jueves, 1 de febrero de 2018

El caballero y el oso (Cronicón jerosolimitano)

Llegué por primera vez a Jerusalén una mañana lluviosa de noviembre. Mis expectativas eran tantas que me sentía paralizado. Por fin vería el ombligo del mundo: el Santo Sepulcro. Ninguna otra cosa en la vida había sido más anhelada por mí que llegar a la iglesia construida sobre el Gólgota. Si había un lugar en el que Dios podría escucharme, era allí, en el sitio en el que Cristo había muerto y resucitado.

A ese estado de conmoción interior se sumaba una molestia inesperada. En algún punto del desierto me había atacado una bacteria que me provocó una fuerte indisposición y me mantuvo en cama durante los dos primeros días. Tal vez fuese la emoción de enfrentarme a mi anhelo más íntimo.
Al tercer día (el último que estaríamos en Jerusalén), con gran esfuerzo me uní al contingente que visitaría la Iglesia del Santo Sepulcro. Dos deseos me invadían el alma: rezar en la tumba de Jesús y encontrar el lugar donde había sido sepultado Godofredo de Bouillón, quien conquistara la Ciudad Santa en la primera cruzada.
Al llegar al interior de la Iglesia, mientras el resto del contingente recorría su laberíntica estructura, me quedé conversando con nuestro guía respecto de la misteriosa desaparición del cuerpo de Godofredo, que junto a su hermano Balduino, había descansado en ese lugar hasta que un oportuno incendio permitió a los curas ortodoxos hacer desaparecer los cadáveres de ambos. El guía conocía esa historia y me prometió que antes de irnos me llevaría al lugar donde, originariamente, habían estado sepultados los dos reyes. Seguimos recorriendo aquel interminable edificio hasta que me flaquearon las piernas y me senté a esperar a que el guía hiciese su trabajo con el resto del grupo. Me sentía tan débil que apenas podía caminar. Me recosté en un banco de piedra sin dejar de pensar que Godofredo y su hermano Balduino habían descansado en ese santo sitio hasta que los griegos cometieron la indigna fechoría de profanar sus sepulcros. Durante un largo rato me sentí abrumado, con un sentimiento de gratitud por haber llegado al corazón mismo de la cristiandad. Sucedió entonces que el guía se me acercó y con una sonrisa me dijo que yo estaba sentado, precisamente, sobre la que había sido la tumba de Godofredo. Lo que ahora eran dos asientos de piedra, al costado de un pequeño pasillo al lado de la Capilla de Adán, habían sido hasta el siglo XIX el lugar de descanso de los dos primeros reyes de Jerusalén. No puedo describir el río eléctrico que corrió en mis arterias.
Dios ha sido generoso conmigo, pues en los siguientes años volví tres veces al mismo lugar, acompañado por el mismo guía, cuyo nombre es Ariel Seiferheld y a quien dedico el siguiente relato. No debe tomarse como un ensayo histórico sino como un simple cuento, con la salvedad de que cualquier parecido con la realidad no es, en modo alguno, una mera coincidencia.   





