Altenburg, que no tiene más que tres grados trabaja con orden y decencia; las otras logias de Alemania son como templos del dios Baco; y si en una u otra se hallan hombres de mérito, se avergonzarán de comparecer en esas asambleas, lo que naturalmente deberá acarrear la decadencia de la Orden”.

Se puede afirmar que todas las corrientes masónicas tradicionales de la época coincidían en la gravedad de esta situación, y la denunciaban.

Pese a la atomización en la que estaban inmersas las corrientes esotéricas y espiritualistas de la francmasonería, la hora hacía necesaria una nueva alianza que asegurase una masonería espiritual capaz de conjurar la decadencia de aquella otra masonería burguesa, cada vez más ajena a las cuestiones inherentes al origen, sentido y destino del alma humana. Pues, después de todo, las corrientes herméticas, rosacruces y neotemplarias compartían una visión escatológica en la que la francmasonería constituía –merced al proceso iniciático- la vía de acceso a una conciencia superior, a la construcción del Templo Interior adecuado a un nuevo espíritu y, en última instancia, a la Salvación.

Nos encontramos todavía en una etapa anterior a la de la masonería de neto corte burgués que encontrará su espacio en los años anteriores a la revolución de 1789. La francmasonería cuya historia intentaremos abordar no está liderada por aquella burguesía de fines de siglo sino por la elite aristocrática del Antiguo Régimen. Sus capítulos y Conventos se reúnen en la intimidad de las abadías, los palacios y las cortes reales; los nobles abrazan con pasión una búsqueda interminable de misterios y milagros; acogen a los más curiosos personajes vinculados a las denominadas ciencias ocultas.

No admiten la alteración del orden social, pero son capaces de actos conmovedores que hablan de un cristianismo militante que entiende del sentido profundo de la caridad y la misericordia. Son hijos del despotismo ilustrado, pero comienzan a comprender la responsabilidad que les cabe en la construcción de un mundo más justo. El duque Ferdinand de Brunswick, jefe de los ejércitos aliados en la Guerra de los Siete Años y Gran Maestre de las Logias Alemanas Unidas reparte dinero a manos llenas. Es tan capaz de prodigar fortunas para obras de caridad como para pagar la comunicación de pretendidos secretos.

Financia interminables expediciones y viajes de interés para la Orden. Erige en Brunswick una escuela gratuita en donde los jóvenes aprenden dibujo, francés y matemáticas. Funda en Praga un asilo para huérfanos y socorre a los montañeses de Sajonia en la terrible hambruna de 1771.

El landgrave de Hesse-Cassel, al igual que Federico el Grande, acoge en su corte a sabios y alquimistas, peregrinos y filibusteros. Allí pasa sus últimos años el legendario Saint Germain, fabricando fluidos mágicos e ilusiones varias. Carl von Hesse-Cassel es un hombre refinado, un caballero capaz de las acciones más nobles sin que por ello deje de ser uno de los mayores proveedores de tropas mercenarias de Alemania.

Paradójicamente, mientras las corrientes místicas alineaban sus fuerzas con miras a una resolución definitiva de las diferencias y controversias que afectaban a los distintos Ritos –una situación que debilitaba al conjunto- crecía en las sombras el veneno de una masonería sin Dios ni espíritu, cuyo fin no era otro que la destrucción de la religión y del régimen monárquico

El choque final de estas fuerzas en pugna tuvo lugar en la ciudad de Wilhemsbad en 1782. Las circunstancias que rodearon aquel acontecimiento, así como los largos años anteriores en los que se desarrolló el proceso previo, conforman una trama de intriga y misterio que supera cualquier novela de ficción. La dimensión de sus protagonistas, sus implicancias políticas y la irrupción de dos visiones opuestas de la masonería, convierten a Wilhemsbad en un campo de confrontación, un momento crucial en la historia de la Orden. Marca el primer acontecimiento de alcance continental que polarizaría en el futuro al campo masónico. Explica, finalmente, el origen de muchos de los acontecimientos que sacudieron a Europa y preanuncia los días trágicos de la Gran Revolución.

Wilhemsbad debería recordarse como el primer Convento masónico en el cual dos concepciones opuestas de la francmasonería expusieron su visión de la Orden y su interpretación de su origen y destino. Fue el preludio del futuro conflicto entre racionalistas y espiritualistas, en un marco que no podría haber sido más simbólico y significativo, porque en Wilhemsbad se enfrentaron, por primera vez los Iluminados de Baviera con los martinezistas. Los primeros propugnaban abiertamente la destrucción del trono y el altar, mientras que los segundos buscaban un nuevo espíritu para la Tradición Occidental.

Fue en Wilhemsbad que se escucharon con fuerza y desparpajo, las acusaciones de los iluminados contra la funesta influencia jesuita en la francmasonería. Y aunque sufrieron una derrota lapidaria, lograron abrir dos frentes que no dejaron de crecer desde entonces: La formación de una masonería anticlerical y antirreligiosa que encontraría su rumbo a partir de la Revolución Francesa y el nacimiento de una masonería concebida como un instrumento político de la nueva religión de la razón.

