sábado, 20 de noviembre de 2010

De la Piedra, Cristo y los masones




Hace algunos días, un Q.·.H.·. me llamó la atención sobre un pasaje de san Pablo en su Epístola a los cristianos de Efeso. Eso me llevó a reflexionar acerca de la sacralidad de los templos y de las tradiciones antiguas y modernas, pero principalmente en el valor simbólico que se le otorga a la piedra en nuestra cultura occidental.

Más allá de la importante tradición constructora de las antiguas culturas del Mediterráneo oriental, cuyas obras son muestra evidente de un profundo conocimiento técnico y de la dimensión sagrada del arte de erigir templos, lo cierto es que la masonería, tal como la conocemos, es fruto del espacio cultural cristiano. Es decir, se desarrolla en una geografía extendida en aquello que Raimon Panikkar denominaba especie cultural cristiana. Por lo tanto, estas antiguas tradiciones de las corporaciones de constructores de la antigüedad, se verán subsumidas y enriquecidas en un nuevo significado, propio del judeocristianismo.

En la iconografía cristiana, Dios es un Cosmocrator. Cristo asume el rol de constructor del mundo. Las figuras de Dios Padre y de Dios Hijo pueden observarse en infinidad de frescos en los que sostienen un compás en su mano. Es un compás con el que trazan la creación del mundo. Esta tradición dará lugar al nombre de Gran Arquitecto del Universo. Remitimos al lector a la imagen del poderoso cuadro de William Blake como muestra de la persistencia de esta imagen dentro del ideario religioso y poético de occidente.

Pero más allá de este vínculo entre la Divinidad y la construcción, el cristianismo ha dado a la piedra un significado profundo desde sus mismas raíces. Cristo, hablándole a san Pedro, le dice que sobre esa piedra –el propio Pedro- se edificará Su Iglesia. A partir de esta afirmación se construirá todo un contexto alegórico, una estructura figural y una simbología destinada a otorgar a la piedra una dimensión ontológica. Es decir, la piedra deja de ser sólo el material con el que se construye sino que toma la dimensión del propio constructor. Hay aquí una diferencia sustancial con el mundo pagano, que descubrimos en el mismo momento en que el hombre es comparado, alegóricamente, con la piedra.

Piedra es el propio Cristo, tal como nos lo indica san Pablo en su Epístola a los cristianos de Efeso, cuando les dice que “Ya no son extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu”.

El cristiano se convierte en piedra potencial del Templo Consagrado. Pero potencial en tanto que -como luego encontraremos reafirmado en los Padres de la Iglesia y en la concepción figural del monasticismo benedictino- no cualquier piedra puede insertarse en el sagrado muro sino una que haya sido previamente cuadrada. De allí, a la dimensión simbólica de la piedra en bruto que debe cuadrarse, señalada con meridiana claridad por san Beda en el siglo VIII, hay sólo un paso.

Esta cualificación de la piedra cuadrada (llamada cúbica por los masones) como símbolo del cristiano apto para la integración del Templo Consagrado, la encontramos fuertemente difundida en los siglos VIII y IX. Pero lejos de culminar su ruta como modelo de transformación, la piedra convertida en símbolo del hombre que trabaja sobre sí mismo, alcanza una expresión superior en Honorio de Autum (circa 1080 - post 1125), que exigirá a todo hombre que construye literalmente una iglesia, que sea un Hominus Cuadratus, un hombre en escuadra, alguien que haya conseguido hacer de su piedra en bruto una capaz de encontrar su sitio en la construcción del Templo. El artista no sólo debía entrenarse en su técnica y su habilidad, sino también en la praxis de una moral cuyos ejemplos debía buscar en las sagradas escrituras. Al leer la obra de Teófilo acerca de las técnicas del arte, titulada Diversarum Artium Schedula  -considerada muy importante por su significación técnica- nos encontramos con el concepto de que un hombre que construye un Templo no puede menos que reconocer la premisa de la construcción de un templo interior en el que reine la virtud, misión a la que está convocado a partir del aprendizaje en el uso de las herramientas. Esta simbología será recogida y desarrollada a niveles extraordinarios por la propia tradición de los masones primitivos, los constructores de catedrales.

Mientras que en el mundo pagano la construcción de los templos quedará para la mano de obra de los esclavos, en el mundo cristiano cada eslabón de la larga cadena, desde la cantera hasta los capiteles más delicados, quedará en manos de hombres que son concientes de la obra que realizan y que, además, seguramente no la verán terminada. Podríamos citar innumerables ejemplos de pueblos enteros arrastrando los carretones que llevan a las grandes piedras desde la cantera a la obra. Ya no importa si se trata del tosco cantero que arranca una astilla de roca a la montaña, o si de los peones aprendices que trasladan aquellas moles inmensas al local de la logia, o si de los artistas que llegan a esculpir las nervaduras de las hojas de acanto en los perfiles de las columnas de piedra. Lo que verdaderamente importa es que son hombres libres, que han abrazado, por vocación o tradición familiar, una profesión que los mantiene en contacto con lo sagrado, hasta convertirlos en parte misma del Templo.

La masonería moderna es –debiera ser- heredera de este espíritu, que se banaliza cuando queda reducida a una institución que socializa, que centra su acción únicamente en su indudable capacidad de diálogo y confraternidad entre los pueblos o se limita a la beneficencia y la filantropía. Todo esto forma parte de la masonería moderna: Sociabilidad, confraternidad, defensa de los derechos humanos, lucha por la libertad de los pueblos e igualdad de las personas. Pero todo ello si primero anteponemos el ADN de aquella semilla plantada hace ya siglos, en la que germinó un método de transformación interior que vuelve al animal humano un hombre espiritual capaz de comprender y trasmutar su propia naturaleza.