El caballero y el oso
I
En un páramo de la Frigia selyúcida, más precisamente en el sultanato de Rüm, tuvo lugar –en tiempos remotos– un combate singular. La crónica es esquiva en los detalles, como si la pluma hubiese querido velar la esencia del relato. Pero el choque entre estos colosales contendientes causó tal impresión entre los soldados francos y las pobres gentes que, admirados por las inusuales circunstancias de la lid, contaron en canciones y romances aquello que se había ocultado al pergamino.
Quiso el Señor que los dos campeones se enfrentaran sin que uno fuese el enemigo del otro. No había entre ellos odio alguno ni motivo aparente para matarse, pero en ambos anidaba el sentimiento de la culpa y la venganza carcomía sus entrañas.
El hecho sucedió hacia finales del verano de 1097. Un oso caminaba tambaleante por las estribaciones de los montes Tauro. Llevaba incrustada en su antebrazo la cabeza de una flecha que le provocaba un dolor persistente. Pero su verdadero sufrimiento era más profundo que el dolor de la herida: dos días antes sus oseznos habían muerto asesinados a manos de los hombres del sultán Kilij Arslan cuando, por un fatal descuido, se acercaron más de lo prudente a la antigua calzada bizantina que se encontraba disputada por los soldados selyúcidas y los invasores cristianos. Nada pudo hacer el animal para salvar a sus crías. Rabioso, debió huir ante la lluvia de flechas.
No era la primera vez que el oso burlaba la muerte. Prueba de ello eran las cicatrices que llevaba en sus piernas, provocadas por el hierro dentado de las trampas con las que los campesinos habían tratado, en vano, de atraparlo. En la comarca lo conocían con el nombre de Canavar -que en el antiguo idioma turcomano significa bestia- y su sola mención causaba pánico entre los pastores. Algunos afirmaban que el oso llevaba años merodeando el río Sakarya, en donde se alimentaba de peces; otros decían que había venido de Isauria, luego de ser vencido en una pelea en la que varios machos se disputaban una hembra en celo. Canavar ya era una leyenda. La respiración agitada y la baba blanca colgando de su boca denotaban el cansancio de la persecución a la que estaba siendo sometido. Uno de los esbirros de Kilij Arslan lo seguía de cerca, arco en mano.   
Al otro lado del río los francos habían plantado campamento luego de librar feroz batalla. Enterrar a los miles de muertos demandó de toda una jornada. El jefe de aquél ejército era el duque Godofredo, un caballero de gran porte, famoso es sus tierras por su belleza, temido por su crueldad y por la fuerza con la que descargaba el hacha. Sus soldados lo amaban porque era generoso con el botín. Conducía a sus guerreros con mano firme durante la batalla, como el amo que sostiene a su perro con un collar de cadena. Pero apenas olía la victoria los liberaba como a monstruos hambrientos para que saciaran sus pasiones saqueando las casas, asesinando a los paisanos y deshonrando a las mujeres.  
Ahora ese azote había caído sobre la Frigia y los hombres del sultán huían en desbandada, muertos de miedo y librados a su suerte. Uno de esos infelices iba detrás de Canavar, siguiendo su rastro.
Esa noche, al terminar la faena con los muertos, Godofredo se recluyó en su tienda, víctima de gran angustia. Entre los enterrados yacían muchos de sus amigos y vasallos, venidos con él desde el Poniente. Nunca antes había sentido tal desasosiego que nada podía calmar. Ni siquiera un odre de vino, que bebió con desesperación hasta que sus barbas y la ropa aún ensangrentada quedaron empapadas de alcohol y de sudor. Se durmió y sufrió espantosas pesadillas: abrasado por la culpa, sentía que había conducido a sus hombres a un horrible matadero. Podía ver el rostro amargo de las viudas acusándolo ante Dios y los ojos horrorizados de los huérfanos clamando por sus padres.
Despertó entrada la noche. Aún no despuntaba el alba cuando lo invadió tremenda rabia. ¿Qué clase de victoria era la suya si había costado tantas vidas? ¿Cómo haría para vengar la dura pérdida? Ebrio y loco de furia se puso de pié y empuñó el hacha. Los centinelas vieron su enorme sombra oscilante deslizarse por el campamento dirigiéndose hacia la orilla del río. Un grupo de caballeros fue advertido y salieron a buscarlo, temerosos de que la bebida le hubiese hecho perder el tino.   
Mientras tanto Canavar, aprovechando la negrura de la noche, había logrado evadirse de su perseguidor vadeando el río y, exhausto, reponía sus fuerzas oculto en un remanso pedregoso. Godofredo, que deambulaba por la playa en plena madrugada, pisó al animal al confundirlo con las rocas. Canavar rugió de pánico y pegó un brinco, lo que hizo que ambos se pegaran un tremendo susto. Repuesto de la sorpresa, el oso se paró en sus piernas y abrió las fauces, gruñendo y mostrando sus colmillos. El caballero, paralizado por la inesperada aparición, reaccionó con torpeza y, blandiendo el hacha se lanzó sobre la bestia cuya altura lo superaba por un palmo. El oso vio en el caballero la imagen de los asesinos de sus crías y, enloquecido de furor lanzó un violento zarpazo que el duque apenas pudo parar con el mango del hacha, pero no  pudo evitar una caída aparatosa que le hizo temer por su vida. La oportuna llegada de los caballeros que habían salido a su encuentro distrajo por unos segundos al animal y evitó que lo despachara sin más. Pero la ira se había apoderado de Godofredo. La bestia seguía parada frente a él, y en ella estaba ahora concentrada la imagen de todas las desgracias. El duque dio orden a sus hombres de que no interviniesen en la lucha, y esta vez se lanzó a manos limpias contra el oso, rodando ambos por la orilla del río yendo a dar con el agua en infernal chapoteo.
El sol ya asomaba detrás del Tauro e iluminaba aquella escena dantesca en la que los dos colosos trataban de abrazar al otro con la muerte. Godofredo logró pillar al oso por detrás y, cruzando ambas piernas sobre la cintura del animal le rodeó el cuello con su poderoso brazo y comenzó a asfixiarlo. Canavar, desesperado, no encontraba el modo de zafar de la traba y agitaba sus zarpas en el aire, revolcándose con su captor. Los hombres de Godofredo parecían hipnotizados por la escena, incrédulos del espectáculo que ambos ofrecían.
Casi ahogado y al borde de la muerte, Canavar, en un estertor propio del guerrero moribundo, se sacudió con tal violencia que Godofredo se vio arrojado nuevamente a la arena de la orilla. Rápido de reflejos quiso tomar al oso otra vez del cuello, pero Canavar, aún sofocado por la asfixia sufrida, clavó su garra en el pecho del cristiano y le arrancó un jirón de carne que casi le lleva las costillas.
Godofredo sintió que se moría, pero el hálito de los héroes hizo que la fama ganada acudiera en su socorro. Sobreponiéndose al dolor, percibió que Canavar aun no se reponía del todo, y en un último esfuerzo tomó el hacha que estaba en el suelo y asestó un golpe al oso en la cabeza hundiendo la cuchilla hasta el carrillo. La bestia, con la cara ya partida, cayó muerta al instante. Godofredo se desplomó de bruces con el pecho destrozado y quedó tendido al lado del oso. Luego todo fue oscuridad. Un sueño sin ensueños.   
Berengario, que era el lugarteniente del duque Godofredo, hizo cuerear al animal con sumo cuidado y le dio la piel, junto con el cráneo, a un hábil curtidor armenio llamado Antranig, recomendándole que la tratara como si fuese un tesoro. Godofredo se debatió entre la vida y la muerte durante tres semanas; atravesó en litera toda la Frigia quemada y luego Isauria hasta la ciudad de Konia, que fue tomada por su ejército. De a ratos parecía que iba a morir porque su aliento se debilitaba al extremo de volverse imperceptible. En otras ocasiones era presa del delirio y sus alaridos hacían que sus soldados se persignasen y oraran por su alma. Una mañana despertó y pidió vino y un pernil, y aunque lo vomitó de inmediato, todos se alegraron de que finalmente el duque se hubiese recuperado.
Berengario le contó que los soldados cantaban canciones que hablaban de su combate con Canavar y que muchos se arrogaban el haberlo presenciado. Godofredo disfrutaba mucho de estos chismes y le dio gran satisfacción el hecho de enterarse de que el animal había sido temido por los habitantes de aquel país y que hasta tenía un nombre intimidante. Cuando se sintió con fuerzas suficientes como para recorrer el campamento pidió ir al sector de los curtidores, que se encontraba alejado de las tiendas a causa del olor nauseabundo que se respiraba en él. Era común que las pieles se curtieran con aceite hecho con el cerebro del propio animal, lo que provocaba gran pestilencia, pero Godofredo, como hemos dicho, no era hombre delicado.
El armenio Antranig llevaba casi dos meses trabajando la piel con gran destreza. El duque quedó impresionado por el tamaño de la pieza y por la calidad del pelaje. La observó minuciosamente y hasta pudo ver el fino cocido con el que el artesano había disimulado el corte provocado por el hacha. El armenio se apresuró a advertir que el trabajo aún no estaba terminado a lo que Godofredo respondió que ningún apuro debía ir en detrimento de la excelente labor y lo premió con tres besantes de oro, prometiéndole otros tres cuando la tarea hubiera terminado. Antranig pronunció varias veces la palabra Shnorhakalut’yun e hizo una amable reverencia según la costumbre de los armenios. Pasó otro mes y la piel quedó en poder de su dueño. Nadie imaginó por entonces que un objeto llamado a ser abrigo y testimonio de coraje obraría sobre el duque cierta magia misteriosa.
La expedición de los cruzados continuó por dos años más, hasta que en 1099 cayó la ciudad de Jerusalén en poder de los ejércitos cristianos. Como es sabido, luego de largos cabildeos se decidió que un consejo de notables eligiese por rey al más virtuoso. Fue en ese misterioso conclave en donde varios caballeros hablaron del cambio prodigioso que había sufrido el duque. Lo atribuían a las graves heridas sufridas por las garras del oso, que lo dejaron al borde de la muerte. Aquel guerrero cruel que se solazaba en el saqueo, que había pasado su vida en aventuras tumultuosas se había vuelto un hombre piadoso, temeroso de Dios y amigo de los pobres. Finalmente resultó electo entre los príncipes y se le comunicó que sería el rey de la ciudad más santa de la Tierra.
Esa noche, en su recámara, Godofredo se cubrió con la piel de Canavar. Sumido en profundas cavilaciones parecía hablar con esa piel, como si el oso que la habitó pudiera escucharlo. En más de una ocasión, en la penosa marcha desde Antioquía y durante el largo sitio al que fue sometida Jerusalén, el duque había encontrado en Caravar una metáfora inquietante: ¿Qué quedaría de él cuando al fin cayese vencido? ¿No era acaso la fama apenas una cáscara de aquello que fue? Igual que el oso, había transcurrido la vida cuidando su territorio, o emigrando hacia la conquista de uno nuevo. Había debido cuidarse de otros príncipes y su cuerpo, al igual que el de Canavar, estaba cubierto de cicatrices. En su castillo en la Árdenas abundaban las pieles de animales cazados por su abuelo Gothelón y por su tío, Godofredo el jorobado. También él mismo había cazado osos en el condado de Amberes, pero esta vez había sido diferente. El destino los había cruzado, no en un coto de caza sino en una encrucijada; no en una cacería sino de igual a igual. Ambos habían tenido la oportunidad de matar al otro, y en ello, el duque, creía haber encontrado la nobleza.
A la mañana siguiente, luego de la misa, anunció a los príncipes que no llevaría una corona de oro y plata en el lugar donde Cristo había padecido una de espinas, y que no ostentaría el título de rey sino el más humilde de Defensor del Santo Sepulcro. Su única ambición era la de ser enterrado en la iglesia erigida en el lugar que Cristo había sufrido el calvario.
II
La corte no tardó en murmurar acerca de la salud mental de Godofredo. Pasaba largas horas en su recámara, en la más absoluta soledad. O bien se retiraba a la pequeña capilla de la ciudadela, en donde se entregaba a infinitas plegarias que se prolongaban al extremo de dejar esperando a los nobles, que veían indignados cómo se enfriaba la comida, servida y a la espera de quien ocupaba la cabecera de la mesa. Aquel soldado arrebatado por la pasión era ahora un hombre pío; Godofredo se asemejaba más a un monje que a un guerrero, pero ¿quién se atrevería a desafiarlo? La fuerza de su brazo estaba intacta, y el hacha –la misma que había matado a Canavar–, permanecía siempre cerca de su mano, colgando de su tahalí de cuero de jabalí.
Su obsesión era el enemigo mahometano que aún asolaba al reino y controlaba las costas de la Palestina. En la primavera del año 1100 emprendió una campaña contra las grandes ciudades marítimas y puso sitio a Cesarea. El emir, aterrado frente al ejército cristiano, le propuso a Godofredo un parlamento, de resultas del cual, aceptó someterse a vasallaje a cambio de conservar la ciudad y el feudo. Luego invitó al nuevo monarca de Jerusalén a que gozara de la hospitalidad de la antigua ciudad. Algunos rumores dicen que la grave enfermedad que contrajo Godofredo en Cesarea fue causada por una pócima ponzoñosa que el emir mandó poner en la comida. Abatido por una fiebre abrasadora, -cuyas causas los médicos no atinaban a encontrar-, y consciente de que su vida estaba en peligro, precipitó su regreso a Jerusalén.
Berengario ordenó que Cesarea fuese pasada a degüello y apuró la vuelta. No se apartó del enfermo hasta llegar a la vieja ciudadela de David. Ya dentro de los muros de Jerusalén, Godofredo supo que se estaba muriendo e hizo que viniese a su presencia Dagoberto de Pisa -el Patriarca latino- para que lo confesara, pero antes tomó a Berengario por la manga de la camisa y le pidió que lo enterraran en alguna de las criptas de la Iglesia del Santo Sepulcro envuelto en la piel de Canavar, Tan inesperado fue el deceso que ni siquiera había podido elegir su propia tumba, como era la antigua costumbre de los reyes. 
El cadáver, cubierto de un fino camisolín de seda blanca, bordado en oro, fue exhibido al pueblo durante los funerales que se extendieron por tres días. Pronto llegaron los príncipes de Antioquía, de Trípoli y Edesa, y también los barones que se habían enseñoreado de todo el desierto de Judea y de los confines más allá del Jordán hasta el castillo conocido como La Roca, que ahora pertenecía a la Casa de Chatillon. El Patriarca, hombre proclive al lujo y al boato, había convertido las pompas fúnebres del guerrero en una muestra de ostentación.  Berengario y sus hombres veían aquel esperpento fúnebre con particular desprecio: ¡Godofredo cubierto de sedas blancas e hilo de oro! ¡El brazo más letal de Lotaringia envuelto en columnas de incienso y untado con óleos aromáticos! En vano le pidió al Patriarca que su jefe fuese envuelto en la piel del oso. No es de cristianos, respondió el prelado.
Finalmente, el 23 de julio de 1100, el cortejo mortuorio se puso en marcha para trasladar el cuerpo del malogrado caballero a su destino final. Tancredo de Hauteville abrió el paso encabezando a los heraldos. El pesado camastro con el cadáver fue llevado al hombro por una docena de bravos caballeros. Allí marchaba Jerusalén y su campeón. Detrás de los doce, Berengario, a pie, llevaba de la brida al corcel que había acompañado a Godofredo desde la Lotaringia. Los monjes entonaban sus cantos monódicos seguidos del fasto eclesiástico, y la plebe deliraba frente al paso del héroe. Tanta era la cantidad de gente que quería rendir su homenaje que la columna casi se extendía entre la iglesia y el palacio.
El cuerpo de Godofredo fue depositado al lado de la antigua loza en la que había sido acostado el propio Jesucristo luego de ser crucificado y a la que los cristianos llaman La Piedra de la Unción. Se dejó en manos del Patriarca y de los canónigos del Santo Sepulcro el traslado póstumo del cuerpo al cenotafio de piedra, que se había construido de apuro en una de las capillas.
Apenas fallecido Godofredo, el monumento funerario se le había encomendado a un escultor lombardo de nombre Gianfranco di Montana, que acababa de llegar a Jerusalén con un contingente de masones del Lago de Como. Gianfranco le echó el ojo a un enorme bloque de mármol verde de Grecia, que permanecía cerca de la Puerta de Damasco, abandonado sobre un carretón. Era una pieza única y muy costosa: ¿qué mejor para probar su destreza que construir una tumba real? Sin embargo, ese bloque de mármol de Grecia fue el inicio de un litigio que traería gran desgracia en el futuro.
Apenas acometió Gianfranco el esculpido de la piedra, un monje de nombre Sabas, ataviado a la usanza griega, se presentó seguido de un grupo de acólitos en el improvisado taller del artista y, violentamente, reclamó la propiedad del mármol. Argumentó Sabas que dicha costosa pieza había sido donada por el emperador bizantino al Patriarca griego Simeón para ser utilizada en adornar la Iglesia del Santo Sepulcro y que, por ende, les pertenecía. El incidente derivó en una trifulca abierta entre los artesanos de Gianfranco y los monjes griegos. La gresca llegó al extremo de que un italiano le rompió la cabeza a un griego de un mazazo y que un griego le hundió sus pulgares en los ojos a uno de los escultores, dejándolo ciego. Solo la intervención de los soldados del palacio pudo parar la pelea. Pero la actitud de los griegos enfureció al Patriarca latino.
Es menester dar por cierto que la cruzada, lejos de apaciguar las reyertas entre los cristianos de Levante y de Poniente, las había exacerbado. No es menos cierto que los griegos se sentían los verdaderos Señores de Jerusalén y que el Patriarca bizantino consideraba un gran escándalo la aparición de un rival latino. Godofredo había anulado toda injerencia de los griegos en los lugares santos, entregándolos a la custodia de Dagoberto, el legado papal que había reemplazado al valiente Ademaro de Monteil, muerto durante la expedición en Antioquía de Orontes.
Dagoberto de Pisa, que se había convertido en el primer Patriarca latino de Jerusalén, se encontraba sitiando la ciudad de Jaffa cuando llegó la noticia de que Godofredo era conducido desde Cesarea a Jerusalén gravemente enfermo. Advertido de la delicada situación, abandonó el sitio de Jaffa, regresó a Jerusalén e hizo tomar la Torre de David y la ciudadela por sus soldados. Como es sabido, nada hay bajo el sol que provoque más desdicha y a la vez despierte más pasiones que la muerte de un monarca.
Dagoberto intentó por todos los medios que se impidiera la llegada de Balduino, hermano y heredero del rey muerto y trató de comprar la voluntad de los barones a favor de que se lo proclamara como el nuevo monarca del reino latino. El pisano era un hombre temible y temerario. Como arzobispo de Pisa había dado muestras de un visceral odio al sarraceno, pero apenas superaba al que sentía por Bizancio. Desde un primer momento, conquistada Jerusalén, exigió que la misma fuese gobernada directamente por la Iglesia, de la cual él era el representante. En oposición, los barones francos reclamaron la potestad de gobernar sus principados. El conflicto se zanjó con la promesa hecha por Godofredo de entregar Jerusalén al gobierno de Roma una vez que se derrotara a todos los infieles y se acabara con la amenaza del sultán de Egipto.
Ahora, muerto Godofredo, Dagoberto pretendía la dignidad que su alta investidura le reservaba como legado papal y Patriarca, y no toleraría que esos miserables griegos pusiesen en duda su autoridad sobre todo cuanto contuviese la Ciudad Santa. El monje Sabas, que había amenazado al lombardo Gianfranco di Montana, fue colgado de una torre y el resto de los monjes griegos expulsados del Santo Sepulcro y reemplazados por monjes latinos. La muerte de Sabas pasó desapercibida en medio de la incertidumbre que se apoderaba de los habitantes de Jerusalén, pero sumó una herida profunda a las ya tantas que atormentaban a latinos y griegos.
Gianfranco pudo terminar el mausoleo de Godofredo un día antes de que el cadáver entrara al Santo Sepulcro. Solo un selecto puñado de príncipes y prelados pudo ver esa tarde la obra terminada, y puede afirmarse que les provocó profunda admiración, al punto que, abrazados unos con otros, no podían contener el llanto. En una de las caras del prisma de mármol verde, grabado en la piedra se leía:
“Aquí yace, ínclito, el duque Godofredo de Bouillón, que ganó toda esta tierra para el culto cristiano, cuya alma descansa con Cristo. Amén”.
Y aunque Dagoberto de Pisa no despertaba las simpatías de ningún cristiano, todos aplaudieron la magnificencia y precisión con la que las exequias de tan noble guerrero se habían llevado a cabo. Sin embargo, para Berengario y el grupo de soldados que habían acompañado a Godofredo desde la Lotaringia hasta los desiertos de Arabia, nada de esto era importante. El duque había sido desoído en el deseo más grave que un hombre puede albergar: el último.
Caída la noche de aquel 23 de julio, el lugarteniente y sus hombres entraron en la Iglesia y redujeron a los monjes que se encontraban acomodando al muerto en el sudario. El hedor del cadáver, el calor del estío y el humo de la mirra invadían el ambiente. De inmediato desplegaron la piel de Canavar sobre el pavimento de piedra y colocaron en ella al muerto, envolviéndolo como un matambre. Sin dilación trasladaron el cuerpo a la capilla y lo introdujeron en el sarcófago de piedra. Gianfranco di Montana completó la obra sellando la lápida hecha del mismo mármol griego que las columnas y el prisma.
Al alba, Berengario abandonó Jerusalén junto con un puñado de loreneses. Se fue sigilosamente por la llamada Puerta de la Basura. Luego de rodear las murallas tomó por el antiguo camino de Jaffa, con la intención de llegar a Trípoli y embarcar a Europa. Ya lejos de la ciudad detuvo la marcha y miró hacia las murallas por última vez. Muerto Godofredo y cumplida su voluntad, ya nada lo ataba a aquella tierra. Hundió las espuelas en los flancos de su caballo y el pequeño contingente se perdió ladera abajo.