La masonería antimonárquica y anticatólica derrotada en el Convento de Wilhemsbad emergería victoriosa después de la Revolución Francesa. Mientras que la masonería mística y cristiana, que había derrotado a los ateos en el campo masónico, sería su víctima en los luctuosos años del Terror. El nacimiento de una masonería revolucionaria, sin más dios que la razón, eclipsó a la masonería de los Grandes Misterios.

Desde entonces, ambas corrientes conforman el marco en el cual la francmasonería dirime su gran contradicción: Razón o Tradición. Los ecos de Wilhelmsbad, sus luces y sus sombras aun sobrevuelan las logias masónicas.

jueves, 3 de marzo de 2011

La Masonería y Jano, el dios de las Dos Caras






1.- La Universalidad Masónica

En un mundo signado por los avances tecnológicos, donde el denominado progreso invade los espacios más íntimos de la vida, y el tiempo se acelera al ritmo de las comunicaciones, resulta paradójica la existencia de una organización que aparenta desafiar los siglos y los cambios políticos y sociales. Como una inmensa roca en un mar de tormentas, la francmasonería parece no depender de los avatares de la historia sino ser uno de los factores que la construye.

La francmasonería emerge ante los ojos del historiador apenas se rasga la superficie de los hechos. Bajo el polvo acumulado por los siglos, subyace una historia paralela que atraviesa tiempos y naciones, hombres e instituciones, conformando una red tan heterogénea que evade –con éxito- cualquier intento de clasificación. Algunos autores llegan a afirmar que la francmasonería es a los estados seculares lo que la hiedra al antiguo muro: no podría arrancársela sin dañarlo profundamente.

Esta característica es la que ha dado nombre a la serie que contiene este volumen: El factor masónico. La historia paralela. Un factor que ha influido tan profundamente en la construcción de la sociedad moderna que muchos acontecimientos permanecerían inexplicables si no se asocian con la acción de los masones.

Por cierto que la singularidad enunciada no conforma ninguna novedad. Numerosos investigadores, amigos y enemigos de la Orden, han percibido su capacidad de penetrar en los pliegues más recónditos de la sociedad y dejar allí su huella. Pero más sugestivo aún: han observado su habilidad para atraer a hombres tan distintos y de tan variados campos que resulta inexplicable el hecho de que una sociedad con principios supuestamente tan definidos, sea capaz de contener tanta disparidad. ¿Cuál es el secreto en torno al que se han reunido figuras tan distantes y diferentes entre sí? Sin dudas existe una praxis masónica que hace posible esta convergencia y que permite un vínculo superador de las diferencias coyunturales que marcan la acción de los hombres.

Pero la universalidad masónica tiene algunos límites que vale la pena aclarar desde un principio.

La mayoría de los libros de divulgación masónica ensayan una formula que atrapa al lector, lo engaña y lo confunde: “La francmasonería es una sociedad de carácter universal cuyos principios éticos y su sistema simbólico son capaces de unir a la humanidad en torno a valores que son comunes a todo el género humano”. No hace falta un gran esfuerzo para comprender lo relativo de esta afirmación. La francmasonería no es hoy –y no lo es desde hace siglos- una unidad de principios ni una unidad de acción. Tampoco es un modelo universalizable, puesto que responde a una cultura y una civilización anclada en Occidente y en la tradición judeocristiana. Su influencia se percibe claramente en los estados liberales, en las naciones democráticas y en todas las sociedades que garantizan la libertad de pensamiento. En cambio, ha sido perseguida en los países gobernados por regímenes totalitarios y en las sociedades teocráticas. No es tolerada por el fundamentalismo islámico y solo pudo renacer en los países del Este luego de la caída del Muro de Berlín.

La francmasonería es hoy un conjunto de instituciones de peso en todo el mundo, pero seriamente atomizada en Ritos y en corrientes diversas, sumergida en profundas diferencias que exceden ampliamente aquello que podríamos imaginar como matices. Siendo estas diferencias de naturaleza tan notoria, la comprensión del factor masónico tras la trama de la historia, necesita un marco previo que explique los orígenes de las mismas, pues parecen surgir con el nacimiento de la masonería moderna y pavimentan su propia evolución en los últimos trescientos años. Este segundo volumen de nuestra serie aborda particularmente esta cuestión, partiendo de la premisa de que sin una acabada descripción de estas contradicciones el fenómeno masónico es inabordable.


2.- La Orden Interior

De todos los símbolos que conforman el lenguaje masónico hay uno poco conocido por los profanos[1]. Se trata de Jano Bifronte; una figura mítica que tiene dos rostros. Su origen se remonta al mundo clásico y tiene un profundo sentido cósmico; recuerda los dos aspectos del Sol, ubicados en los solsticios de verano y de invierno, que marcan, astronómicamente, los puntos opuestos de la elipse solar.