III
Los campos de batalla suelen ser tumbas más honorables que las construidas en los palacios y los templos. La tierra yerma, las hondonadas cercanas a las grandes carnicerías, o los bosques umbríos donde perecieron los invasores, rara vez son reclamados por alguien.  El guerrero muerto en combate y enterrado en el anonimato induce a la reverencia, porque el olvido es el más desgraciado de todos los destinos. En cambio, los mausoleos se elevan para gloria de los vencedores y escarnio de los vencidos.  
Gianfranco di Montana murió poco después de terminada aquella tumba; una disentería se lo llevó en pocos días y su cuerpo fue enterrado extra muros. Podría decirse que su obra maestra fue la tumba del duque Godofredo. De Berengario nada más se supo, salvo que había abordado una nave en Trípoli rumbo a Constantinopla. Por décadas todo fue calor y polvo, hasta que Jerusalén cayó en manos del sultán Saladino poniendo fin a noventa años de dominación cristiana. Dicen que luego de haber lavado personalmente el piso de la mezquita Al Aqsa, el sultán solicitó conocer el cenotafio de Godofredo a quien le rindió homenaje. Más que por admiración, lo hizo para dar el ejemplo del respeto que se les debe a los conquistadores, él mismo acababa de conquistar la ciudad  y una avanzada sífilis le auguraba poca vida.
Pasaron los años y en tiempos del sultán Al Kamil, los cristianos recuperaron de manera efímera su soberanía sobre Jerusalén. En los tres siglos siguientes la ciudad fue arrasada por los tártaros jorezmitas, después recuperada por los árabes y finalmente conquistada por los otomanos, que devolvieron a los griegos el control sobre el Santo Sepulcro. En cada caso, los nuevos conquistadores visitaron la tumba de mármol verde de Godofredo y la de su hermano Balduino. A todos despertaba admiración el prisma funerario, menos a los griegos. Para ellos el paso de los latinos por Jerusalén era una espina clavada en su orgullo. Como si se tratase de una provocación, la tumba de Godofredo permanecía erguida en el corazón del mundo cristiano. Para colmo de males, el lugar elegido por Dagoberto de Pisa no podría haber sido más desafiante: el visitante que se acercaba a la tumba de Godofredo debía ingresar al recinto atravesando la Capilla de Adán, ubicada justo debajo del Monte Calvario. Según los griegos existe allí una piedra sagrada que se quebró a causa del terremoto producido en el momento de la muerte de Cristo. La hendidura habría permitido que la sangre del Mesías descendiera por la roca y redimiera al primero de los hombres, que se pensaba que estaba sepultado allí. La realidad era que quien pretendía llegar a la tumba de Godofredo dependía del buen humor de los monjes griegos  Las grescas a causa del control del ingreso a las tumbas de los reyes cristianos eran frecuentes entre latinos y orientales, pero los turcos –ahora los verdaderos dueños de Jerusalén– hacían todo lo posible para favorecer a los monjes ortodoxos en detrimento de los latinos y los armenios. Después de todo, el Patriarca griego no dejaba de ser un súbdito del imperio otomano.
Ocurrió entonces que el destino azuzó las pasiones entre las facciones cristianas. Hacia principios del siglo XIX llegó al Santo Sepulcro el monje Castino  de Meteora. Venía de habitar por treinta años en el famoso monasterio llamado Gran Meteoro, en Tesalia. Su aspecto tenebroso, sus ojos de un color negro sucio, los nudos de sus dedos y su impresionante altura provocaron una inmediata fascinación entre los suyos. No tardó en hacerse cargo de la misteriosa sociedad llamada Confraternidad de Hàghios Tàphos, que se arrogaba la custodia del sepulcro de Cristo. Los cófrades se reunían en una cripta en el interior del complejo, donde guardaban un antiquísimo archivo. Castino puso bajo llave a todos los rollos y códices allí ocultos y comenzó a leer, leer, y leer. Su único anhelo era demostrar que ninguna otra iglesia que la griega podía custodiar el Santo Sepulcro. Comenzaba su lectura cuando los monjes se iban a sus aposentos, luego de la cena. Leía hasta que las candelas se extinguían, y así cada noche. De día solo salía para comer y compartir la oración con sus hermanos en el Catholicón. Luego volvía a la cripta y continuaba la lectura.
Una madrugada, mientras examinaba un antiguo documento escrito en francés, Castino sintió que el corazón se le paralizaba, al tiempo que su cerebro le comenzaba a arder cual brasa de carbón. Era una antigua crónica de la cruzada en la que se narraba la gesta de los francos. Uno de los episodios llevaba por título Histoire du chevalier Godfrey et de l'ours Canavar. Espantado leyó y releyó el modo en el que Berengario había obligado a los monjes latinos a enterrar al príncipe envuelto en el cuero de la bestia. Era la gota que rebasaba el vaso. No solo habían profanado el Hàghios Tàphos enterrando a un bandolero lotaringio devenido en rey, sino que aquel cadáver yacía junto con un oso, elevado heréticamente a la regia dignidad de compartir la tumba del monarca. Horas más tarde, los cófrades se reunieron para escuchar el hallazgo de Castino.
¡Herjía! ¡Oprobio! ¡Ignominia! Tales fueron las palabras proferidas por los monjes, junto a otras que nos guardamos por decoro. Lo cierto es que ese día Castino y sus compinches urdieron un plan para purificar, de una vez y para siempre, el Santo Sepulcro. Primero convenció al Patriarca de que había que exhumar los cuerpos y arrojarlos de allí. No solo eso: había que asegurarse de que nadie jamás los encontrase. Luego hizo que el Patriarca lo llevase en presencia del gobernador turco, quien no vivía en Jerusalén sino en la ciudad de Jaffa. Poco importó al funcionario otomano lo que hiciesen con los huesos de Godofredo y su hermano Balduino, sin embargo reparó en la piel del oso.
El gobernador era un coronel del gran ejército turco y conocía muy bien la historia de Kilij Arslan, el sultán de Rüm, a quien consideraba un héroe por su desempeño en tiempos de la invasión cristiana. Por otra parte, su familia se remontaba a la antigua tribu turca de los Oghuz Yiva, que habían conocido tiempos de gloria de la mano de Kilij Arslan.  Haced con los reyes lo que os plazca –les dijo, serio-, pero la piel del animal es propiedad otomana. Traédmela con el mayor cuidado.
Castino y el Patriarca regresaron de inmediato a Jerusalén. Solo faltaba decidir qué hacer con los huesos, luego de quitarlos de la tumba. Fue en ese momento que el monje se atrevió a confesar el plan que había pergeñado: no solo se desharían de los huesos sino también de las tumbas; nada quedaría en Hàghios Tàphos que recordase que allí, alguna vez, fue sepultado un rey latino. 
Una semana después de la visita al gobernador turco, un incendio devastador se desató en la Iglesia del Santo Sepulcro. La desesperación se apoderó de los monjes, de los judíos (que temieron que se los culpase), y de los mahometanos que levantaban sus comercios en el bazar, alrededor de la basílica. En medio de las llamas, el insensato Castino y sus secuaces, arremetieron con mazos sobre las lápidas de mármol verde, profanaron los sarcófagos y extrajeron los restos en medio de la gran confusión reinante. Cuando las llamas fueron extinguidas, nada quedaba de las tumbas de Godofredo y Balduino. Un último registro sobre aquellos monumentos ha quedado testimoniado por la pluma del vizconde de Chateaubriand: “...No quise abandonar el sagrado recinto –escribió entonces- sin detenerme e inclinarme ante los monumentos funerarios de Godofredo y Balduino, que dan frente a la puerta de la Iglesia. Con respetuoso silencio saludé las cenizas de los reyes caballeros que merecieron hallar su descanso junto al gran Sepulcro por ellos libertado...”
Diremos por último que Castino de Meteora no pudo cumplir con la condición impuesta por el gobernador turco, pues la piel de Canavar era ya tan quebradiza que fue imposible separarla de los huesos apolillados de Godofredo. Desapareció de Jerusalén sin dejar rastros luego de esconder aquellos restos en un lugar que permanece secreto hasta el día de hoy.   

Eduardo R. Callaey ©

miércoles, 17 de enero de 2018

La palabra herida




Dice el apóstol que el Verbo era en el principio y que la palabra barrió con las Tinieblas. Los babilonios afirmaban que en el Edén aun se escuchaba el eco de aquel primer vocablo pronunciado, que había separado las aguas de arriba de las aguas de abajo. Luego fue creado el hombre, pero en la Caída, la palabra, herida, se perdió para siempre. Desde entonces el silencio nos abraza la garganta y erramos en los contornos de Babel, sintiendo nostalgia por la promesa que no fuimos. 

Ya no recordamos cómo se pronuncia el nombre de Dios, pero conocemos los de los cuatro ríos que rodeaban el Paraíso: el río Pisón que contorneaba la Arabia, el río Gihón cuyos afluentes nacían en Etiopía, el río Hidekel hoy llamado Tigris y el río Éufrates. En esas orillas misteriosas Adán le fue infiel a Eva seducido por las caderas de Lilith y Eva sucumbió al beso apasionado que le proponía Samael. Caín –el hijo ilegítimo– mató a Abel ciego de celos. Tubalcaín selló su pacto con el ángel que guardaba la fragua del averno y fabricó las primeras espadas. Las huestes de Samiasa –según cuenta Enoch– descendieron en el Monte Hermón, y enamorados de las hijas de los hombres crearon la primera raza de gigantes. Todo esto ocurrió en las orillas, antes de que Noé salvara a los suyos en un arca de madera.

La palabras del principio, aquellas dulces y poderosas que creaban mundos y criaturas, permanecen perdidas. Nos queda el recuerdo de un dialecto nacido en los arrabales cenagosos del Jardín bíblico, el idioma en el que se susurraron las primeras traiciones, se escucharon los amargos reproches del fratricidio original y se escribieron los pactos cerrados con los antiguos demonios.
Pico della Mirándola se preguntaba cómo reconocer entre el idioma original y el dialecto orillero de Babel. Creía que las voces y palabras tienen eficiencia en la obra mágica, porque aquello en que se ejerce primeramente la naturaleza mágica es voz de Dios. Cornelio Agrippa vivió obsesionado buscando los antiguos vocablos primordiales. Afirmaba que había dos clases de palabras, la palabra interior y la palabra pronunciada, pero que solo la primera era la verdadera y que había que hallarla en el abismo profundo del ser.

Hay quien busca la paz en el silencio, mientras que otros sufren el silencio de la palabra ausente. Hay quien busca en la soledad la escurridiza respuesta que esconde el silencio, mientras que otros sufren la soledad de la palabra silenciada en la que mora la amarga pena de las primeras tragedias. Nuestra estirpe es una estirpe de palabras y silencios. Vivimos atrapados entre los recovecos de las letras, hasta que algún día volvamos al origen, cuando todavía el espíritu de Dios flotaba en la faz del abismo y la palabra aun no había sido pronunciada.


Eduardo R. Callaey©

viernes, 13 de octubre de 2017

Hacia una caballería del Siglo XXI

Con motivo de un nuevo aniversario del encarcelamiento de Jaques de Molay (último Gran Maestre de la Orden del Temple) y en memoria de los Caballeros Templarios martirizados por la Corona Francesa y la Iglesia de Roma, a partir del 13 de octubre de 1307. 