El esoterismo cristiano los ha asimilado a los San Juan del Nuevo Testamento: San Juan Bautista, que anuncia al que viene en nombre del Señor, y San Juan Evangelista que anuncia el fin de los Tiempos en el Apocalipsis. La francmasonería conserva entre sus ritos más tradicionales la celebración de las fiestas solsticiales.

Pese a ser un símbolo masónico no tan difundido como la escuadra y el compás, la figura de Jano Bifronte define, como ningún otro, la naturaleza misma de la Orden: Explica el misterio de su dualismo y la naturaleza bipolar de muchos de sus símbolos. Puede interpretarse que una cara mira al exterior, al mundo profano, mientras que la otra mira al interior, al lugar donde el hombre juega su batalla más difícil: La que mantiene consigo mismo. Este significado lo acerca al simbolismo de la mitológica hacha de doble hoja –el laber[2]- con la que el dios Ares-Dionisio cavaba una espiral en el Universo con un filo, mientras que con el otro ahondaba sobre sí mismo, abriéndose camino hacia su propio interior.

Del mismo modo, la historia de la francmasonería puede abordarse desde dos aspectos principales: El de su acción en el mundo profano y el de su historia interior. Si no se conocen ambos campos puede que se nos presente con grandes contradicciones que dificulten su comprensión.

Todas las historias de la francmasonería escritas hasta hoy han sido inevitablemente incompletas o parciales. Algunos autores han compilado prolijamente la sucesión cronológica de Logias, Grandes Logias, Obediencias y Ritos. Otros las han organizado tomando como base a su acción en los distintos países y regiones. Sin embargo, la mayoría de las Historias Generales son parciales. Pues no existirá una historia general de la francmasonería en tanto las Grandes Logias no den a conocer sus documentos. El trabajo en los archivos masónicos puede deparar sorpresas inimaginables, puesto que las logias –pese a su natural secreto- siempre han sido estrictas con sus actas y, en muchas ocasiones, la historia se ha escrito en el seno de las logias. El problema que surge al confrontar los archivos es que, en algunos casos, no se encuentra aquello que se esperaba. De modo que una masonería progresista y hasta agnóstica puede encontrarse con la sorpresa de actas encabezadas a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo y la Santísima Trinidad; o con la existencia de logias operativas cuya acción descifra acontecimientos políticos de naturaleza inexplicable.

¿Cómo pretender, entonces, que el público no masónico -y aún quien recién ingresa a la Orden- comprenda estas contradicciones?

El individuo que se acerca a la francmasonería se encuentra con masonerías varias, Ritos diversos y doctrinas sustancialmente diferentes que varían de obediencia en obediencia[3]. Puede enfrentarse con masonerías marcadamente místicas, que reivindican el hecho religioso como una condición fundamental del marco iniciático. O bien –en el otro extremo- con otras en donde lo religioso no sólo es rechazado sino que también es ignorada toda connotación espiritual en el fenómeno masónico. Puede encontrarse con diferencias aún más perturbadoras: Siendo la iniciación una de las características intrínsecas del ingreso a la Orden, hoy por hoy existen obediencias que ni siquiera mencionan la condición iniciática en sus declaraciones de principios. Sin embargo, no existe condición masónica si no se ha atravesado ese rito de pasaje al que los masones denominamos iniciación.

Las Grandes Logias Regulares se rigen en torno a un conjunto de normas conocidas como los Antiguos Linderos, claramente establecidas en los documentos liminares de la Orden. Las desviaciones a estas antiguas normas han generado masonerías denominadas irregulares, algunas de las cuales no pueden considerarse –dado su alejamiento extremo de las mismas- como verdaderas masonerías.

Hilando aún más fino, el carácter de la ceremonia de iniciación cambiará radicalmente si la consideramos como una simple prueba de valor y resolución –similar a la que practican algunas sociedades políticas, clubes universitarios o pandillas- o si le otorgamos un valor trascendente por su impacto en el alma o en la psique del que se somete a ella. Esto depende, fundamentalmente, de la concepción ontológica que la masonería asume con respecto al hombre.

Considerando que la iniciación masónica ha sido heredada de instituciones mistéricas y religiosas de la antigüedad, no puede entenderse como un simple trámite de ingreso sino que debe valorarse en su real dimensión sagrada. En términos esotéricos la iniciación constituye, en efecto, un rito de pasaje pero con características particulares, pues también pueden entenderse como tales los practicados en algunas culturas primitivas con motivo del ingreso del adolescente en la vida de los adultos e incluso en algunas prácticas religiosas que marcan la llegada del individuo al pleno ejercicio de sus responsabilidades espirituales. La iniciación masónica excede este marco y lo supera.


3.- ¿Sociedad Iniciática o Club Político?

Pero, ¿Cómo compatibilizar, por ejemplo, una masonería que se declara progresista -cuyo sistema está exclusivamente basado en el uso de la razón, a la que se considera como la única herramienta válida para la búsqueda de la verdad- con esa otra masonería que se asume como depositaria de la Tradición que debe ser custodiada y sostenida tal como nos ha sido legada por los grandes maestros del Arte Real?