“…Te saludo Virgen María, que has derrotado al mal, esposa del Altísimo y madre del más dulce cordero. Reina eres de los cielos, Salvadora de la Tierra; los hombres suspiran por Ti y los malvados te temen.”
“…Tú eres la ventana, la puerta y el velo, el patio y la casa, el templo, la tierra, lirio por Tu virginidad y rosa por Tu martirio.”
“Tú eres el huerto cerrado, la fuente del jardín que lava a los mancillados, purifica a los corrompidos y da vida a los muertos...”
“…Tú eres la dueña de los tiempos, la esperanza, después de Dios, de todos los siglos, pabellón de reposo del rey y asiento de la divinidad.”
“…Tú eres la estrella que brilla en el oriente y disipa en el occidente las tinieblas, la aurora que anuncia el sol y el día que ignora la noche…”

“…Tu que has engendrado al que no engendra, confiada como madre que ha cumplido su misión, reconcilia al hombre con Dios. Ruega, Madre, al Dios que diste a luz, para que nos absuelva y, después de perdonarnos, nos confiera la gracia y la gloria. Amen…”

Plegaria de un escudero, la noche de vigilia, previa a ser armado caballero
Anónimo, siglo XI

                  Difícil imaginar a un adolescente de diecisiete años, en el siglo XXI, rezar esta plegaría en la penumbra de una iglesia, iluminado apenas por un pábilo, frente a un altar desnudo, acompañado de su padrino. Lejano a nuestra cultura ha quedado el ritual de la “vela de armas”, en la que hombre dejaba atrás, definitivamente, el mundo de los niños para asumir su papel y su destino frente a Dios, su Iglesia y la comarca sobre la que tendría responsabilidad sobre vidas y bienes.

                Pero este ritual era muy común en el siglo XII. Frente al escudero se colocaba su espada, aquella que lo acompañaría el resto de su vida, para la salvación o la condenación de su alma. Su alma y su espada serían reflejo una de la otra. Si el alma era pura la espada se empuñaría con pureza en una causa justa. Si el alma era impura el acero se volvería negro, dominado por las tinieblas de la ambición y el orgullo.

                El siglo XII era un mundo de blancos y negros, sin demasiado lugar para tantos matices. La duda era una pesada carga que los espíritus evitaban a toda costa. Resultaba casi inhumano darle lugar a la angustia existencial en un entorno donde todo era rudo, tanto para el siervo que a duras penas cosechaba su siembra, como para el castellano que debía proteger su terruño, y con él a sus gentes con sus huertos y pastoreos y también a su propio Señor. En la pirámide feudal todo era un equilibrio en constante riesgo. Un universo tan inestable necesitaba reglas certeras, firmes, permanentes.

             Es cierto que la caballería puede vislumbrar antecedentes en el mundo clásico, especialmente en Roma. Pero fue en la Edad Media, y en particular en el siglo XII donde encontró sus modelos más perfectos y alcanzó la cumbre de la aspiración virtuosa. Fue un largo proceso surgido de la necesidad de encontrar un orden justo, en armonía con la fe que ocupaba todos los espacios de la sociedad. Un devenir de transformación en transformación, producto del pensamiento colectivo de señores y clérigos, reyes y abades, que perseguían el sueño de recuperar Jerusalén, perdida a mano de los paganos en el siglo VII. Pero, a su vez, se trataba de la búsqueda de la propia Jerusalén, una que existía en la conciencia profunda de cada cristiano y que encarnaba la esperanza de la vida eterna, el sentido escatológico de la tragedia humana.

             Eran tiempos difíciles, ciertamente. Pero en términos de fe corrían con cierta ventaja respecto de nosotros. Los ideales estaban atados a esa fe; y a ningún padre le faltaba el coraje para educar a sus hijos en el amor y en el temor a Dios, enseñando la prudencia antes que la liviandad; la humildad antes que la ostentación; el respeto al anciano y a las mujeres antes que la vaguedad irresponsable que conduce a nuestra sociedad a la deriva. Se veneraba a los héroes y más aún a los que habían muerto por sostener los juramentos de la caballería. Los niños sabían que sus días de juegos estaban contados y serían escasos. Que la vida no era un paseo gratuito y prolongado sino uno corto en el que cada jornada sería examinada en el final, cuando cada quien fuese sometido al juicio en las puertas del cielo.

                La libertad era un bien amado al que sólo unos pocos se les otorgaba como gracia. Aún así nadie era verdaderamente libre, porque la conciencia pesaba tanto como el contexto. Era un mundo en donde el corrupto, el traidor, el malviviente y el cruel no podían mimetizarse tan fácilmente como ocurre en nuestro mundo pleno de anonimato. Quien era libre sentía una gratitud de tal magnitud frente a la Providencia que, cuando un caballero renunciaba a ella para vestir el hábito de monje se producía a su alrededor un silencio reverencial, como si hubiese nacido un santo. Aquél que teniendo el don de la libertad renunciaba a ella para someterse a una Regla en donde el único destino era la pobreza, la abstinencia y la obediencia en eterna observancia del servicio a Dios, era sin dudas de los más valientes entre los hombres. Así lo narran las crónicas y así lo atestiguan miles de nombres de grandes guerreros enterrados en los camposantos de las abadías de toda Europa.

En 2014, el patio de armas del castillo de San Juan de Acre, Israel


                En el siglo XII -en el que dos frentes de batalla se libraban contra los sarracenos, en España y en el Levante- surgió con potencia inusitada el deseo de reunir ambos órdenes, el de la caballería y el de la vida monástica, y nació un  nuevo tipo de caballero, mitad guerrero mitad monje. La caballería ocupó entonces la cúspide del modelo cristiano. Estas órdenes monástico militares amalgamaron, en un solo corpus, el humus de muchas tradiciones forjadas entre Finisterre y las estepas del Este. Desde tiempos romanos, invasión tras invasión, los bárbaros habían moldeado el sincretismo entre las tradiciones de Roma –a las que no querían renunciar sino abrazar- y las propias, que terminarían enriqueciendo a las viejas instituciones del antiguo Imperio.

                De todos los libros que se han escrito sobre la caballería hay uno que destaca, tanto por su originalidad como por el rumbo que traza. Lo debemos a la pluma de Ramón Llull (1235-1315), teólogo, filósofo y místico catalán, publicado en 1276 con el nombre “Libro de la Orden de Caballería”. Se cree que fue escrito para un escudero que debía ser armado caballero. Su lectura es materia obligatoria para todo aquél que pretenda comprender esta condición; permítaseme citar cuatro párrafos de su Primera Parte titulada “Del Principio de la Caballería”

“…Faltó en el mundo la caridad, lealtad, justicia, y verdad; empezó la enemistad, deslealtad, injuria y falsedad; y de esto se originó error y perturbación en el Pueblo de Dios, que fue creado para que los hombres amasen, conociesen, honrasen, sirvieren y temiesen a Dios. Luego que comenzó en el mundo el desprecio de la justicia por haberse opacado la caridad, convino que por medio del temor volviese a ser honrara la justicia: por esto todo el pueblo se dividió en millares de hombres y de cada mil de ellos fue elegido y escogido uno, que era el más amable, más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo de mejor trato y crianza que todos los demás…”

“…Se buscó también entre las bestias la más bella, que corre más, que puede aguantar mayor trabajo, y que conviene más al servicio del hombre; y porque el caballo es el bruto más noble y más apto para servirle, por esto fue escogido, y dado a aquel hombre que entre mil fue escogido; y este es el motivo por el que aquel hombre se llama caballero…”
“…Habiéndose destinado para el hombre más noble el bruto más generoso, convino que entre todas las armas  se escogiesen y tomasen las que son más nobles y conducentes para combatir y defenderse de las heridas y de la muerte; y estas son las que se apropiaron al caballero…”

“…Al que quiere entrar en la Orden de la Caballería le conviene considerar y meditar el noble principio de la Caballería; y es menester que la nobleza de su corazón y buena crianza lo haga concordar y avenir con el principio de la Caballería, porque si no lo hace así, es contrario al Orden de Caballería y sus principios; por esto no conviene que la Orden de Caballería admita en la participación de sus honras a los que la son enemigos, contrarios a sus principios…”

Ramón Llull describe en su libro al oficio del caballero, cómo debe ser examinado el escudero que será armado caballero, al modo en el que debe ser recibido en la caballería, a la significación de las armas y de sus costumbres. Finalmente habla de la honra que se debe hacer al caballero. Afirma Llul que así como un Príncipe o Rey o Señor de un Estado no puede serlo sin haber sido armado caballero, por esa misma razón le debe respeto y honra al caballero, pues es a quien, en definitiva, tendrá a su lado en el campo de batalla.  

Pero, en estos primeros párrafos, encontramos la justificación del caballero: el mundo que ha engendrado la injusticia, la enemistad, la deslealtad, la injuria y la falsedad y necesita de hombres que reparen ese desorden, poniendo en juego todo lo que sea necesario. ¿No es acaso la descripción del mundo que nos rodea? El escudero recitaba la divida de la Orden de Caballería: Mi alma a Dios, mi vida al rey, mi corazón a mi dama, mi honor a mí. Pero todo se resumía en el honor, que dependía de mantener vivo el oficio de caballero, y ejercerlo.

El siglo XXI adolece de todas las faltas de las que se lamenta Llull, y que dieron lugar a la creación de la Orden de la Caballería; pero a diferencia del siglo XII, en este siglo son muy pocas las personas que pueden asumir este compromiso. El honor es relativo, entonces todo se ha vuelto mucho peor, pues el alma está en interdicto, la vida se reserva para el único y propio beneficio, el corazón ha cedido el amor a la simplicidad del vínculo frágil, efímero, y a nadie importa qué significa exactamente la honorabilidad.

Es justamente por esta carencia, que la Orden de la Caballería ha perdurado, aún en una mínima y desapercibida existencia, y comienza a sacudirse del profundo letargo al que había quedado relegada en los últimos dos siglos. Nos toca vivir en un mundo donde los valores de la fe, el honor y la justicia se guardan en la intimidad por temor a desentonar con los tiempos. La cultura se convierte en multicultura, es decir, en todas y ninguna. La vaguedad de conceptos en cuanto a temas sensibles como “familia”, “religión”, “tradición” y “deber” son inmediatamente sospechados de ideologismos vinculados con el oscurantismo, la segregación, la discriminación y el ataque a la libertad de conciencia.

Durante décadas, especialmente luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, Occidente vio crecer un movimiento libertario que vino a poner en la picota a todos estos valores que conformaban la sociedad construida durante siglos. El mayo francés, el existencialismo, el deconstructivismo y el relativismo como conjunto del abandono radical del modelo cristiano nos ha dejado un vació de valores tan extremo que nos lleva a una sociedad al borde de su extinción cultural. Bernadr Tschumi –se dice que es uno de los arquitectos que mejor ha interpretado a la filosofía decontructivista de Jaques Derrida- afirma que La forma no sigue más a la función. Si la respectiva contaminación de todas las categorías, las constantes substituciones y confusiones de géneros son las nuevas directivas de nuestra época, lo mejor sería tomarlas en nuestro provecho.[1]

Si Tschumi está en lo cierto (me asombra su frase “las iglesias se convierten en discotecas”), ya no deberían existir pilares, ni principios, ni siquiera cimientos, porque cualquier cosa puede ser sustituida por otra. Sin embargo, la experimentación intelectual está lejos de representar al grueso de una sociedad confundida.

En la medida en que tomemos conciencia de esta confusión entenderemos que el rol de la Caballería en el Siglo XXI sigue siendo el mismo que en el siglo XII, con la sola diferencia de que no tiene el monopolio de las armas, que han pasado a manos de los Estados Nacionales. La Caballería sigue representando la búsqueda de todo aquello que Ramón Llull expresaba cuando, al principio de su libro describe como la crisis de ausencia de valores que dio sentido a la existencia del Caballero.



[1] Broadbent,Deconstruction, a student guide., p. 67

martes, 18 de julio de 2017

Homenaje al V.·.H.·. Jorge E. Sanguinetti - Su paso al Oriente Eterno

El pasado 24 de junio pasó a decorar el Oriente Eterno el V.·.H.·. y dilecto amigo y Maestro Jorge Sanguinetti. Su fallecimiento, a los 88 años, tuvo lugar el mismo día en el que miles de masones celebraban la Cena Solsticial en ambos Hemisferios.


Mi relación con Sanguinetti es de tan larga data y de tal intensidad que me cuesta mucho escribir este obituario, pero en verdad sería muy desagradecido si no dejase testimonio escrito –aunque sea fatalmente parcial– de la vida y la obra de uno de los masones más trascendentes de la Argentina en el último siglo.

JORGE ERNESTO SANGUINETTI nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1928. Recibido bachiller en el Nacional Buenos Aires, ingresa en 1948 en la Orden Dominicana donde pasa el noviciado y cursa filosofía en su universidad hasta obtener el grado de Bachiller. Becado a España y luego a Italia cursa teología en el Pontificio Ateneo Angélico de Roma donde egresa como Licenciado en Teología cum laude.  Se familiariza allí con el latín, el griego y el hebreo.