¿Cómo compatibilizar el misticismo subyacente en la Gran Obra de transmutación espiritual del hombre que propone la masonería tradicional con el ateísmo militante de algunas potencias masónicas cuyo objetivo primordial pareciera centrarse en el imperio de la secularidad y la ciencia positiva por sobre las convicciones espirituales y religiosas?

¿Puede ser la francmasonería al mismo tiempo tradicional y revolucionaria? ¿Puede una sociedad secreta perpetuarse por siglos sostenida tanto por ateos como por religiosos? ¿Es posible comprender el objeto de una sociedad a la que han adherido con igual fervor el racionalista Voltaire y el casi santo Joseph de Maistre? ¿Cómo es posible que se atribuya a la francmasonería el éxito de la Revolución Francesa cuando numerosos masones franceses fueron masacrados por el Terror en el cual –justo es decirlo- también militaban francmasones? De hecho, nada indica que unos y otros pudiesen compartir sus respectivas ideas. Sin embargo, la francmasonería los contuvo a todos. Y en más de una ocasión las logias han sido el escenario privilegiado de grandes acuerdos políticos y sociales de trascendencia histórica. 

Enemigos políticos del más variado signo, eclesiásticos y antirreligiosos, republicanos y monárquicos, anarquistas y aristócratas, vagabundos y embaucadores, todos han encontrado su sitio en la fraternidad.

La francmasonería no entrega sus misterios con facilidad. Sus diferentes sistemas (léase ritos) han sido tan perfeccionados a lo largo de los siglos que resulta casi imposible infiltrarla. Obsérvese que he dicho casi. Como una muñeca rusa, una adentro de la otra se esconde una nueva y diferente versión de sí misma en una sucesión inagotable. Por esa misma causa es necesario que el iniciado la recorra durante muchos años para comenzar a comprender su esencia, su sentido y su objeto. Esto ha dado lugar a una de las acusaciones más corrientes con relación a los masones: Que sólo los que alcanzan los grados máximos conocen la verdadera Orden; que sólo las más altas jerarquías saben a ciencia cierta cual es el fin de la Masonería, mientras que los centenares de miles –y aun millones- de masones que pueblan las logias apenas perciben una versión muy fragmentada y esquiva del Secreto Masónico.


4.- Del Ideal de la Orden a la Orden fragmentada

Pues bien. La realidad es que no todos los masones piensan igual ni actúan de la misma manera, una característica natural en una sociedad que garantiza la libertad de conciencia de sus miembros. Ni siquiera mantienen un orden de prelación en cuanto a sus intereses y objetivos. La francmasonería es, fundamentalmente, una sociedad de librepensadores. Es aquí donde cobra verdadera dimensión el acierto del historiador Alec Mellor cuando dijo, al referirse a la masonería, que “Esta, contrariamente a las ilusiones profanas, no es un bloque homogéneo y monolítico. Pocos medios están tan divididos. La Orden masónica no es sino un ideal, por no decir un concepto. La francmasonería no existe. Sólo existen obediencias masónicas...”

La certeza de Mellor al expresar esta aseveración tan dura no deja de sorprender, pero constituye la clave que permite comprender una historia inasible. Sin embargo Mellor admite la existencia de una Orden ideal, concepto al que le prestaremos particular atención.

¿Los Antiguos Linderos?

Conviene reiterar aquí que por Obediencia se entiende al conjunto de logias que se encuentran bajo una misma jurisdicción y responden a un mismo gobierno masónico. Generalmente funcionan bajo la denominación de Gran Logia o Gran Oriente. De este modo, la Gran Logia Unida de Inglaterra –considerada como la Gran Logia Madre de la francmasonería moderna- es una obediencia regular independiente, al igual que la Gran Logia de España o la Gran Logia de Israel o de la Argentina. Ninguna de ellas está sometida ni territorial ni jurídicamente a ninguna otra. Para que una Gran Logia sea considerada regular, sus miembros deben observar un conjunto de reglas relativas a los antiguos usos y costumbres de la Institución Masónica.

Pese a que existen diferencias en cuanto al número de Antiguos Linderos o Ancient Landmarks, creemos interesante enumerar las veinticinco normas que propone Albert Gallatin Mackey: [4]

Los modos de reconocimiento.
La división de la Masonería Simbólica en Tres Grados.
La leyenda del Tercer Grado.
El gobierno de la Fraternidad por un oficial que preside, llamado Gran Maestre, que es elegido por el Cuerpo de la Orden.
La prerrogativa del Gran Maestre de presidir cada Asamblea de la Orden, doquiera y cuando quiera se lleve a cabo.
La prerrogativa del Gran Maestre de conceder dispensas para conferir grados fuera del tiempo reglamentario.
La prerrogativa del Gran Maestro de conceder dispensas para abrir y mantener logias operativas, llamadas también logias de dispensación.
La prerrogativa del Gran Maestre de hacer masones a la vista.
La necesidad de que los masones se congreguen en logias.
El gobierno de la Fraternidad, cuando está congregada en una logia, por un Maestro (denominado Venerable Maestro) y dos Vigilantes.
La necesidad de que cada logia, cuando está reunida, esté debidamente a cubierto.
El derecho de cada masón a ser representado en todas las reuniones generales de la Orden y de instruir a sus representantes.
El derecho de todo masón de apelar la decisión de sus hermanos, convenidos en logia, ante la Gran Logia o Asamblea General de los masones.
El derecho de todo masón de visitar y sentarse en toda logia regular.
Ningún visitador desconocido para los hermanos presentes o para alguno de ellos, como masón, puede entrar en una logia sin pasar un examen primero de acuerdo con los antiguos usos y costumbres.
Ninguna logia puede interferir en los asuntos de otra logia ni conferir grados a hermanos que son miembros de otras logias.
Todo masón está sometido a las leyes y reglamentos de la jurisdicción en la cual reside.
Ciertas calificaciones necesarias en los candidatos para la iniciación, que deben ser hombres, no mutilados, de libre nacimiento y edad madura.
La creencia en la existencia de Dios como Gran Arquitecto del Universo.
Subsidiaria de esta creencia en Dios es la de la trascendencia del alma, es decir, la creencia en una resurrección a una vida futura.
El “Libro de la Ley Sagrada” constituirá una parte indispensable del mobiliario de la logia.
La igualdad de todos los masones.
El secreto de la Institución.
La fundación de una ciencia especulativa sobre un arte operativo, y el uso simbólico y la explicación de los términos del arte para fines de enseñanza moral y religiosa.
Que estos límites no pueden ser cambiados.

También se consideran obediencias masónicas a los Grandes Orientes irregulares, entendiéndose por irregulares a aquellos que no comparten los mismos usos y costumbres fundacionales de la Masonería Especulativa. Tal es el caso del Gran Oriente de Francia, que en una etapa crucial de la historia de la masonería francesa consideró conveniente abandonar la obligatoriedad del uso del Volumen de la Ley Sagrada (la Biblia) y la doctrina de la trascendencia del alma, modificando de este modo, de manera radical, el carácter trinitario de la masonería primitiva y el concepto ontológico de un hombre constituido por una naturaleza material y otra espiritual y por lo tanto trascendente. Una modificación aún más perturbadora fue la eliminación del concepto de Gran Arquitecto del Universo, una fórmula que permite a los masones reunirse en torno a una idea universal de Dios que trasciende a cada religión en particular.

La cuestión de la regularidad es un tema de por sí complejo, que ha dado lugar a voluminosos tratados y a una materia de estudio para los masonólogos, como lo es el Derecho Interpotencial Masónico. De hecho y más allá de la primera catalogación de los Ancient Landmarks realizada por Albert Gallatin Mackey en 1858, hay inmensas diferencias entre los que proclaman una u otras Grandes Logias regulares.

En 1929, la Gran Logia Unida de Inglaterra aceptó una Declaración de Principios Básicos en torno al reconocimiento de las Grandes Logias, constituida por ocho puntos:[5]

Regularidad de origen: esto es, que cada Gran Logia deberá haber sido establecida legalmente por una Gran Logia debidamente reconocida o por tres o más logias regularmente constituidas.
Que una creencia en el Gran Arquitecto del Universo y Su voluntad revelada será un requisito esencial para la admisión.
Que todos los iniciados prestarán su juramento sobre o en completa presencia del Libro de la Ley Sagrada abierto, por el cual se significa la revelación de la Alto que liga la conciencia del individuo particular que se inicia.
Que los afiliados de la Gran Logia y de las logias individuales serán exclusivamente hombres, y que cada Gran Logia no tendrá relaciones masónicas de clase alguna con logias mixtas o con cuerpos que admiten mujeres como miembros.
Que la Gran Logia tendrá jurisdicción soberana sobre las logias bajo su gobierno; esto es, que será una organización responsable, independiente, con gobierno propio, con autoridad exclusiva e indiscutible sobre la Orden o Grados Simbólicos (Aprendiz, Compañero y Maestro) dentro de su jurisdicción; y no estará sujeta, en modo alguno a dividir tal autoridad con un Supremo Consejo u otra Potencia que reclame dominio o inspección sobre aquellos grados.
Que las Tres Grandes Luces de la Francmasonería (El Libro de la Ley Sagrada, a Escuadra y el Compás) estarán siempre expuestas cuando la Gran Logia o sus logias subordinadas estén trabajando, siendo la principal de aquellas el Libro de la Ley Sagrada.
Que la discusión sobre temas de religión o de política dentro de la logia está estrictamente prohibida.
Que los principios de los Antiguos Linderos, usos y costumbres de la Orden serán estrictamente observados.

Básicamente se consideran regulares a las potencias masónicas que reúnen los principios básicos de reconocimiento y que han sido reconocidas por tres Grandes Logias regulares. Dicho esto, cabe señalar que un masón regular puede llevarse la sorpresa de ser considerado irregular por aquellos masones que él creía irregulares pero que se consideran a sí mismos regulares.[6] Sin embargo, la realidad es que esta norma adquiere características de adhesión cada vez más laxas. En teoría un ateo no puede pertenecer a la masonería regular, aunque hay en la historia infinitos casos de masones que han militado en Grandes Logias regulares aun siendo ateos.