Regresa a la Argentina en 1956 encargándose de tareas educativas de teología y de griego clásico en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán, ciudad esta última donde colabora en la formación de laboratorios, y se hace cargo de la cátedra de Historia de Oriente Próximo.

Agotado en 1961 su período religioso, logra transferir la capacidad lógica de sus estudios de filosofía a la ciencia de computación, ingresando a la empresa IBM donde cursa y obtiene el grado de Analista de Sistemas. Luego de desempeñarse varios años como tal, emigra a Canadá y luego a Brasil donde culmina su carrera en cargos directivos de sistemas.

Es en Brasil donde retoma su vida espiritual desde un nuevo ángulo y se contacta con círculos rosacrucianos. Dedica otros varios años al estudio sistemático de los filósofos presocráticos y las obras de Hermes Trismegisto, las cuales traduce del original y propone luego en su portal de Internet. Completa sus estudios con lecturas de Alquimia y las obras de Eliphas Levi, Pico de la Mirándola, Agripa, y Marcilio Ficino entre otros.  

En 1980 ingresa a la Masonería Argentina donde ejerce varias veces la presidencia en su Logia y otros cargos en los grados del denominado Escocismo. Se destaca por sus estudios del simbolismo y espiritualidad masónica y dedica su tiempo a la difusión de los mismos. Se convierte en colaborador permanente de la revista Símbolo de la Gran Logia de la Argentina para los artículos de simbolismo y espiritualidad.

En los últimos años dedicaría lo mejor de su tiempo a la traducción de las obras de Dante Alighieri, especialmente “La Vita Nuova” y “La Divina Comedia”, obras que, traducidas y comentadas por él, publica en su portal de la Web. En ambas obras ha redescubierto el camino iniciático que el Poeta propone en las tres etapas de la Comedia.

Conocí a Sanguineti en el seno de la masonería en 1990. Pero debieron pasar algunos años para que llegase a comprender en profundidad los conocimientos que poseía. A principios del año 2000, enterado de que yo había emprendido la traducción de los textos de Beda el Venerable, me ofreció su ayuda y así nació una colaboración que se extendió por más de quince años. En el transcurso de ese tiempo me sacó innumerables veces del pantanoso terreno de la Patrología Latina y me marcó el camino en la lectura de los Padres de la Iglesia. Esa cercanía espiritual convirtió a Sanguinetti en un hombre al que recurrí reiteradamente a lo largo de mi vida masónica.

Su desvelo más profundo era cuidar a su esposa, a la que le prodigó un amor difícil de describir. El tiempo que le quedaba era para la instrucción de sus HH.·., tarea a la que le dedicó los últimos años de su vida activa. No podía entender que una Orden tan Augusta se hubiese sumido en una decadencia tan aguda. Vivía investigando las raíces del simbolismo masónico y lo iluminaba con sus conocimientos que eran los propios de un hombre del Renacimiento.

Sanguinetti bien podría haber sido un personaje de una novela de Umberto Eco. Todo aquel que lo haya conocido dará fe de lo que estoy diciendo. En la medida que pasaban los años y continuábamos trabajando con documentos del monasticismo medieval, crecía mi insistencia acerca de que escribiese una nueva serie de manuales de los tres primeros grados de la francmasonería simbólica. Mi obstinación dio sus frutos y, en 2007 se publicó su primer libro “Espiritualidad y Masonería”, dedicado al grado de Aprendiz. Con esa obra inauguramos la Colección Masonería Siglo XXI, de Editorial Kier, colección de la cual tengo el honor de ser su director. Más tarde, en 2009, se publicaría “La Espiritualidad del Compañero Masón” y finalmente, en 2012 “El Sublime grado de Maestro Masón”, completando el plan inicial que abarcaba, como he dicho, a los tres grados. Estos libros constituyen ahora su testamento espiritual. 

A quienes hemos conocido la calidez de su mano, su lucidez espiritual y su mirada serena nos queda la menuda tarea de mantener la esperanza de una masonería más consiente de sí misma. Despido a mi amigo y hermano con la esperanza del reencuentro. Que el Gran Arquitecto del Universo lo reciba en su seno y que su ejemplo nos ilumine a todos.

Eduardo R. Callaey

lunes, 17 de julio de 2017

La Iniciación, ¿Por qué y para qué?

Pocas veces tenemos la oportunidad de presentar trabajos verdaderamente originales sobre un tema tan complejo como la Iniciación. Habitualmente escribimos sobre lo ya escrito o nos ajustamos a parámetros generales que nos aseguren no perturbar el espíritu -de por sí perturbado- de la francmasonería. Es por ello que me llamó la atención este trabajo de nuestro Querido Hermano, el conde Pascal Gambirasio d’Asseux, autor de numerosas obras dedicadas a la senda espiritual propia de la caballería, la heráldica (o ciencia del blasón), y de la iniciación masónica como un camino interior y de encuentro con Dios. Hay un valor agregado al trabajo, de por sí valioso de Gambirasio, y es la introducción que escribe mi Querido Hermano y amigo Ramón Martí Blanco, Gran Prior Emérito del Gran Priorato de Hispania, quien hace una introducción al trabajo de Gambirasio que nos permite aproximarnos a los acontecimientos masónicos -y políticos- que marcaron los inicios del Régimen Escocés Rectificado en España en los años 90. De modo que no sólo se trata de un trabajo para la reflexión sino de la visión histórica, veinte años después, de acontecimientos importantes para la masonería de corte caballeresco en la Península Ibérica. Cabe señalar que Martí Blanco es el traductor de una de las obras fundamentales de Pascal Gambirasio, La Voie du Blason - Lecture spirituelle des armoiries, que a todos nos gustaría ver publicada en la lengua de Cervantes. 
Como es habitual en este blog, no se trata de una lectura sencilla ni mucho menos conformista, de modo que invitamos al lector a serenar el espíritu y disfrutar de una magnífica plancha. 




LA INICIACIÓN


Hace pocos días, haciendo limpieza del que hasta ahora había sido mi despacho profesional, el cual tengo que dejar llegada la edad de la jubilación, me encontré enfrentado a una inevitable montaña de papeles y documentos. A lo largo de todos estos años, se han ido acumulando archivos profesionales, pero también archivos relativos a asuntos de la Orden a la que continúo vinculado y que me tocó dirigir durante veinte años.

He tirado muchos papeles que no tenían ningún valor, como demuestra el hecho de haber estado allí sin que en todo este tiempo haya necesitado, ni tan siquiera consultarlos. Pero también se han salvado otros que parecían olvidados, y que al revisarlos, han revelado que forman parte de nuestra historia y de la historia de la existencia del Régimen Escocés Rectificado en España, mucho antes de la existencia del GRAN PRIORATO DE HISPANIA.

Entre ellos, también he encontrado artículos y trabajos de distintos Hermanos de aquí y de allí, y en particular ha llamado mi atención uno que he seleccionado de un Querido Hermano francés, que ha venido a recordarme una etapa de mi vida en que por razones profesionales, me veía obligado a efectuar estancias en París, al menos una vez al mes.

Recuerdo que transcurrían los años siguientes a las Olimpiadas de 1992 que se celebraron en Barcelona. Eran tiempos difíciles (en realidad, siempre lo han sido…) para el R.E.R. en España, ya que en 1993 acababa de constituirse a partir de y a través de la Gran Logia de España, el Gran Priorato de España K.T. Para la Gran Logia de España, ello significaba poder tener y controlar una Orden de caballería Templaria, al margen de la situación habida hasta entonces en que debían pasar –les gustara o no- a través del Gran Priorato de las Galias, que tenía una Orden de caballería, pero distinta y aunque aparentemente todo era caballería, en realidad era la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa, afecta al Régimen Escocés Rectificado.

Como consecuencia de todo ello, la estructura del R.E.R. existente (a nivel de Orden Interior, las Prefecturas de Zaragoza y Barcelona con sus correspondientes Encomiendas) pasaba a integrarse dentro del nuevo organismo creado por la masonería inglesa anglosajona, presidido por el Gran Priorato para Inglaterra y Gales de los K.T. Dicha estructura quedó integrada en un Priorato (que se sitúa por debajo de un Gran Priorato) que tomó el nombre de la antigua Provincia de la Orden del Temple en estos territorios: Aragón, e instalándome a mí como máximo responsable para el R.E.R. en nuestro país. A la práctica para nosotros era como si la “madre” hubiera marchado de casa dejándonos “huérfanos”, solo que no había marchado voluntariamente sino forzada por las circunstancias, sintiendo de algún modo que se había roto el “cordón umbilical” que nos unía a ella, y viéndonos forzados a madurar de golpe al tener que asumir de improviso nuestro destino.

En estas circunstancias, mis viajes profesionales a París se revelaron providenciales pues permitían continuar manteniendo un contacto y continuar “nutriéndonos” a partir de unos trabajos (en forma de Planchas) que daban un sentido y una explicación a un Rito Escocés Rectificado, que por su bisoñez y falta de experiencia, no contaba con nadie con experiencia suficiente sobre el particular en base al que poder inspirarse y diera luz a tantas y tantas dudas que aparecían en su práctica cotidiana, así como a muchas preguntas surgidas de la reflexión en profundidad de los contenidos y las distintas Instrucciones presentes en los rituales de cada grado.

Buscando esa referencia tan necesaria para nosotros, encontré la Logia de mi Querido Hermano y amigo, Daniel Fontaine, a la sazón Gran Maestro del G.P.D.G. La logia se llamaba “Amitié et Bienfaisance” y aglutinaba a lo bueno y mejor del R.E.R. en Francia. De hecho, los máximos dirigentes del G.P.D.G. –comenzando por su Gran Maestro/Gran Prior- formaban parte de ella, y se concentraba en la misma el gobierno de la Orden, lo que les permitía una mayor eficacia en la gestión y toma de decisiones. Cuando llegué por allí de la mano de Fontaine, el que hacia las funciones de Venerable Maestro es el actual Gran Maestro del G.P.D.G. y en una de las Tenidas a las que asistí, iniciaron a Dominique Vergnole, uno de los actuales Grandes Dirigentes y miembro actual del Consejo de Gobierno del G.P.D.G.

Está claro que dicha Logia era la más influyente para el R.E.R. en Francia, y sus trabajos, fuente de inspiración para todos, y también –claro está- para nosotros. Allí conocí a Pascal Gambirasio d’Asseux que llegaría a ser Rey de Armas del G.P.D.G. y según ellos mismos han reconocido, el mejor Rey de Armas que nunca han tenido. Es autor de diversos libros sobre heráldica, y en particular de uno que yo mismo traduje y que en el G.P.D.H. utilizamos como “libro de cabecera” para la formación de nuestros Escuderos Novicios de la Orden Interior, que se preparan en el conocimiento del Noble Arte, para llegado su día ser Armados Caballeros. Gambirasio es de los heraldistas que ha sabido darle a la lectura de las Armas, una dimensión espiritual que va más allá del buen conocimiento formal del arte del blasonamiento, a que se limitan la mayoría de heraldistas, salvo honrosas excepciones como es el caso de Gérard de Sorval. La heráldica es un lenguaje que se refiere al hombre y a su gesta en el mundo, y a diferencia de la mayoría de heraldistas, estos dos –pero Gambirasio especialmente-, contemplan al ser humano también en su aspecto espiritual, aspecto que conviene e interesa a aquellos que como nosotros estamos comprometidos en la gesta de la iniciación, siendo la iniciación caballeresca una modalidad, dentro de la iniciación cristiana.

Porque es sobre la INICIACIÓN que trata Pascal Gambirasio en su artículo que aquí estamos comentando. Pocos autores conozco que hayan tenido la valentía de abordar este tema tan abiertamente, desde la perspectiva cristiana. En relación a la iniciación se han escrito muchas cosas y he oído muchas tonterías, en particular de “esoteristas” de medio pelo que “pintan” una iniciación que quedaría reservada a los poseedores de la “verdad” quedando el resto de mortales como una serie de memos y crédulos.

El cuadro que nos pinta Gambirasio es mucho menos ambicioso y mucho más humilde, pero revistiéndolo a la vez de una grandeza solo comparable al objeto de su visión de la iniciación. Para comenzar, sitúa la iniciación en el marco referencial del Evangelio de Cristo, diciéndonos que ninguna iniciación puede estar al margen o por encima del mismo, lo que ayuda a situarse y no perderse.