Una obediencia masónica es tal, independientemente del Rito que practique -reconocido o no por las Grandes Logias Regulares- como ocurre, por ejemplo, con el Gran Oriente de Francia, o las Grandes Logias Mixtas o Femeninas o las Grandes Logias del Rito de Menfis Mizraim etc. Sorprendentemente, algunos de estos Ritos se han organizado en su forma actual antes de que lo hicieran los muy regulares Rito de York o el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Cada uno de estos Ritos masónicos tiene sus particularidades, su doctrina y su historia, razón por la cual Mellor tiene toda la razón cuando dice lo que dice. Las posiciones difieren a tal extremo que podemos encontrar ideas sustancialmente diferentes en más de un aspecto. Así ha quedado expuesto en El otro Imperio Cristiano, cuando marcábamos la diferencia entre la masonería británica de principios del siglo XVIII –deísta y protestante- con la de los escoceses exiliados en Francia –católicos y trinitarios-.

A este esquema, de por sí complejo para el público en general, debe agregarse la existencia de los denominados Altos Grados, de cuyo origen ya hemos dado una semblanza en nuestro volumen anterior.

Para comenzar a desgranar este asunto diremos que -fiel al símbolo de Jano Bifronte- la historia de la francmasonería es la de una antigua puja entre quienes niegan la existencia de una Orden Interior y quienes la sostienen. De hecho, todas las Obediencias y Ritos masónicos del mundo aceptan tácita o implícitamente la existencia de grados masónicos ajenos a los tres universales de la Masonería Simbólica, es decir, los tres grados tradicionales de aprendiz, compañero y maestro. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado –practicado principalmente en los países latinos- está conformado por treinta grados adicionales a los tres simbólicos haciendo un total de 33; El Rito de Emulación –de origen británico- admite una serie de ordenes complementarias de las que podemos mencionar, entre las más importantes, la Orden del Santo Real Arco del Templo de Jerusalén, la Orden de Maestros Masones de la Marca, la Orden de los Marineros del Arca Real y los Prioratos de la Orden de los Caballeros Templarios y de Malta. El Régimen Escocés Rectificado, que administra y rige al Rito Escocés Rectificado (la denominada Masonería Cristiana) posee un grado bisagra -el de Maestro Escocés de San Andrés- que actúa como de transición entre los tres grados simbólicos y los grados caballerescos de la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa. El Rito Egipcio ha llevado la división de grados al extremo de organizarlos en más de noventa.

Es también una realidad que las relaciones entre los gobiernos de la Masonería Simbólica y los de los Altos Grados, han sido a menudo tensas y que en muchos países han dado lugar a agrias disputas, provocadas generalmente por la pretensión de los Altos Grados de erigirse como árbitros de la doctrina y censores de las acciones de las Grandes Logias. Existen corrientes masónicas que sólo aceptan la existencia de los tres grados tradicionales, descartando cualquier otro sistema que se atribuya conocimientos o secretos adicionales a aquellos.

5.- Masonería y política

Si la francmasonería no ha sido ajena a las grandes revoluciones ni a los manifiestos liminares de la historia moderna, tales como la Declaración de los Derechos del Hombre o la Constitución de los Estados Unidos de América; si sus hombres fueron brutalmente perseguidos por las dictaduras de todo signo; si los masones conformaron un frente importante en la construcción de una sociedad secular, contribuyendo a la laicización de los estados nacionales; si penetraron profundamente con sus ideales en sociedades absolutamente ajenas a la cultura Occidental, tales como la India, Turquía, Persia, Egipto, Japón y muchas otras naciones, constituyendo allí Grandes Logias e incorporando a sus filas a los líderes emblemáticos de estas naciones, resultaría necio y hasta legítimamente sospechoso sostener que la Masonería no actúa en política.

Sin embargo no es menos cierto que otras obediencias masónicas optaron por centrar su actividad en la dimensión espiritual del hombre, sin generar conflictos religiosos ni políticos, constituyéndose en verdaderas Escuelas de Misterios, reservorios de antiguas doctrinas místicas y métodos tendientes al perfeccionamiento moral y espiritual de sus miembros.

Pese a su evidente irrupción en el ámbito político, las Grandes Logias han negado, en forma sistemática, su responsabilidad política institucional en muchos de los países en los que han actuado, insistiendo en aquella fórmula que reza que la masonería actúa en la sociedad sólo a través de sus hombres. Se ha repetido con tanta insistencia que los masones la hemos terminado creyendo. La realidad es que esta premisa permanece vigente y se respeta en gran parte del mundo masónico, pero no en todo.

En este punto también se percibe una diferencia sustancial entre la masonería regular frente a aquellas obediencias que han tomado posición política y hasta en algunos casos partidista. La masonería regular se prohíbe a sí misma actuar de manera directa en las políticas nacionales en forma corporativa y la discusión partidaria está taxativamente excluida del trabajo en logia. Sin embargo, en la medida que los actores sociales –políticos, líderes sindicales, militares, empresarios, jueces etc.- forman parte de una obediencia masónica, ésta estará en condiciones de llevar a la sociedad los principios en los que sus hombres son instruidos.

Se dirá que son los hombres –y no la institución masónica- los que intervienen en la vida política. Pero así como la Iglesia romana no ha podido separar su rol de faro de la fe del de sus acciones y responsabilidades históricas -que la ubican inexorablemente en el campo de la política- del mismo modo la francmasonería, en tanto praxis moral y modelo de una sociedad posible, no puede sostener que su responsabilidad política se diluye y delega al campo de las conductas individuales de los hombres.

Cuando las Grandes Logias en sus historias oficiales enumeran a los masones que han participado en los actos fundacionales de sus naciones, cuando se establecen orgullosos porcentajes de legisladores, listas de presidentes, selecciones de líderes destacados y las consabidas e interminables columnas de masones famosos, se está enviando un mensaje claro a la sociedad: Este es el poder de la masonería. El peso de estos masones es el que ha marcado los hechos con la impronta masónica, determinando su rumbo.

¿Puede esgrimirse, al mismo tiempo, una actitud prescindente frente a la política? Los teólogos se permiten afirmar que sin política no hay Salvación, otorgándole un poder escatológico. El Opus Dei es la prueba de que la Iglesia Católica ha superado esta contradicción entre religión y política. El iniciado aspira a que la formación iniciática contribuya a la construcción moral de la política; sin embargo, cuando se aborda la problemática sobre masonería y política, nos reducimos al campo restringido de la secularización. Un repaso de la dimensión política de la masonería en el último siglo no excede en mucho el marco profano de la lucha por los espacios de poder por parte de las fuerzas seculares y la cuestión de los derechos y libertades humanas.

Frente a la historia política y social –que es el campo al que debería apuntar una historia masónica de cara a la sociedad- la francmasonería aparece dividida en dos grandes corrientes principales. Por un lado aquella en la que prevalece un aspecto espiritual, la búsqueda interior, la transformación de la conciencia y el acceso a un conocimiento trascendente. Por otro, la masonería progresista, concebida como factor de cambio social, precursora de la democracia, heraldo que anuncia al hombre entre los hombres y a un mundo en el que la fraternidad debería imponerse frente al egoísmo.

¿Son ambos modelos incompatibles? No necesariamente, pero sí muy diferentes. En el primer caso, al prevalecer la concepción iniciática se ponen en juego valores espirituales que actúan en niveles que se escapan del campo racional. En el proceso iniciático el símbolo es una puerta de acceso al campo metafísico, a una meta-conciencia que diferencia al neófito del profano para siempre.

En el segundo caso la iniciación conserva apenas su aspecto formal, se abandona el símbolo como vaso comunicante con aquella meta-conciencia que espera en el interior del hombre. Se reduce a un lenguaje moral que dota al individuo de una herramienta tendiente a capacitarlo para la construcción de una sociedad mejor.

En el primer caso no puede prescindirse de Dios; ni de la revelación, ni de la trascendencia, ni de una concepción ontológica compleja. La ontología masónica está representada en la forma del mandil. El antiguo delantal que utilizan los masones –resabio de la época de los artesanos y albañiles- está formado por una parte inferior en forma de cuadrado sobre la que sigue un triángulo. El cuadrado representa a la materia en sus cuatro elementos, mientras que el triángulo es el espíritu; esta forma de mandil, reservada al aprendiz quiere significar que el espíritu de éste aun no ha penetrado la materia. El espíritu del aprendiz entra –desciende- en su aspecto material y lo controla en el momento en el que sus maestros le bajan la babeta (el triángulo superior) cuando alcanza el grado de compañero. No se trata de un desarrollo moral, se trata de un logro espiritual que tiene connotaciones esotéricas profundas.

Todas las sociedades iniciáticas han desarrollado una ontología compleja. Una masonería concebida con la prescindencia de esta herencia carecería del elemento fundamental que define a un masón. Sin embargo resulta muy sencillo comprobar que la segunda corriente a la que nos estamos refiriendo –la racionalista materialista- puede prescindir de Dios, de la revelación y de la trascendencia en tanto que no necesita de una ontología ni de guía alguna en la búsqueda interior y aún así llamarse y ser reconocida como masonería. Le alcanza con saber que, en tanto ser humano, todo aquello que es humano le concierne.

La realidad, entonces, nos está demostrando que una filosofía de la masonería debería articularse a partir de una redefinición del campo y el alcance que queremos desarrollar.

¿Qué es lo que se persigue con la iniciación? ¿Acaso la formación de hombres con una conciencia superior, capaces de una comprensión profunda del fenómeno humano, consecuencia de su propio viaje interior al centro de su existencia? ¿O simplemente la mera adhesión –más o menos conciente- a un conjunto de principios y normas que vengan a fortalecer los objetivos seculares que se ha fijado un sector de la Orden en el siglo XIX tales como la separación de la Iglesia y el Estado, la enseñanza laica, la defensa cerrada del pensamiento científico, la desacralización de la sociedad, etc.? ¿Eran estos los objetivos primitivos de la francmasonería?