Los ejemplos que utiliza, sus alusiones y sus referencias son el Evangelio [“el Evangelio es la Ley del Masón” dice nuestra Regla Masónica Rectificada], los Padres de la Iglesia y los rituales Rectificados. Cita sin ruborizarse y en diversas ocasiones la exhortación apostólica del Papa Juan Pablo II “Vita Consecrata” de 1996, poniendo de manifiesto su condición de masón católico Romano de manera desacomplejada, en un momento [y hoy todavía más] en que en el ámbito masónico cristiano, reconocerse católico quedaba mal visto, ya que los masones que aceptaban los orígenes cristianos de la masonería tradicional [que algunos descubrieron gracias a René Guénon], y se acercaban de nuevo a la tradición cristiana, veían admisible apuntarse a cualquier confesión cristiana, excepto la católica que se consideraba menos renovada y más degradada. En realidad, reflejos de la “modernidad”.

Sin embargo, Gambirasio conoce por supuesto a Guénon, y lo menciona [por su nombre o mediante sus planteamientos] en un par o tres de ocasiones, pero sus alusiones son inevitables ante un foro que no hubiera entendido que no se mencionara al autor que en el siglo XX empezó a hablarnos de la noción de tradición asociándola a la de religión. Con René Guénon se puede estar de acuerdo o no, siendo difícil para un cristiano creyente en la Revelación, aceptar una religión primordial [al menos como él la explica] de la que se derivarían todas las demás, señalando un ranking de degradación de cada una de estas religiones en relación a la primordial, quedando el catolicismo naturalmente a la cola. De ahí que Pascal Gambirasio considere lógicamente a Guénon, pero ponga por delante y en primer lugar a Cristo.

Menciona –aunque sea muy de pasada- a Louis-Claude de Saint-Martin, pero para nada a Martinès de Pasqually y por supuesto, ignora sus postulados conflictivos [para la tradición cristiana] que se pueden encontrar en su “Tratado”. Estoy de acuerdo con Gambirasio sobre que Saint-Martin –sin haber renegado de Pasqually- es mucho menos peligroso que este último. Pero insisto cómo destaca su perfil católico-romano al ponernos como ejemplo de receptividad y apertura a la voluntad de Dios, de la figura de la santa Virgen María.

Destaca también su percepción y diferenciación entre esoterismo cristiano y cristianismo esotérico que condena al pretender constituirse este en “una especie de cuerpo doctrinal distinto, incluso opuesto al Santo Evangelio” el cual sitúa por encima de todo. Es ese cristianismo esotérico a que se refiere Gambirasio, que tanta turbación ha traído a la Orden Rectificada por parte de aquellos que confunden la gimnasia con la magnesia, insistiendo en la existencia de una doctrina propia del Rectificado (heredera de algunos postulados equívocos de Pasqually) que estaría por encima (por aquello del purismo en la práctica del R.E.R.) de cualquier otra doctrina, chocando con esto con el Evangelio y con la doctrina de la Iglesia. La iniciación de “los confundidos” entraría entonces para Gambirasio en la categoría de las “tradiciones no cristianas” en la que el iniciado se sitúa por encima del resto al pretender poseer un tipo de conocimientos que los demás no poseen, entrando con ello en colusión con la tradición cristiana para la que “todo es dado” en plenitud por los sacramentos.

Muy interesante trabajo el de Pascal Gambirasio sobre “La Iniciación” y que aporta valiosas luces que he querido compartir, traduciendo sus reflexiones para hacer partícipes de las mismas al ámbito hispánico.


Ramón Martí Blanco
Barcelona, 15 de julio del 2017, (veinte años después de la aparición del trabajo de Gambirasio)
Festividad de San Buenaventura




LA INICIACIÓN,
¿POR QUÉ Y PARA QUÉ?

VISIONES DIVERSAS SOBRE LA VÍA INICIÁTICA EN EL MARCO EVANGÉLICO
Pascal Gambirasiod’Asseux


Este título es voluntariamente provocador. Pero la “pro-vocación”, en su esencia¿acaso no debe entenderse como un llamamiento para cumplir alguna cosa, como una llamada hacia algo o de alguien…? Siendo ese “alguien”, como bien habrá podido comprenderse, el mismo Cristo que no deja de llamar a los hombres a que lo sigan y a su imitación.

El subtítulo, por su parte, anuncia la orientación y el objetivo de este trabajo (que reconoce gustoso por su parte sus límites e imperfecciones) versando sobre un tema mayor de nuestra vía espiritual. En efecto, en tanto que iniciados cristianos debemos ser conscientes del carácter paradójicamente específico y universal de nuestro camino, y como bien señalaba el Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica “VITA CONSECRATA” presentada en 1996: “Aun cuando toda la Sagrada Escritura sea (…) fuente límpida y perenne de vida espiritual, los Evangelios son «el corazón de todas las Escrituras ».

El sentido de la palabra iniciación (del latín: initium, que viene de inire: compuesto por su parte dein, que significa en eire, significando ir, marchar, avanzarse) es doble y connota por una parte la idea de encaminamiento, más particularmente de los primeros pasos en el cumplimiento de este encaminamiento, y por otra, la idea de una interioridad.

La iniciación se define así de manera natural como un encaminamiento interior, como una búsqueda de interioridad, insistiendo en su carácter de comienzo probablemente con el fin de subrayar que su término, su cumplimiento “no es de este mundo” en su sentido evangélico, lo que tampoco no significa que no pueda ser alcanzada, realizada “en este mundo” o “desde este mundo”. Volveremos más adelante sobre esto.

Esta andadura interior, así pues estrictamente hablando, esta vía del y hacia el corazón, es simultáneamente, y de manera efectiva, andadura hacia lo “alto”, andadura hacia el Reino de los Cielos en el que Cristo Jesús nos revela que él “también” está y ello “en primer lugar” dentro de nosotros: “ved, en efecto, que el reino de Dios está dentro de vosotros[1]. Señalaremos aquí que el término de esoterismo significa precisamente “lo que está al interior”, en “el corazón” de las cosas o los seres.

Por otra parte, no nos es posible evocar este carácter de encaminamiento y vía que constituye el propio de la iniciación sin recordar estas palabras del Señor que aclaran e iluminan (en todos los sentidos del término) su naturaleza esencial: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”[2].

El Verbo divino encarnado en la adorable Persona de Jesucristo, se presenta así, no solamente como el objetivo de toda iniciación, sino también como la vía misma para acceder a ella; diríamos inclusive la Voz, la Palabra de llamamiento que invita a ello. Efectivamente, el hombre es llamado continuamente por su Creador y Salvador para que se gire (se torne: la conversión en su sentido pleno) hacia Él, Fuente de Amor y de Vida: “Sígueme”[3].

La iniciación es pues la búsqueda del reencuentro, de la intimidad con la Verdad revelada la cual, de igual modo como el Camino que conduce a ella, no es otra que una Persona, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Por otra parte el esoterismo, o el conjunto de conocimientos y “operaciones” rituales que le están vinculados, significa muy precisamente lo que surge del ámbito de la interioridad y en consecuencia del secreto porque es de naturaleza sagrada y escondida en “la célula del corazón” según expresión monástica. El esoterismo, en oposición a la locura ocultista o de los travestismos heréticos en que algunos lo han convertido –en todos los sentidos de la palabra-, aparece así como el corazón, la médula y la sangre espirituales del Conocimiento y la Caridad que el Padre nos abre y nos pide por el Hijo en el Espíritu: “Venid, y lo veréis.”[4]

Pero es menester precisar que la iniciación, esencialmente, es una vía reservada; una voz que sólo es percibida si uno es escogido por ella. He ahí el auténtico sentido de la vocación que nos devuelve al deseo espiritual del santo encuentro que evocábamos hace un instante, encuentro de corazón a corazón con Dios, Creador, Salvador y Amigo, que a la vez se revela y se oculta. Y para nosotros, en tanto que cristianos, de la entrada más intensa en la participación adoptiva de la vida trinitaria, en este amor de las Tres Personas de una única naturaleza, que nos es dada por los Sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía. La realidad de esta vía reservada, de esta vocación específica nos es anunciada y justificada por estas palabras de Jesús: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas ante los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y volviéndose a vosotros os despedacen.”[5], y cuando sus discípulos le preguntaban por qué hablaba a las turbas mediante parábolas, les respondía: “A vosotros os ha sido entregado el misterio del reino de Dios; mas a aquellos de fuera todo les viene en parábolas, para que mirando, miren y no vean; y oyendo, oigan y no entiendan (…).”[6] Múltiples son los sentidos de estas palabras, todos ellos complementarios. Significan la multiplicidad de los dones de Dios y de los caminos que llevan a Él y sugiere muy nítidamente, en particular por el calificativo de “aquellos de fuera” (dichos también profanos), la vocación iniciática y el conocimiento esotérico.

En otros términos, esta vocación iniciática, esta vía esotérica constituyen realmente una hermenéutica, pero interior y reservada (entendiendo que la hermenéutica es la interpretación teológica de los textos sagrados).

El misterio de este llamamiento es un componente del misterio de las vocaciones y carismas que Dios dispensa a cada uno según su sabiduría infinita para el bien de todos en la unidad de la Iglesia, como lo expone principalmente san Pablo en su epístola a los Romanos[7] y en su primera epístola a los Corintios[8]. El episodio de la Transfiguración del Señor fundamenta e ilustra esta vía de misterio reservado: en efecto, de entre los doce, Jesús escoge y llama únicamente a Pedro, Santiago y Juan; los lleva en un aparte únicamente a ellos a otra montaña, el monte Thabor, para contemplar la manifestación de la Gloria divina. Pero “descendiendo ellos del monte, les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos. Y guardaron la palabra entre sí.”[9] La tradición ha querido dar a Santiago y Juan el calificativo de Boanerges, nombre que significa literalmente “hijos del trueno”. Recordaremos, por una parte, que Juan y Santiago son los dos santos patrones de la iniciación de Oficio o Compañerazgo, y por otra, que en el curso de la ceremonia de iniciación según el Rito Escocés Rectificado el candidato, justo antes de recibir la luz, “oye” resonar el trueno.

La respuesta libre y amorosa del ser ante el llamamiento divino según su carisma propio, según el don del Espíritu que el Padre ha querido para él, es lo que defineal hombre de deseo, tal cual es evocado por el Apocalipsis de Juan y junto a él por el Filósofo Desconocido Louis-Claude de Saint-Martin.

Esta respuesta del amor del hombre al amor de Dios, que la teología denomina la redamatio, da testimonio de la orientación del ser, del “signo” que lo marca ontológicamente y del buen uso que el interesado ha hecho de su libertad, primero de los dones gratuitos del amor de Dios para con el hombre. Es la respuesta a la pregunta planteada por el Señor a Adán en el jardín del Edén después del Pecado y es entonces que precisamente Adán se esconde: “¿Dónde estás tú?”. Pero ésta vez, en la luz de la Salvación y la voluntad de conversión del hijo pródigo, la respuesta es idéntica a la del discípulo Ananías llamado por Jesús en el curso de una visión: “Heme aquí, Señor”[10] y satisface todo el conjunto y la anterior pregunta cuando la Caída y ésta llamada constante del Salvador citada anteriormente: “Sígueme”.

Es la respuesta del ser que presenta su dignidad esencial, su nobleza original y que experimenta en lo más profundo de sí mismo que su razón primera no es otra que escatológica: la alabanza y la adoración de la Santísima Trinidad en la intimidad filial de este diálogo auténtico y misterioso que es la verdadera contemplación: la presencia del corazón del hombre con la Presencia del Corazón de Dios en él, en primer lugar, por el de Jesús, el Emmanuel por el Espíritu Santo.

Por otra parte en este aspecto, el primer carácter de la vía iniciática, en su modalidad cristiana, es perfectamente mariano puesto que en efecto, en la historia de los hombres como en la plenitud de los tiempos, no existe ninguna criatura, ningún ser comparable a la santa Virgen María quien, en fruto de su total oblación a Dios, ha sido objeto de la manera más eminente y única de la presencia en ella del Verbo por el Espíritu. En este sentido asume por todos nosotros el paradigma de toda santidad y nos es dada a la vez como ejemplo y como madre. A la Iglesia en general y a cada uno de sus hijos en particular, especialmente a aquellos que han recibido la cualificación iniciática, ella muestra, cuando la Anunciación, la única vía hacia Dios presentándose como el cumplimiento perfecto: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”.[11]

La “cualidad mariana” se revela pues como carácter constitutivo de toda alma ofrecida a Dios y viviendo de y para el Señor, Única Realidad, único origen y Único Término.

Vía activa en una aparente pasividad que es de hecho una recepción gustosa y activa, una receptividad actuante y discerniente del corazón y del espíritu. ¿No es acaso el trabajo de todo iniciado y principalmente el del aprendiz, sentado silenciosamente en la columna del norte y que acaba de nacer (o quizá mejor renacer) a la Luz que es Cristo? Para realizar esta recepción, es preciso en primer lugar ser capaz del recogimiento, que es silencio y secreto, así pues vigilancia del centro del ser, esta “célula del corazón” de la que hablábamos más arriba. Esta guardia, esta vigilancia, es un elemento clave –en el pleno sentido de la palabra-, de la vía espiritual y muy especialmente de la vía iniciática, ligada por naturaleza al misterio del silencio y de la Luz escondida para aquel que no está llamado a contemplarla en todo su esplendor. El ritual de cierre de los trabajos del Rito Escocés Rectificado se nos presenta como una ilustración inmediata a través de estas palabras pronunciadas por el Venerable Maestro: “Que la Luz que nos ha iluminado en nuestros trabajos no sea nunca expuesta a los ojos de los profanos”.[12]

Esta vigilia, este recogimiento en la humildad, ya que quien se siente llamado y todavía más en el camino de la iniciación, sólo puede hacer íntimamente suyas estas palabras pronunciadas por todos y cada uno en el momento de la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo: “Domine, non sum dignus (Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará para sanarme)”, esta guardia y este recogimiento,así pues, se enraízan y se alimentan del ejemplo mayor de María acogiendo la Palabra y recogiéndose en Ella para mejor ofrecerla al mundo, así como san Lucas lo señala: “María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.[13]

Es solamente en la plenitud de esta actitud que toda alma está dedicada a volver a ser, lo que ella siempre ha sido y nunca ha dejado de serlo, desde toda la eternidad, y que traduce tan pertinentemente el blasón y la divisa del grado de Aprendiz (“AdhucStat”).

Es también el signo cristiano de este camino iniciático, que de alguna manera y según su carácter propio y sus carismas específicos, sella lo que en términos teológicos se denomina la consagración: se evoca entonces la vida consagrada o una persona. Nos parece oportuno citar aquí un breve pasaje de la exhortación pontifical citada anteriormente: “A imagen de Jesús, el ‘Hijo bien amado’ que el Padre ha consagrado y enviado al mundo[14], aquellos que Dios ha llamado para que le sigan, están ellos también consagrados y enviados al mundo con el fin de imitar su ejemplo y proseguir su misión. Esto se aplica a todos los discípulos en general. No obstante, se aplica de manera más particular a aquellos que son llamados a seguir a Cristo “más de cerca”, en la forma específica de la vida consagrada, y hacer de ello el “todo” de su existencia (…) La misión, en efecto, caracterizándose por las obras exteriores, consiste en hacer presente al mundo el mismo Cristo a través de su testimonio personal. He ahí el desafío, ¡he ahí el objetivo primero de la vida consagrada! En la medida que uno se deja configurar a Cristo, más lo hace presente y actuante en el mundo para la salvación de los hombres. Esta consagración, que no debe ser confundida con uno de los siete sacramentos, es el vector de cargos y deberes espirituales.

En el plano y en el ámbito que son los suyos, la iniciación es comparable a una consagración y exige con el mismo rigor la cualificación y fidelidad a los compromisos solemnemente adquiridos. Por lo demás, ¿acaso en el ritual de cierre del Rito Rectificado no se nos pide: “llevar entre los otros hombres las virtudes de las cuales habéis jurado dar ejemplo”[15]… Esta “consagración iniciática”, podríamos decir, cuyo carácter imborrable queda impreso en el ser por la recepción de lo que René Guénon denomina “la influencia espiritual” recibida en el momento de la ceremonia de iniciación, es también, en corolario, la fuente de los carismas necesarios a esa misión, a estos deberes. Carismas, a los que por otra parte aspira nuestra plegaria de cierre de los trabajos recitada en el seno de la cadena de unión, dispensados por el Espíritu sobre cada uno de acuerdo a sus necesidades y los deseos de Dios respecto a él.

Sobre la naturaleza y los “efectos” de la iniciación, es ciertamente necesario distinguir según se opere en el seno de las tradiciones no cristianas o en el marco evangélico de la Nueva y Eterna Alianza.


Tradiciones no cristianas

La iniciación constituye, en el contexto espiritual considerado, como un “plus” que aporta en relación a lo que recibe la “multitud” realmente una gracia suplementaria. La iniciación, por su parte, a través de la bendición específica que ella representa, confiere una suerte de privilegio a ojos de lo que es transmitido a la masa de fieles. En la medida que estos últimos reciben el viático general que les permitirá cumplir lo mejor posible a su estado su peregrinación terrestre (en modo bíblico, diríamos que son admitidos en el recinto del Templo, incluso en el Santo), la iniciación se presenta entonces como la posibilidad de franquear el umbral, siendo admitido en el Santo de los Santos; quedando así como la recepción de un tipo de bendición reservada.

Así mismo, este “plus” que evocábamos hace un instante se percibe y analiza como un elemento de interioridad y decondicionamiento “suplementario” en el cuadro de la revelación espiritual considerada. Dicho de otra manera, se trata de una gracia (de una “influencia espiritual” como diría Guénon) que aproxima al Centro a aquel que la recibe, permitiéndole, obrándole en el pleno sentido de la palabra, otras posibilidades, otros campos de realización espiritual en esta vida o en lo que se ha convenido denominar los estados póstumos del ser. Estos estados pudiendo entonces diferir esencialmente, en este contexto tradicional no cristiano, según uno esté iniciado o no, y a condición que dicha iniciación se haya cumplido, o que uno se beneficie (si se nos permite decirlo ya que de por sí es un testimonio eficaz e inconmensurable de la atención misericordiosa del Creador para sus hijos), “solamente” de la bendición general que “envuelve” al conjunto de miembros de la comunidad con vistas a un viático espiritual apto para ser alcanzado y cumplido por esta multitud todavía no sensible al deseo de interioridad y de lo absoluto “para el Reino de los Cielos”.




Tradición cristiana

Fundamentalmente a diferencia de otras formas tradicionales, precisamente porque se trata de la Nueva y Eterna Alianza en la que interviene “la plenitud de los tiempos”, según la promesa de Dios, la revelación cristiana no conoce, o quizá mejor no considera, esta distinción de algún modo jerárquica de bendiciones, de la “periferia” al “centro”.

“Todo es dado” en plenitud por los sacramentos fundamentales del bautismo y la confirmación y por la participación de la comunión eucarística que los mismos sacramentos permiten y para el que son ordenados.

El hombre, por el santo bautismo es definitiva y radicalmente lavado del pecado original, o lo que es lo mismo, de las consecuencias ontológicas del pecado de Adán. El hombre es salvado de la Caída y la marca de Satán sobre él queda borrada, aunque permanece, a pesar de todo, susceptible y así pues sensible a las tentaciones del Maligno quien continúa pudiéndolo herir a nivel individual mediante sus potenciales corrupciones si se deja seducir y subyugar. Pero las aguas vivas del bautismo y el fuego de esta pentecostés personal que constituye la confirmación, marcan de manera imborrable al ser que las recibe y hacen de él un ser nuevo, un ser renovado en el Señor. El alimento eucarístico, finalmente, lo hace entrar como por “anticipación escatológica” en los misterios del Reino de Dios y ser admitido, por la gracia adoptiva a la vida Trinitaria que las Tres Personas tienen por naturaleza.

Como podemos ver, y es aquí la doctrina cristiana con toda su autoridad divina la que afirma a través del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, que no es posible que en el marco espiritualla iniciación aporte una gracia “de más” en relación en relación al resto que no fuera compartida por el conjunto de bautizados. Es de igual modo precisamente en esto que el cristianismo y la iniciación cristiana difieren de otras tradiciones.

Sin embargo, esto no significa que la vía iniciática pierda su razón de ser en el contexto cristiano, ni tampoco su “eficacidad” propia, muy al contrario; y si acaso no confiere “nada de más”, ella transmite “algo mucho mejor”, dicho también lo “más cercano” a Cristo por retomar la expresión del Santo Padre (cf. Vita Consecrata). Ella constituye, si se nos permite el ejemplo, una ampliación, una intensificación del sacramento de la confirmación y más precisamente todavía de ciertas virtudes y gracias del Espíritu Santo que este confiere, en particular la virtud de la Fuerza y la de la Justicia, particularmente vinculadas a la iniciación caballeresca. Por otra parte, podemos acudir a la misma doctrina de la Iglesia en cuanto a la definición ya los efectos del sacramento de la Orden, reservada a algunos en relación a las gracias y caracteres generales compartidos por todos los bautizados, llamados –no lo olvidemos- al triple ministerio real, sacerdotal y profético. La iniciación, en el marco de la tradición cristiana, integra, culmina, recapitula y justifica las iniciaciones anteriores, todas ellas fundamentalmente de origen divino y coeternas al hombre desde su exilio “en este mundo”. Actúa en esto exactamente la tradición cristiana como respecto a otras tradiciones en el plano dicho “exotérico”.

De este modo la iniciación cristiana transfigura e ilumina las iniciaciones anteriores las cuales aparecen como prefiguraciones. En lenguaje teológico, diríamos que estas iniciaciones quedan “justificadas”, en efecto, es decir a la vez legitimadas en su naturaleza y objeto, y en lo sucesivo comprendidas y “situadas” como “propedéuticas” antes que la Palabra no se encarnara en la historia de los hombres. Estas religiones e iniciaciones contribuyeron, según su orden, a realizar lo que Juan el Bautista nos exhorta a efectuar en nuestros corazones respectivos: preparar y enderezar el camino hacia el Señor[16]. Esta “justificación” le permite tomar finalmente su verdadera dimensión y revelar su auténtica “eficacidad espiritual”.

La iniciación, en el marco cristiano, está marcada por el mismo sello. Los elementos arquetípicos y preexistentes en la perspectiva que acabamos de definir quedan en lo sucesivo ordenados a la Palabra última y viviente de Dios hecho hombre, Jesucristo, que da y deja al mundo su Alianza, su Alegría y su Paz.

Como la religión en la que se inscribe en un corazón radiante, la iniciación cristiana “recapitula” igualmente todo lo que fue o permanece en la materia como al igual en gracias anteriores, lo que significa que las reúne y traspasa, que las sintetiza e ilumina en plena comunión de sentido.

Por otra parte, firma y abre una profundización en la mirada interior, una apertura del “ojo del corazón” en favor del iniciado cristiano en relación a su hermano cristiano no iniciado. Como ya hemos dicho, el no iniciado, no soporta una falta, ya que el iniciado, sin tener un “plus” goza de un “mejor” en una ilustración de la diversidad de carismas y la superabundancia evangélica.

Ya que, si todos los cristianos están “situados” por la gracia del bautismo, en el “centro”, en el “corazón de Dios”, el iniciado en particular, percibe sus latidos con mayor consciencia, deseo e intensidad. Es de hecho el oficiante y el guardián, de acuerdo a su vocación y a los dones que el Espíritu le haya otorgado. En esto consiste su misión en este mundo.

Así mismo, la iniciación en el marco de la religión cristiana, busca con todo amor y toda humildad la revelación del corazón del Evangelio, de la interioridad cardíaca o cordial de la Alianza del Cordero de Dios, Salvador del mundo.

Y ¿por qué–pues-, querer ir más allá, hacia Dios? ¿Por qué pues ir, como dice el Santo Padre: “lo más cerca de Cristo”?[17] La respuesta la tenemos, por una parte, en estas palabras de san Macario de Egipto: “Si alguien dice: ‘soy rico, tengo todo lo que pueda necesitar, no necesito nada más’, este no es cristiano sino un vaso de iniquidad diabólica. Ya que el placer que se tiene en Dios es tanto que uno no puede saciarse. Cuanto más se gusta, cuanto más en comunión estas con Él, más hambre tienes.”