La disyuntiva no es una provocación; ni siquiera una exageración. La historia de la Orden abunda en datos precisos acerca de iniciaciones sumarias, a la vista, por decreto.[7] Su porcentaje crece en momentos de crisis, pero también en la medida que el personaje es más importante. ¿Son masones estos hombres? A lo largo de la historia de la francmasonería, tanto el involucramiento directo de ésta en la política partidaria así como las iniciaciones sumarias a la vista, prescindiendo del marco ritual adecuado, sólo han traído desgracia y, raramente, produjeron masones cabales.

Una masonería verdaderamente universal debería ponerse de acuerdo en torno al modelo de iniciado que propicia. Si el que presenta a Voltaire como paradigma del masón –que como todos sabemos sólo fue iniciado masón siete semanas antes de morir- o el que propugna un camino de sacrificio (sacro-oficio) al que no puede entrar cualquiera, porque concibe a la Orden como una elite a la que sólo se puede acceder si se está dispuesto a dar batalla contra uno mismo.

El folklore masónico nos repite la imagen romántica de infinidad de masones que, en el campo de batalla y merced a los signos de socorro, salvaron su vida justo cuando el sable o el mosquete de un hermano atravesarían su corazón. Abundan las historias de otros tantos prisioneros masones evadidos gracias a la fraternidad de sus carceleros masones. Esto es rigurosamente cierto. Pero es sólo una de las caras de Jano.

¿Qué se ha dicho de los masones enrolados en el Terror y de sus crímenes hacia sus hermanos que resistían los desbordes posteriores a la Revolución de 1789? ¿Acaso no había masones en las logias militares de los regimientos ingleses que combatían a los patriotas de las trece colonias americanas? ¿Cuál es la verdadera masonería? ¿La de los Iluminados de Baviera que clamaba por la destrucción del trono y el altar o la de Joseph de Maistre que definía a la monarquía y al papado como las dos piedras angulares de Europa? ¿La de Garibaldi y Massini en su embestida contra los Estados Pontificios o la del Régimen Escocés Rectificado que propugna una masonería excluyentemente cristiana? ¿La de José de San Martín que buscaba la Independencia de América o la de su hermano masón Alvear que alentaba un protectorado británico en las Colonias del Río de la Plata?

En aquellos tiempos fundacionales, estas vertientes diferentes iniciaron la dura controversia entre una masonería destinada a trasmutar al hombre primitivo en un ser humano espiritual y luminoso frente a otra, cuyo fin parece haberse centrado en la acción revolucionaria o en el simple ejercicio social de un fraterno y epicúreo sentido de la existencia. 

Pues bien, esta sociedad contradictoria no sólo no paró de crecer desde principios del siglo XVIII sino que se constituyó en el motor de los cambios más dramáticos de la modernidad, mientras que sus líderes contribuyeron –en innumerables casos a costa de su propia vida- a la construcción de un mundo más justo en donde ya nadie discute el derecho a la libertad y la igualdad.



[1] Se denomina profano a aquel que no ha sido iniciado en la francmasonería.
[2] También encontramos aquí una reminiscencia de los antiguos misterios del mundo clásico, pues laber es la raíz de la palabra laberinto, lugar mitológico al que el héroe desciende en la búsqueda de su propia naturaleza material a fin de sojuzgarla a la conciencia superior. Los francmasones medievales han dejado grabados numerosos laberintos en los mosaicos de las catedrales, como testimonio de esta tradición.
[3] Se denomina Obediencia o Potencia masónica al organismo que reúne bajo su soberanía a un conjunto de logias o cuerpos masónicos que comparten modalidades y finalidades comunes. En tanto que el vocablo Rito con mayúscula, hace referencia a los distintos sistemas en los que se ha organizado la masonería, mientras que rito con minúscula define a los aspectos ceremoniales de los distintos grados.
[4] Cf. Mackey, Albert G. “Encyclopaedia  of Freemasonry”. Cox Learche, W., “La regularidad masónica en una nueva luz”. Buenos Aires, Editorial Unidad, 1978.
[5] Se utiliza aquí el texto de la ya citada obra de Cox Learche.
[6] Las masonerías irregulares han establecido sus propios Landmarks, en algunos casos verdaderas obras de derecho masónico como la de Virgilio Lasca, del Gran Ooriente Federal Argentino, “Bases Fundamentales de la Regularidad Masónica” Buenos Aires, Cuadernos Masónicos, 1955.
[7] Se denomina iniciación a la vista a aquella ceremonia de admisión a la Orden que se realiza prescindiendo de los antiguos ritos iniciáticos. En general, y tal como ha quedado expuesto en la enumeración de los Landmaks los Grandes Maestres son los únicos dignatarios que poseen esta potestad.