Ahora bien esta hambre a que nos referimos, ¿acaso no es la vocación primera, esencial, del hombre la verdadera vida de su ser…?

Y en estas palabras de san Anselmo, por otra: “No trato, Señor, de penetrar en vuestras profundidades ya que mi inteligencia no es en absoluto comparable, sino tan solo deseo comprender un tanto vuestra verdad que mi corazón cree y ama.”

Estos dos Padres de la Iglesia explicitan de esta manera y en su radicalidad la fuente y la legitimidad espirituales y evangélicas de la meditación teológica al igual que de la vía iniciática.

Por otra parte, toda la vía se resume, se consuma y se consume en el ejemplo y el testimonio de estos tres faros de la espiritualidad carmelitana que podemos contemplar como iniciados por el mismo Espíritu Santo.En primer lugar, san Juan de la Cruz cuando afirma: “en el atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”; santa Teresa de Jesús (santa Teresa de Ávila), a continuación cuando proclama: “Y sin amor todo es nada”; finalmente santa Teresa del Niño Jesús (santa Teresa de Lisieux), que nos deja el perfume de su alma, escribiendo: “En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor”.

Amor y conocimiento como una sola y única plegaria, como una sola y única obra cristiana, san Pablo lo confirma y exhorta a ello con estas palabras: “Que vuestra caridad abunde más y más en el conocimiento y en toda comprensión”[18]. He ahí lo que teje el carácter de la iniciación cristiana, el mantillo de tierra en que germina y crece.

En esta realidad y por tal de captar un tanto la dimensión de la iniciación cristiana y del esoterismo cristiano, podemos considerar la síntesis siguiente: Bautismo y Confirmación son los sacramentos fundamentales del cristiano: los sacramentos, es decir los signos y los instrumentos eficaces de la regeneración de su ser por la gracia salvífica del “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”[19] y redime el pecado de Adán al precio de su Preciosa Sangre. La eucaristía, alimento celeste o pan de los ángeles, es la participación “desde esta vida” de la Vida trinitaria, abierta por los dos sacramentos anteriormente citados.

En el seno de la plenitud de estos tres sacramentos que “marcan” ontológicamente al cristiano y componen una única familia, en la Iglesia, donde todos comparten la misma dignidad y los mismos efectos de la gracia de este modo dispensada, hay como tres recintos en la economía general de las misiones ligadas a la vocación de cada uno, que no difieren en jerarquía sino en carácter. Y la iniciación es uno de estos tres recintos. Recordemos estas palabras del Apóstol: “Y hay diferencias de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diferencias de ministerios, pero es uno mismo el Señor. Y hay diferencias de operaciones, pero es uno mismo el Dios que lo opera todo en todos. A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para lo conveniente.”[20]


El sacramento de la Ordenación

Según la jerarquía tradicional y estrictamente hablando, únicamente el Obispo (consagración episcopal) y el Presbítero (ordenación sacerdotal) están facultados para celebrar la eucaristía, ya que el Diácono no ha recibido la ordenación que se lo permitiría. De acuerdo a ello, la misión y el carisma del obispo y del sacerdote, por la gracia y el carácter del sacramento de la Ordenación, es el de configurarse a Cristo para cumplir el sacrificio eucarístico y asumir la plenitud del apostolado en beneficio de todos. En estos “actos”, se encuentra realmente el Verbo de Dios que actúa en y por ellos.


La vida consagrada

Esta consagración no se inscribe entre el número de los siete sacramentos. Dicha dedicación, define y sella la vocación religiosa regular o secular de los hombres y mujeres que “toman el hábito” de las Ordenes monásticas, o se comprometen en el seno de las Congregaciones o Institutos religiosos. Es igualmente la vía de los laicos pertenecientes a lo que se denomina las Ordenes Terciarias u Ordenes terceras, surgidas de una de las Ordenes monásticas mencionadas. El carácter de esta vía dedicada y la especificidad de la misión de aquellos que son llamados a la misma es el de vivir en imitación perfecta a Cristo, castamente, pobremente, obedeciendo la voluntad del Padre, orando y llevando su misión, a fin de hacerlo presente, incluso y sobre todo, allí donde no es conocido o reconocido. En su modalidad religiosa, es la ascesis hacia la santidad a la que todos los hombres están llamados -aunque bien pocos respondan a esa vocación-, para convertirse en el germen del Amor, de la Paz y de la Alegría de Dios.


La iniciación

En el marco cristiano, la iniciación se presenta, a la vez y en una aparente paradoja, como un aspecto central y específico de la consagración evocada en el párrafo precedente.

Aspecto central, porque la iniciación nace y vive de la Palabra encarnada que es simultáneamente la Luz verdadera que ilumina a todos los hombres, como bien anuncia el Prólogo del Evangelio según san Juan[21]. Central y así pues, en el sentido pleno de la palabra, católico, es decir universal. Es en esto por otra parte, que a imitación del Evangelio en el seno del cual se inscribe, la vía iniciática cristiana “recapitula” como se ha dicho, “conteniendo” en cierto modo, todas las iniciaciones anteriores.

La iniciación cristiana constituye el corazón  de “la iniciación” por consecuencia inmediata del hecho que el Evangelio constituye a su vez el corazón de todas las Revelaciones divinas precedentes hasta entonces identificadas como prefiguraciones y propedéuticas. Analógicamente y haciendo un paralelismo, podemos ver que en el Rito Escocés Rectificado, desvelamos la luz al candidato durante la ceremonia de iniciación en dos tiempos: en el primero, desvelándole solamente una luz “difusa”, precisamente porque sus ojos –el alma del candidato- no son todavía capaces de soportar en todo su esplendor-en que por otra parte nunca ha dejado de brillar-, mientras que en el segundo, se sitúa al candidato frente a y en la gloria de la Presencia, en un recuerdo del bautismo que lo revistió de Cristo, Luz del Mundo. Podemos comprender ahora por qué la iniciación hace de él en lo sucesivo, un “hijo del trueno”, un “hijo de la Luz”.

Aspecto específico, ya que la iniciación, el conocimiento esotérico, tiene por misión abrir el ser que está llamado al absoluto de la Buena Nueva y a la realización, por los ejercicios espirituales que le están vinculados y reservados, de cuerpo de gloria o cuerpo de resurrección. ¿Acaso no afirma la tradición iniciática, que al mediodía en punto, el iniciado cumplido no proyecta ninguna sombra…?

La Gran Obra de esta vocación es pues la de actualizar, la de “anticipar”, si se nos permite, lo que debe advenir escatológicamente, en primer lugar a título individual en lo que se acostumbra a denominar los estados póstumos del ser, en cumplimiento de la Resurrección de la carne y a continuación a título colectivo, lo que significa radicalmente la Comunión de los Santos, cuando todo estará acabado en la Plenitud de los tiempos en que Dios será “todo en todos”[22], como dice san Pablo.

A través del camino trazado por las Beatitudes, que residen en la vía real del cristiano, así como por las “operaciones” y ejercicios espirituales que le son propios, la vía iniciática permite a aquellos que son llamados a esta realización en modo religioso o monástico, realizarla incluso “en esta vida” y “desde esta vida”, constituyéndose en los guardianes de una enseñanza que el Señor entiende que no es bueno que sea compartida por todos. Esta santa ciencia llama a aquellos que la profesan a convertirse y permanecer eficientes y oficiando al servicio de la Verdadera Luz que es Cristo. Por todo ello, no por revelación directa, sino por una especie de “capilaridad espiritual” a través de la acción de presencia y la ascesis particular de los iniciados, este arte real y reservado concurre igualmente al bien común.

De todas formas, la iniciación es “pentecóstica” ya que por ella el Espíritu refuerza, por decirlo de algún modo, su presencia en el corazón del hombre. Igualmente, promete en su perfección una asunción del ser por el logro del estado glorioso que acabamos de evocar. El profeta Elías, por otra parte patrón de los Carmelitas, y antes que todo, la Virgen María son los ejemplos mayores de lo que nos es prometido si permanecemos fieles a las promesas de nuestro bautismo y a nuestros votos iniciáticos.

Una en su naturaleza, pero múltiple en sus formas, la iniciación en el marco cristiano que es el nuestro, presenta las vías siguientes:
-          La vía del Oficio, dicha también Francmasonería y el Compañerazgo
-          La vía heroica, es decir la Caballería y su lenguaje simbólico: la heráldica
-          La vía alquímica y hermética: Al-kimia significando en efecto química de Dios (Al/El)
-          La vía de las letras y los números o cábala cristiana.

Sin olvidar que con toda evidencia la manifestación más perfecta y más acabada de todo esoterismo se tiene en ese misterio insondable del amor de Dios que nos sacia de su Presencia y de su Vida bajo las Santas Especies Eucarísticas.

Sea cual sea el camino escogido o “que nos haya escogido”, es preciso saber que el peregrinaje es largo y difícil e incluso peligroso. La vía iniciática, en plena armonía con la paradoja a que nos referíamos en preámbulo, conjuga el don y el misterio de hacernos partícipes del anuncio de la Buena Nueva por un testimonio de vida auténtica aún y que permaneciendo secreta, en la medida que permanece reservada solamente para aquel que está llamado para franquear el umbral. Este secreto no debe sorprendernos. ¿Acaso san Pablo no enseña? que: “(…) vuestra vida quedó oculta con Cristo en Dios; cuando Cristo, que es vuestra vida, se muestre, os mostraréis también vosotros en gloria con él.”[23]

Así, podemos hablar de una verdadera “legitimidad evangélica” de la iniciación. Es en este sentido que es lícito y verdadero hablar de un esoterismo cristiano. Insistimos y subrayamos –a continuación de René Guénon- el hecho que se trata de un esoterismo cristiano, es decir una vía de interioridad espiritual en la acogida y meditación de la Palabra de Dios (en ejemplo, citaremos la lectura alquímica del Apocalipsis de Juan que constituye una de las aplicaciones del sentido anagógico de las Escrituras) y no de un cristianismo esotérico que constituiría una especie de cuerpo doctrinal distinto, incluso opuesto al Santo Evangelio.

Cristo, no solamente permite sino que anima y legitima esta gesta cuando el episodio de la unción de Betania. En efecto, mientras que Judas se indigna por el hecho que María esparza a los pies del Señor un perfume de nardos de alto precio, poniendo como objeción las necesidades de los pobres, Jesús responde: “Déjala…”[24]. En uno de los significados en que podrían ser entendidas estas palabras, pide a cualquiera que permanezca extraño a una misión o carisma particulares y especialmente a la vía iniciática, de no obstaculizar esta vocación de interioridad operativa que, ciertamente, uno puede no llegar a comprender, que puede incluso llegar a molestar a otros, y como sucede para la vida contemplativa, puede no llegar a verse la necesidad y la belleza que supone a los ojos de Dios.

Subsiste, al cabo de toda esta exposición, una pregunta fundamental, en el verdadero sentido del término: ¿cómo cumplir nuestra vocación cristiana e iniciática? Esencialmente por la fiel aplicación de esta enseñanza de los Padres y grandes maestros de la acción apostólica que recuerda por otra parte el Santo Padre en su exhortación sobre la vida consagrada: “es preciso tener confianza en Dios como si todo dependiera de Él, y al mismo tiempo, comprometerse con generosidad como si todo dependiera de nosotros”.


Pascal Gambirasio d’Asseux
Enero de 1997.




[1]Lucas 17, 20-21.
[2]Juan 14, 6.
[3]Mateo 4, 19-20; Marcos 1, 17-18; Juan 1, 37-39.
[4]Juan 1, 39.
[5]Mateo 7, 6.
[6]Marcos 4, 11-12; Mateo 13, 11-13.
[7]1 Romanos 12, 3-8.
[8](en particular 1 Corintios 12, 4-30.
[9]Marcos 9, 2-10; Lucas 9, 28-36.
[10]Hechos 9, 10.
[11]Lucas 1, 38.
[12]Ritual Aprendiz, pág. 104.
[13]Lucas 2, 19.
[14]Juan 10, 36.
[15]Ritual Aprendiz, pág. 105.
[16]Juan 1, 23.
[17]Cf. VIA CONSECRATA, Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, 1996.
[18]Filipenses 1, 9.
[19]Juan 1, 29.
[20]I Corintios 12, 4-7.
[21]Juan 1, 9.
[22]I Corintios 15, 28.
[23]Colosenses 3, 3-4.
[24]Juan 12, 7.